EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (8) Sin intimidad

4

—¿Yo? ¿Espiarte? ¿A ti, precisamente? —añadió el sabio con cierto tono de ironía en su expresión—. ¿Crees que un profesor perdería su valioso tiempo en espiar a sus alumnos? Eso no te lo crees ni tú. En todo caso, le encargaría un trabajo correspondiente a su nivel, le daría unas orientaciones para guiarle y luego, esperaría por los resultados para evaluarle.

Pese al estilo mordaz de Viktor, David no podía disimular su alegría. Se hallaba tan desesperado, después de su fracaso al tratar de entrar en su viejo hogar y se sentía tan solo y con tanta zozobra, que oír el timbre familiar de aquel señor le animó a aquellas horas de la noche.

—No puedo negar que volver a verte me ha subido la moral. Hoy no ha sido mi mejor día, lo admito. Viktor, por favor, quizá te parezca ridículo, pero ¿podría pedirte una cosa?

—Por supuesto, amigo. Concedida de antemano.

—Pues menos mal, porque si me hubieras estado escuchando, quizá hubieses renunciado a ejercer tu acción tutorial sobre mí. Bueno, a lo que iba, necesito darte un abrazo. ¿Sería posible?

—Pues claro que sí y además, no se trata de un deseo ridículo. Venga, acércate.

Mientras que el profesor le daba varias palmadas a David en su espalda, este lloraba de una forma desconsolada hasta que logró calmarse.

—En fin, apreciado discípulo… ¿ya te encuentras mejor?

—Sí, necesitaba algo de desahogo y de contacto. Siendo sincero, porque creo que esa debe ser mi actitud contigo, hace unos minutos me estaba acordando de ti y no de forma positiva. Me notaba abandonado en esta ciudad habitada por tanta gente. Es esa famosa sensación de soledad que uno puede llegar a experimentar a pesar de estar rodeado de personas.

—Te entiendo. Sin embargo, lo que has dicho, precisa de alguna puntualización. Lo que te ocurre es que quieres creer que sigues perteneciendo al mundo de los «vivos». Y claro, eso supone una incoherencia. Mira, seamos lógicos, como a ti te gusta; una cosa es reconocer desde un punto de vista puramente intelectual que has dejado atrás tu anterior vida en la materia y otra bien distinta, aceptar ese hecho pero desde una perspectiva emocional. Estás muerto y puedes pensar, pero también sentir. Lo primero puede resultar relativamente fácil: te dices a ti mismo que has dejado de existir y punto. No obstante, lo segundo supone asumir las consecuencias que se derivan de ese suceso. Amigo, no todos están preparados para ello. Te lo digo, porque ya me he enfrentado a este tipo de coyunturas antes. No eres el primero en reaccionar así y tampoco serás el último. En estos casos, te propongo un remedio específico para esa problemática tan común.

—¿De veras? —comentó el psicólogo con un además de ilusión en su rostro—. Entonces ¿qué me sugieres?

—Te planteo que te tomes un descanso. Es lo más recomendable en tu situación. David, piensa, no eres una máquina que puede pasar de un estado a otro como un mero objeto. Mi apreciado amigo, posees sentimientos y eso, constituye un peso muy importante en tu proceso evolutivo. Lo dicho, date tiempo y descansa. Es una opción legítima.

—Comprendo, Viktor. Disculpa mi curiosidad, pero ¿cómo sabías que estaba aquí, enfrente de mi antiguo domicilio? ¿Tienes una especie de radar oculto en tu bata que te permite conocer la ubicación exacta de tus alumnos?

—Ja, ja, muy ingenioso. Tú sabes, por tu trabajo con tus pacientes, que los pensamientos resultan fundamentales en la actividad cotidiana de los sujetos.

—¿Y?

—Pues en este plano sucede exactamente lo mismo, incluso con más potencia. Ha habido un momento en el que has pronunciado mi nombre, o mejor dicho, has pensado en mi figura, en la conexión que nos une; pues justo en ese momento, has emitido una serie de ondas que han alcanzado mi espíritu y claro, el pensamiento viaja a una velocidad inimaginable. De ahí mi repentina presencia. Tú me has llamado y yo he acudido. Simple ¿no? Hum, observo cierta sorpresa en tu cara…

—No tiene importancia; será cuestión de acostumbrarme a tus argumentaciones.

—¿Recuerdas cuando Paula era muy pequeñita? A veces, tenía fiebre o se sentía mal. Tú no le prestabas mucha atención a ese detalle, pero Sandra había desarrollado una especial habilidad para adentrarse en la niña y saber, en mitad de la noche, que algo le ocurría. En efecto, se levantaba de la cama, se acercaba a ver a su hija y acertaba con el diagnóstico. Bueno, ahora Paula creció y ya está mucho mejor. ¿Habías olvidado esa etapa?

—No lo puedo creer. Fue una época difícil para la cría y para nosotros, pero ¿cómo has tenido acceso a esa información tan íntima?

—Mi buen alumno, déjame decirte que, aquí, ocultar los pensamientos no resulta una tarea fácil. Los profesores estamos capacitados para ver más allá y disponemos de una sensibilidad especial para examinar los estados más íntimos, incluso si tratas de esconderlos.

—Pues vaya falta de intimidad.

—Yo no lo vería así. Contémplalo como una característica que me permite abordarte mejor, conocerte, en definitiva, ayudarte. Te dije al principio, que había estudiado tu expediente, que es como decir que he analizado tus antecedentes, tu historia vital. Si no supiera de ti ¿cómo iba a tratarte? Todos los casos, como el tuyo, se atienden de forma individualizada y requieren de un examen previo. Esto adelanta el trabajo. Es mi función, David. Has de entender que estoy preparado para ello.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (8) Sin intimidad»

    1. En este caso, ya había despertado; el problema se sitúa en que haber sido arrancado de la existencia material de forma tan violenta, lo que conlleva este tipo de problemáticas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (9) El compromiso

Jue Oct 7 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Me siento un poco estúpido —admitió el psicólogo mientras que dirigía su mirada hacia el suelo—. ¿Podemos hablarlo? —Claro. Adelante. —Es que creo que me he comportado de un modo infantil. No me importa reconocerlo. —¿Y bien? —Verás, Viktor, me pasé de listo. Cuando me comentaste que el único […]