EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (21) ¿Alucinaciones?

4

—Vaya, tío, menudo ambiente deprimente se respira en esta casa —contestó el psicólogo de forma grosera—. ¡Menudo sitio al que me ha traído Viktor! Casi hubiera preferido atenderle en mi propia consulta. En fin, ya está hecho. Paciencia, David, paciencia…

—Pero, ¿quién diablos es usted, oiga? —interrogó Alonso con una mayor carga de ira en sus palabras—. Ni siquiera me he dado cuenta de que haya atravesado la puerta de mi casa. ¿Será posible? Dios ¿será esto una alucinación? No, esto no me puede estar pasando. Ya bastante tengo con lo mío. Seguro que, si mantengo cerrados los ojos durante unos segundos, cuando los abra, esta imagen se habrá borrado de mi vista.

El maestro contó de cero a diez apresuradamente, deseando con todas sus fuerzas que, al terminar la cuenta, aquello solo fuese una pesadilla que ya se habría esfumado de su pensamiento. Al percibir que la escena continuaba con la presencia de aquella figura acomodada en el sofá de su salón, preso de un ataque de nervios, su reacción fue correr hacia la salita donde, en aquellos momentos, su esposa estaba viendo la televisión…

—¡Marina, Marina, por Dios!

—Pero… ¡cariño! —respondió asombrada la mujer—. ¿Qué es todo este escándalo? ¿Y esas carreras por el pasillo? Que pareces un crío.

—¡Ay, te lo juro, que no puedo más!

—Si tienes la cara descompuesta. Estás blanco como un cadáver. Ni que hubieses visto un fantasma. Venga, mi amor, tranquilo, ¿se te olvidaron las pastillas de la tarde? Claro, estás en comienzo de una fase de ansiedad. ¡Ay, esos olvidos! Venga, calma, cuéntame qué es lo que sientes. Ya me levanto.

—Es que verás… no sabría cómo explicarlo —respondió el hombre tratando de recomponerse por fuera, aunque temblando por dentro—. ¿Te puedo pedir un favor muy importante?

—Pues claro que sí, Alonso. Dime y respira con pausa, que te falta el aire.

—Gracias. ¿Podrías acompañarme un momento al salón? Quiero enseñarte algo.

—Por supuesto. Voy contigo.

En unos segundos, el matrimonio formado por Marina y Alonso recorrió los escasos metros de distancia entre las habitaciones. Tras penetrar ambos en el salón…

—Veamos —comentó en un tono angustiado el maestro—. ¿Tú no notas algo extraño aquí?

—¿Yo? Pues como no sea el desorden que hay en la mesa donde te sientas con los alumnos, yo no veo nada raro. Y es curioso, porque tú, lo primero que haces en cuanto ellos se van, es recogerlo todo y guardarlo para la clase siguiente. Eres obsesivo al respecto. Oye, si ya se han ido ¿cómo es que está todo eso sin organizar? Antes escuché como si estuvieses charlando con alguien y pensé que debía ser algún padre que te pediría una información sobre los progresos de su hijo.

—Que no es eso, por Dios. Se trata de otra cosa. Por favor, mira de nuevo. ¿Tú ves a alguien en el salón?

—¿Cómo? ¿Alguien? Pero, ¿quién iba a ver si ya se han marchado todos? Aquí solo estamos nosotros dos. Por cierto, huele mal. Estos críos han dejado aquí un rastro de sudor que vaya… Será mejor que abras la ventana para que se despeje esto.

—Dios mío, entonces, es verdad. Me estoy volviendo loco —comentó abatido Alonso mientras que hacía gestos de negación moviendo su cabeza de un lado a otro—. Por favor, no quiero ser pesado, Marina, pero fíjate en el sofá. Ahí hay un tío sentado y en actitud displicente. Y para colmo, nos está mirando y el muy sinvergüenza se sonríe y me saluda con la mano. ¿Será posible?

—Vamos a ver, mi amor. ¡Para ya, para! Deja de decir tonterías. Aquí no hay absolutamente nadie. ¿Adónde quieres llegar? Esto es una broma de mal gusto. ¿Verdad, Alonso? Menuda «gracia» que tienes a veces.

De pronto, el maestro entendió que, para no empeorar las cosas, debía cambiar de estrategia. El gesto cordial que David le estaba dirigiendo con su mano derecha le hizo tranquilizarse un poco y recomponiéndose, pareció recobrar la normalidad.

—Vale, Marina —dijo el maestro tratando de disimular su inquietud ante la mirada atenta de su esposa—. Me he pasado contigo y te pido disculpas. Claro que era una broma. Solo pretendía comprobar tu paciencia conmigo. Bah, ha sido una conducta estúpida por mi parte. Quería explorar mi parte graciosa y ya está. ¿Vale, mi amor? Por supuesto que aquí no hay nadie más, aparte de nosotros dos. ¡Faltaría más!

Ante la expresión preocupada y a la vez contrariada de Marina, el hombre dio un paso hacia atrás.

—Me gustaría aclarar una cosa contigo —expresó la mujer con cara de pocos amigos—. Hace un rato llegué a casa después de recoger a la niña. Ahora está haciendo tranquilamente sus deberes en su habitación. Mira, vamos a aclararnos; por la mañana, te toca el antidepresivo, y después, cada ocho horas, el ansiolítico. Dime una cosa, ¿hoy se te ha olvidado tomar la pastilla después de comer? Es que te noto algo tenso ¿vale? Por favor, en tu caso, la farmacología es importante. Ya te lo dijo el psiquiatra. Si esa ansiedad no está debidamente controlada, las reacciones en ti pueden ser de lo más extrañas.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (21) ¿Alucinaciones?»

  1. Nossas necessidades: alimentar nossas almas, do amor eterno e força para prosseguir… Alonso necessita para desenvolver sua mediunidade, talvez a causa da sua ansiedade.

  2. La gente queriendo siempre solucionar sus problemas de años y años con una pastillita!! Tratar el sintoma y no la causa!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (22) Tira y afloja

Dom Nov 21 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Te juro por mi madre —aseguró Alonso mientras que apretaba sus labios—, que no me he olvidado de la dosis. Ya te he dicho que todo ha sido un malentendido. Perdona por haberte interrumpido. —Cariño, debes ser sincero conmigo. Recuerda que, si aparecen fenómenos visuales o auditivos, del tipo […]