EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (29) Regreso a la casa

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«—Bueno, después de todo, no está tan mal esto de observar y ser observado. Ja, ja, tengo complejo de hombre invisible. Espero que no me pase como al personaje de esa novela, que al final me apodere de mi condición inmaterial para hacer el mal. Bah, ¿por qué iba yo a hacer eso? ¿Qué necesidad tendría? ¿Porque me siento mal, incómodo con mi nueva situación, decepcionado? No, eso no sería suficiente motivo como para fastidiar a otros. Yo tengo un carácter y por el hecho de que haya muerto, no voy a alterar mi forma de ser. Caramba, mira esos del bar, discutiendo y peleándose por alguna noticia que habrán oído en la televisión. Y aquellos dos del semáforo que van en coche, manteniendo una disputa para ver quién tiene la razón. ¡Qué tontería de asuntos entre seres vivos! Con la de temas importantes que hay en la vida y esos que se enfrentan por tonterías, por comprobar quién de ellos tiene más grande el orgullo. Hasta que alguno no quede por encima del otro, no estarán contentos. No me interesan esas bobadas, vaya pérdida de tiempo y de energía. Céntrate, David, que hay mucho en juego. Hay que pensar en una alternativa. Bien, por ahora, que ya es mucho, la vida sigue. Se ha demostrado que soy inmortal, como ese profesor del más allá, pero… ¿qué pasará después? Me he muerto, pero todavía no me he desconectado de los problemas humanos del más acá. Sigo actuando casi como si estuviese en el antiguo mundo, con sus preocupaciones y sus complicaciones. Lo que parece claro es que debo superar ese reto terapéutico con el tal Alonso para cruzar una frontera que me está esperando. Y ¿cómo se supone que continuará la existencia? Espero que no sea como hasta ahora, porque la verdad, es que me volvería loco. Para eso, preferiría tirarme de cabeza por el puente de Segovia. ¡Si serás estúpido, David! No podrías ni suicidarte, eso no está permitido en esta dimensión. ¿Cómo se iba a matar uno que ya está muerto? Bueno, Dios, gracias por haberme dado la inteligencia y hasta la eternidad. Al menos puedo pensar sobre mi condición. Solo me cabe pedirte para que este camino tenga un sentido, para que tenga una luz a la que mirar y que luego pueda alcanzar. Siento que esta especie de pesadilla no ha de durar mucho más. No sé, es como… si alguien se empeñara en que yo perdiese la razón. Pero ¿para qué? ¿Qué fin tendrá esta confusión en la que estoy viviendo? Hum… reflexionemos…»

Tras dar varias vueltas en torno a aquella manzana de casas, David frenó sus pasos. De pronto, recordó la conversación mantenida con su vecino Andrés, el empleado de banca. Pareció como si una luz se hubiese encendido en su interior. Efectuó un chasquido con el dedo corazón y pulgar de su mano derecha y una sonrisa clarificadora acudió a su rostro. Su lenguaje mostraba abiertamente que una gran idea había llegado a su pensamiento:

—¡Ya está, ya lo tengo! ¡Eureka, como diría el sabio! ¿Para qué perder más tiempo dando largos paseos por esta ciudad? Tal vez la clave de todo este misterio se halle en la actitud de Andrés, que tenía tal control sobre sus sueños, que era capaz de salir por las noches con su espíritu a caminar sobre Madrid o a viajar hacia lugares extraordinarios, como esa especie de universidad que visitó. Incluso se permitió el lujo de charlar con un sabio que le enseñaba cosas. Veamos, la casa de Alonso es el único lugar en el que he podido penetrar sin el acompañamiento de Viktor. ¿Cuál es el plan? Muy fácil, David. ¡Ánimo! Ahora mismo me acercaré a su domicilio, no queda muy lejos. Voy a intentarlo. Entraré allí y por lo menos, me encontraré en un ambiente más tranquilo. Ya estoy harto de patear por estas calles solitarias, de escuchar sirenas de policía y de ambulancias, de deambular por barrios como un mendigo que no tiene ni donde acostarse. Seguro que estoy mejor entre las paredes de su hogar. Vamos, vamos, que tú puedes, adelante.

Fue así como, al cabo de unos minutos, David llegó al punto de destino. Se situó frente a la puerta de la vivienda y armándose de una fuerte voluntad, se juró a sí mismo que sería capaz de atravesar aquella barrera física y acceder al interior de la casa de su paciente. ¡Y lo consiguió! Hasta dio un intenso resoplido como modo de satisfacción tras haber superado la prueba. Tras permanecer unos instantes en el pasillo pensando lo que hacer, finalmente, de modo instintivo, se dirigió hacia el salón, una zona que ya conocía de su anterior visita. Mientras que se sentó sobre el mullido sofá que ya le resultaba familiar, se dedicó con sus ojos a curiosear la decoración de muebles y paredes.

Cuando menos se lo esperaba, pasado un rato, experimentó una gran sorpresa. La figura de Alonso entró en la estancia y comenzó a observarle fijamente.

—¿Eh? ¿Otra vez tú? ¿Crees que esta es una hora apropiada para iniciar una terapia? No sé si eres consciente, pero es de noche y la gente descansa. Con sinceridad, será mejor que lo dejemos para otro día.

—¿Es posible? ¿Eres tú, Alonso?

—Pues claro. ¿Quién iba a ser? ¿Acaso el fantasma de Canterbury?

—Espera un momento, que yo ya he vivido esta situación. La experiencia me ha hecho sabio y estoy empezando a desenvolverme en este mundo que antes era todo un enigma.

David se levantó y estudio minuciosamente la silueta del maestro. Al acercarse a él, le tocó y enseguida, tras recrearse en el tacto, una sonrisa de satisfacción surgió en su boca.

—Ya está. Tú eres un muerto, igual que yo.

—¡Eh, para, para! Eso es lo que tú quisieras, para que yo estuviera a tu altura, amigo. Perdona, pero yo soy el vivo aquí, mientras que tú te has ido. Ja, ja… ahora no tengo más remedio que reírme ante tu extraña conclusión. ¡Vaya psicólogo más torpe!

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (29) Regreso a la casa»

  1. Todo un enigma como llegó David a esa deduccion! pero muy bueno de ser así porque demuestra el avance que va alcanzando David

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