EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (81) Lágrimas de alegría

4

—Caramba, David. ¡Vaya discurso! Te he escuchado con toda mi atención. Ja, ja, parecía como una declaración de principios, de esos que se pronuncian cuando los políticos o la gente de influencia se reúnen y tratan de mostrar al resto del mundo los acuerdos a los que han llegado.

—Pues tienes toda la razón, amigo. Ni yo mismo me explico de dónde me ha venido tanta energía para soltarte mi particular declaración de principios. Seguro que me he puesto muy pesado, muy insistente, quizá porque sea la única forma de acabar con esta sesión, un resumen oportuno de todo lo que hemos hecho hasta ahora.

—¡Eh, un momento! Ya sé que estás muerto, pero… eso que veo alrededor de tus ojos son lágrimas. ¿Cómo es posible?

—Es verdad, ahora que lo dices, puedo tocarlas. No tengo ni idea. Supongo que pertenecer al otro plano no me libra de experimentar emociones y por tanto, de llorar, de demostrar que uno nota sus sentimientos. Esto no deja de ser una lección más de mi nueva vida. Soy un espíritu, ya no poseo glándulas lacrimales y sin embargo, por alguna misteriosa solución, tú eres testigo de este fenómeno y yo, me doy cuenta de que la piel de mi rostro está húmeda, pues esas gotas han resbalado por la cara.

—Pues sí que es extraño y a la vez, emotivo. Contrólate un poco, que casi me vas a hacer llorar a mí. No me quiero ni imaginar lo que sucedería si mi mujer entrase ahora mismo en casa y me viese a mí hablándole a nadie y experimentando una fuerte impresión.

—Pues concédete ese privilegio. A veces, no hay mejor desahogo que ese. Ninguno de los dos debería avergonzarse por un aspecto que nos distingue como seres humanos. ¿No te parece?

—Te confesaré una cosa, psicólogo. Mientras que hablabas antes, tuve la impresión de que todo este proceso estaba a punto de concluir.

—Es posible. Siempre contamos con la intuición y sus mensajes…

—Al principio de verte, esa tarde que casi me desmayo del susto al contemplarte en ese sofá, me caíste mal, tuve una sensación de gran antipatía hacia tu presencia. Ignoraba hasta lo que eras, ni siquiera estaba seguro de si eras real o un producto de mi locura, de mi trastorno. ¿Qué fantasma era ese que había entrado en mi casa sin pedir permiso y a molestarme, a darme supuestas lecciones sobre lo mal que yo lo estaba haciendo en mi vida? ¿Con qué derecho, alguien como tú podía invadir mi espacio más personal y pretendía que yo cambiase mi conducta y mis pensamientos?

—Vaya, lo que dices tiene su lógica y para ti, seguro que resultó difícil de entender.

—Ahora, recordando tus enseñanzas, podría haberme negado perfectamente, podría haber sido educado contigo, pero contundente. En fin, podría haberte expresado con firmeza que no eras nadie, por mucho que vinieses del más allá, para acudir a mi salón y alterar con tus visitas mi rutina habitual y tratar de mudar mi carácter.

—Ay, Alonso. Estoy asintiendo con mi cabeza porque tus argumentos resultan válidos. Sin embargo, deja que te haga una pregunta. Es cierto que lo pensaste y que estuviste a punto de expulsarme de tu domicilio. Y sin embargo, ¿por qué no lo hiciste?

—¿Eh? ¡Qué buen contrataque! —acertó a comentar el maestro dejando su mirada como perdida en el ambiente—. No lo sé con exactitud. Sí recuerdo que tuve una corazonada muy intensa al pensar en tu sinceridad, en los motivos que te habían traído hasta mi hogar. Supongo que en cualquier momento, una vez captada tu intención, me dije a mí mismo: «¿y por qué no?».

—Bueno, se trataba de una misión terapéutica, no lo olvides. A mi vez, yo fui enviado hacia ti. Curioso ¿verdad?

—Al comienzo, te oía, pero veía la situación como muy forzada, incluso me recordabas la monserga de mi padre. Después, con tus explicaciones, me ocurrió algo muy extraño. Empecé a ponerme en tu piel y al conocer tu historia, me solidaricé contigo. Incluso me pregunté por cómo habría reaccionado yo si me hubiese pasado lo mismo que a ti. Creo que llegué a comprender ese dolor por haberme ido tan joven, por haber dejado lo que más quería aquí en la Tierra. Para colmo, tú estabas casado y tenías una hija de edad parecida a la mía; hasta en eso nos parecíamos.

—Otra coincidencia a valorar.

—Esa empatía contigo tuvo su efecto y contribuyó a inclinar la balanza del acercamiento, de modo que comencé a verte desde otra perspectiva. Ya con tu trabajo, me di cuenta de que eras un personaje muy especial, que el hecho de que estuvieses muerto no te restaba profesionalidad y que tal vez, tu intervención, fuese decisiva para que yo aliviase mi estado. En resumen, creo que así ha sido. He percibido una mejoría clara, un desplazamiento del centro de atención desde fuera hasta mi interior. Como tú me decías, ahora «yo soy mi propio juez» y nadie me va a convencer de lo contrario. En cualquier caso, quiero confesarte mi profundo agradecimiento, no por haber cambiado mi realidad sino porque me has convencido para que fuese yo el que cambiase. Ya ves las consecuencias.

—Cómo me alegro de oír eso. De veras, me siento como si estuviese «vivo» y hubiese despedido a un paciente que ha mejorado tanto… que ya no precisa de mis servicios.

—Trato de asimilar lo ocurrido, David. Supongo que encontrarse con un espíritu debe ser algo extraordinario, un prodigio que no le ocurre a cualquiera. Me pregunto por qué me ha pasado a mí y no a otro. En cualquier caso, si se trata de un fenómeno excepcional, es porque obedecía también a una causa excepcional. Una vez superada mi desconfianza inicial, ahora me siento muy feliz por haberte hecho caso, por seguir tus consejos, por haber instalado la «racionalidad» en mi cabeza.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (81) Lágrimas de alegría»

  1. Capítulo belíssimo, onde a Espiritismo e a Psicologia tratam da natureza essencial do ser humano. Juntas podem tornar conhecido o desconhecido do paciente.

  2. Interesante!Pero lo mas interesate será cuando David pueda ver a quien fué su esposa y a su hija. que habrá pasado con ellas? Cuanto tiempo habrá pasado? Será como en Nuestro Hogar?..muero de Curiosidad! Sin duda david hizo un grantrabajo!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Entrada siguiente

EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (82) Confidencias

Sáb Jun 25 , 2022
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Bueno, Alonso, coincidiendo con tu reflexión, yo también tengo algunos datos para revelarte. Al principio de encontrarnos, mi paciencia contigo estuvo a punto de romperse. Incluso observaba esta situación como ridícula. Era como pensar: «si alguien no pretende curarse, si una persona no quiere cambiar, ¿quién soy yo para […]