SONIA Y LEÓN (85) Semillas y frutos

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—Desde luego, querida —respondió el Delegado—. Si lo que distingue al ser humano es su capacidad de razonamiento, ¿por qué no usar esa facultad para desentrañar los grandes enigmas de la existencia?

—Por supuesto. Un Dios único, pleno de amor y misericordia, que nos crea sencillos e ignorantes y nos lanza a la tremenda aventura de la evolución. Creo que nadie conoce exactamente el motivo, pues habría que introducirse en su pensamiento y eso, son palabras mayores. Hay que admitir que dada nuestra ignorancia, ese misterio nos está velado por el momento, aunque una siempre tiene la esperanza de que algún día, aunque sea lejano y cuando avancemos, podamos saberlo.

—Es cierto, Sonia —añadió Hipólito mientras que movía su dedo índice derecho a modo de confirmación—. Un Dios que no tiene nada de castigador, como tantas veces se nos ha hecho creer a lo largo de la historia, sino simplemente un Ser que creó unas leyes por las que guiarnos y que las hace cumplir, no por revancha, sino por puro amor, lo que constituye nuestro objetivo esencial: desarrollar plenamente esa facultad.

—Por lo que he estudiado en el libro, una de las mayores aflicciones que pueden desenvolver los espíritus una vez que abandonan este plano, es la sensación de no haber empleado bien el tiempo, de no haberlo sabido invertir en las cuestiones que realmente eran de importancia.

—Pues sí. Eso me recuerda al estudiante que cree que en los últimos días y dándose mucha prisa, va a poder memorizar todos los contenidos que postergó en las jornadas anteriores.

—Exacto, ese es el examen de la vida —agregó de forma inesperada León mientras que emitía con su cabeza un gesto de lo más afirmativo ante la sorpresa de su novia—. En fin, que ya lo dice el refrán: «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy», salvando las distancias, claro.

—Muy buena respuesta, cariño. Empezaba a pensar que creías que te habíamos vetado en esta charla. Puedes intervenir cuantas veces quieras. Seguro que tu jefe te lo agradece.

—Faltaría más, amigo. Cómo no, tres sumamos más que dos.

—Gracias por la confianza, Hipólito. Entonces y para no romper el hilo, sigo, antes de que se me vaya la «inspiración». Al analizar el comienzo de la obra, me sentía, por un lado, sorprendido, porque el concepto de Dios expuesto en la lectura no se correspondía con su imagen tradicional, pero, por otra parte, tampoco me generó una grave sorpresa, porque yo siempre he conservado en mi interior una percepción del Creador de lo más afectuosa. Veamos, si somos sus hijos, si somos sus creaciones… ¿por qué un Padre nos iba a dejar desamparados en los peores momentos? Y sin embargo, para el ateo, para el materialista, todo esto es motivo de crítica. Claro, Dios no puede existir para ellos, porque si realmente es tan bueno ¿cómo puede permitir tanto dolor y tanto sufrimiento en el mundo?

—Bien expresado, amigo —confirmó el Delegado—. Pero preguntémonos una cosa: ¿quién crea, en la mayoría de las ocasiones, esas condiciones para el dolor? ¿No somos nosotros, los propios humanos, quienes con nuestros actos sembramos la semilla que luego, al germinar, genera el fruto de nuestra desdicha?

—Exacto, jefe; eso implica poner el dedo en la llaga. Tal vez resulte más fácil justificar la propia inacción y el fracaso, achacándolo a un Creador que permanece pasivo ante la tragedia a la que se enfrentan sus criaturas.

—Desde luego que sí, León. No sabes lo que podemos inventarnos con tal de que nuestro orgullo no salga herido. ¡Oh, orgullo, hijo del egoísmo! Y yo digo que aunque este viva dentro de nosotros, es algo que podemos modificar.

—Yo, la verdad, me siento más identificada con esa imagen divina que con la que nos inculcaron en la escuela, cuando éramos unos críos. Es más razonable y más cercana a mi experiencia. Es así como el Creador vive cerca de mí, su hija, y no en un pedestal rodeado de nubes y ajeno a lo que me pasa.

—En mi opinión —expresó León—, creo que ese concepto de Dios que se apunta en el libro es algo más cercano para el ser humano, más fácil de asimilar, pues aunque no podamos conocer exactamente cómo es por nuestra ignorancia, la verdad es que interactúa con nosotros de forma constante.

—Buena apreciación, muchacho. Oye, te has sumergido en el debate. Confieso que al principio, una vez que tu novia y yo comenzamos a charlar, pensé que permanecerías ahí sentado, como un mero observador, pero sin adoptar un papel más activo.

—Eso digo yo —interrumpió Sonia mientras que posaba fijamente su mirada en el rostro de León—. Has de saber una cosa, Hipólito. El chico, digamos que no había mostrado un excesivo interés en la materia durante las últimas fechas. No sé cómo lo ha hecho, pero admito que estoy confusa con él. En fin, genial, menuda sorpresa más agradable.

—Claro que sí, mi amor. Tú misma lo dijiste. ¿Crees que me iba a presentar ante mi jefe sin los deberes hechos? Cuando tú trabajabas, hubo horas disponibles en las que me puse a leer y a extraer mis propias conclusiones. Ja, ja, siento haberte dado una impresión equivocada. No pretendía venir a esta casa con la mente en blanco. ¡De ningún modo! Una cosa es que yo no sea médium, o que no tenga las capacidades que tú posees y otra bien distinta, que no pueda implicarme en un tema de interés como este. Ya sabes que me atraen las investigaciones, incluso en este campo. Y ¿sabéis por qué esta cuestión es tan importante?

—Anda, chico, sorpréndenos a los dos —comentó el Delegado abriendo sus brazos—. Te noto muy lanzado.

…continuará…

4 comentarios en «SONIA Y LEÓN (85) Semillas y frutos»

  1. Me sorprendio Leon a mi tambien! Lo sentia acompañando ,con interes leve o mas bien curiosidad.pero no compartiendo! que bueno! ademas que saca coherentes conclusiones

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