EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (54) ¿Respuesta agresiva?

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—Bueno, queda claro que la dificultad de la escena resultó mayúscula. Te voy a decir una cosa, Alonso.

—¿El qué, psicólogo?

—Que no cometiste ningún fallo; para mí y en tus circunstancias, tuviste una actuación correcta y justificada. En ocasiones y cuando no cabe otra opción, conviene defenderse de las agresiones.

—Ciertamente. Tú no estabas allí, pero si te hubieses fijado en la mirada que me lanzó mi padre cuando yo me atreví a decirle eso a mi hermano mayor, a su primogénito favorito, a su hijo modelo de tantas cosas, una especie de replicante de mi «adorable» papá.

—Debió ser una situación totalmente sorpresiva para él; no debía esperar tu firme reacción, que tú te atrevieses a criticar las palabras de su amado y ejemplar primogénito.

—En efecto. Su mirada me fulminó pero, por otra parte, mostraba que alguien se había atrevido a cuestionarle su autoridad delante del resto de los miembros familiares, ese poder que siempre ha delegado en mi hermano mayor.

—Verás, amigo, te ampliaré mi opinión sobre lo acontecido. Hay personas con las que se puede dialogar, aquellos a los que les puedes comentar algún aspecto que te molesta y que luego, tras escucharte, no van a hacer que te sientas incómodo con su respuesta.

—Claro, ojalá que toda la gente fuese así. Las conversaciones serían mucho más fluidas.

—Sí. Ahora, analicemos tu caso. Tu hermano no parece que respete ese criterio, esa empatía tan necesaria que debemos usar en cualquier interacción con el prójimo, ese respeto que hemos de mostrar para que nuestro interlocutor no se acabe molestando con nuestros comentarios. En estos casos y acorde a mi criterio, pienso que tu hermano cruzó la línea de la insolencia y del insulto. Tú no podías tolerar esos comentarios acerca de tu hija y de ti mismo. En estas situaciones extremas, ya te digo yo que puedes utilizar la contundencia para responder.

—Me estás diciendo que la violencia, en estos casos, está permitida…

—No; no caigamos en los extremos y en la justificación del fanatismo. Ese puede ser un criterio muy peligroso. La respuesta frente a un ataque ha de ser siempre proporcional. Quien defienda una actitud violenta está ignorando otros aspectos que intervienen en una situación de este tipo. Te lo diré de otro modo: cuanto más agresivo te vuelves, más posibilidades tienes de que esa agresividad rebote contra ti y te alcance. Ya conoces cómo funciona el mecanismo de un «boomerang». Lo lanzas, pero vuelve hacia ti.

—Eso lo entiendo. Entonces, David, ¿qué alternativa existe frente a un individuo como mi hermano mayor, un personaje ácido y provocador, alguien que no respeta a nadie, salvo que esté de acuerdo con él, y que se aprovecha de mi debilidad para ensañarse conmigo? Me niego a seguir representando ese papel de oveja indefensa frente a un lobo cuyo instinto es devorar a su presa.

—Bueno, no voy a entrar en los motivos por los cuales tu hermano mayor se comporta de ese modo. Los desconozco, ni es el sujeto propio de esta terapia. No me preocupa su comportamiento, sino el tuyo, es decir, cuál debe ser tu reacción cuando actúe así contigo. Hay dos posibilidades: la primera es evitar en la medida de lo posible, el contacto con esa persona que tiende a herirte, a hacerte sangre, cada vez que coincide contigo. Esto podría funcionar si solo os vierais unas veces al año y por escaso tiempo. No merecería la pena organizar un plan para tan contadas ocasiones. Sin embargo y debido a tu parentesco, eso no sería tan fácil. ¿Solución? Recurrir a la segunda alternativa. Es más costosa que la primera alternativa, pero mucho más efectiva.

—Ardo en deseos de saber cómo debo actuar frente a él.

—Alonso, ¿has oído alguna vez hablar de la palabra «asertividad»?

—Sí, algo de eso estudié en la facultad de Magisterio. Se trata de un concepto asociado al ámbito de la psicología, aunque aplicado en muchos contextos de comunicación como el trabajo, la familia o las relaciones humanas en general.

—Muy bien, ya veo que estás enterado. Pues así tendrá que ser tu respuesta, o sea, asertiva. Consiste en expresar claramente tu punto de vista sin caer en la agresividad, pero tampoco en la pasividad. Si recurres a la violencia para contraatacar frente a una respuesta agresiva, eso generará una respuesta también agresiva por parte del otro y eso, ya sabemos adónde nos lleva. Por otro lado, si te tragas una crítica o un insulto de la otra parte, estarás actuando de modo pasivo y esto también produce unas consecuencias: al comprobar tu falta de reacción, el «lobo» se ensañará contigo y te creerá una presa fácil. Si supieras la de gente que hay en el mundo descargando sus frustraciones a través de una violencia que no genera una respuesta activa en el otro… Te lo expresaré de un modo más gráfico: mejor que tu cara se ponga roja un día que no mantenerla amarilla un sinfín de veces.

—Mucho me temo, que en esta última ocasión, mi rostro no se puso rojo sino escarlata. No me importó. Resultó una forma puntual de responder frente a una serie de humillaciones históricas en mi familia.

—Tranquilo. Ya te he dicho que en esos momentos, había una justificación al modo en que te comportaste. A partir de ahora, las cosas deberán ser diferentes. Tendremos que ensayar respuestas adecuadas frente a esos estímulos que buscan provocarte, hundirte o simplemente, que pierdas los nervios.

…continuará…

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Jue Mar 17 , 2022
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