EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (68) Rompiendo cadenas

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—¡Vaya, ahora sí que no tengo ninguna duda! —afirmó Alonso mientras que se rascaba la cabeza—. El vínculo es muy elevado, lo sabré yo. Cuántos años he permanecido pendiente de una llamada de mamá apoyándome o siquiera de algún comentario positivo por parte de mis hermanos tratando de ayudarme. Y en todo ese proceso, ahora que lo he recordado, siempre había por debajo ese deseo de ser aceptado en un entorno tan íntimo. Había una lucha cruel entre querer ser «independiente» de ese grupo tóxico y por otro lado, mi necesidad de que me admitieran, pues a pesar de todo, sigo llevando su sangre y comparto con ellos años de experiencias y de vivencias compartidas.

—¿Te das cuenta de cómo esa creencia, cuando se halla firmemente asentada en la cabeza de una persona, puede perjudicarla de una manera manifiesta?

—Sin ninguna duda. Ahora que lo pienso, el otro día, al final de la comida familiar, de algún modo me sentí liberado de ese yugo, de esa culpabilidad que me consumía por dentro. Mandé a la mierda ese deseo de agradar, esa voluntad de no ser expulsado de mi grupo referencial, de ser aceptado por un conjunto de seres que han marcado mi trayectoria vital. Ya sabes que aquello no terminó bien, o quizá, meditando, debería decir que aquello acabó muy, pero que muy bien, al menos, para mis intereses. Estaba harto, David. Mi hermanito mayor, de nuevo, dándome lecciones de dignidad y de cómo debía dirigir mi vida. Solo le faltó obligarme a que leyese una declaración de repulsa hacia mi propia persona, simplemente, por ser diferente a ellos, al modelo oficial instaurado por el mandamás de mi padre. ¿Sabes lo que te digo, psicólogo?

—Lo imagino.

—Pues que se metan su éxito, su dinero y su bienestar por donde les quepa. Soy consciente de que mi situación actual no es para organizar una fiesta, pero he aquí de que debo seguir recorriendo mi camino, aunque sea solo, quiero decir, sin la compañía tóxica de su presencia.

—Hombre, solo no estás. Tienes a tus dos Marinas, que por lo que sé, te ofrecen su apoyo inquebrantable.

—Sí, cierto. Ya no sé ni lo que digo. Lo había pasado por alto. Solo hablaba de mi familia de origen.

—Mira, Alonso. Al estudiar esa relación tan compleja con tu familia, no tratamos de caer en el radicalismo, sino de buscar un equilibrio beneficioso para ti. Parto de un hecho innegociable. Veamos, si al final de todo y por su falta de cambio, tú debes alejarte de su influjo, que así se cumpla. A mí no me gustaría que perdieses ese contacto por todo lo que ello conlleva, pero si la situación se vuelve dramática e irracional por su parte, aquí ya no nos valen las negociaciones. Te plantas y punto. Ahora bien, no quiero que huyas de ellos para evitar problemas, sino que sea producto de una decisión racional que deje clara la idea en tu cabeza de que tú lo has intentado, pero que no vas a cambiar tus actitudes para adaptarte a ellos y agradarles.

—¿De veras que así lo crees?

— Es que no merece la pena. Hemos oído muchas veces esa famosa frase que dice que «lo que no puede ser, no puede ser y además, es imposible».

—Es verdad, la recuerdo.

—Desde luego. Intentar caer bien, ser aceptado en cualquier circunstancia puede resultar contraproducente, humillante y unos cuantos adjetivos más. No creo que haya nadie que deba pasar por ese proceso. Solo quiero que te plantees una cosa.

—¿El qué? Te aseguro que me encuentro en el momento idóneo para reconsiderar un montón de cosas. Me noto preparado.

—Sí, es posible. Piensa en lo que hemos hablado. No tienes ninguna obligación de caerles bien, de ser aprobado por ellos como si fuesen un jurado que juzga tu actuación ante la vida, de ser aceptado con sus sonrisas complacientes. Simplemente, ellos profesan una serie de valores que tú no compartes. ¿Son tus valores mejores que los tuyos o al revés? Esa no es la cuestión. A pesar de todo, ellos tienen derecho a ser como son, como libremente han elegido ser, justamente en la misma proporción que tú tienes derecho a ser como eres y a conducirte en la existencia de acuerdo a esos valores propios que has escogido. ¡Entiéndeme bien! No existe ninguna ley que te obligue a estar vinculado como uña y carne a un tronco familiar que te resulta «extraño» y ya sabes a lo que me refiero.

—Sí, has despejado mis dudas. El mensaje es diáfano. Gracias por rescatarme de mis titubeos. Es que son muchos años aguantando una presión insoportable. Estoy empezando a pensar en esos padres que el otro día gastaban bromas estúpidas con mi hija acerca de mi enfermedad. ¿Por qué tendría yo que intentar caerles bien a esos señores? Pero… ¿quiénes son ellos? ¿Es que me van a dar de comer? Es cierto, David. Pensar con calma te lleva a caer en lo absurdo que resultan algunos planteamientos.

—Sí, tan absurdos como irracionales. Como te decía, no existe ninguna obligación de caerle bien a nadie ni de que nadie apruebe tu conducta. ¡Qué enorme sufrimiento causa esa creencia cuando aparece en la mente de los individuos! Libérate de ella, Alonso, pero no como un impulso instintivo, sino porque desde un punto de vista racional no te conduce a nada. Solo genera dolor e incomodidad de vivir. Te diré algo: tú eres el juez, el soberano que decide libremente lo que hacer con tu vida. Nadie tiene el derecho a examinar tu existencia salvo que tú se lo permitas. Esto ya lo hemos discutido antes y espero que te haya quedado claro.

—Sí, desde luego.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (68) Rompiendo cadenas»

  1. Saia do sofrimento Alonso, invista em você, no seu autoconhecimento, pois. permitirá um melhor gerenciamento de seus sentimentos, pensamentos, emoções e ações.

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EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (69) La perfecta eficacia

Jue May 12 , 2022
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Mejor —replicó con fuerza el psicólogo—. Así te quedará más claro cómo funciona la mente y cómo ese tipo de creencias radicales, irracionales y sin fundamento originan tanto pesar. —Creo que razonando con equilibrio, sin dejarme arrastrar por esas emociones tan fuertes, me iré desquitando poco a poco de […]