SONIA Y LEÓN (83) A tu ritmo

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Pasadas unas fechas y una vez que la propietaria del café Ágata se había acostumbrado a su nuevo horario, que le permitía disponer de más tiempo para su dedicación al estudio del mundo invisible…

—Ya está, León. Creo que ya me hallo en disposición.

—Sé por dónde vas. En los últimos días te he visto hacer muchas anotaciones, no solo del libro, sino también reflexiones propias acerca de esas mil y pico de preguntas que has estudiado con tanta motivación.

—Bueno, al menos me he dado cuenta de que has hojeado el libro, incluso en mi ausencia.

—Supongo que ya sé lo que me vas a pedir a partir de este instante.

—Ja, ja, pues claro. ¿Ves cómo yo no soy la única intuitiva de esta casa?

—Déjate de bromas, que lo que pretendes lo adivinaría cualquiera con un mínimo de sentido común. Está bien. Mañana mismo le propondré al jefe que fije una fecha para nuestro próximo encuentro.

—¡Ay, qué te quiero, León! Qué bien que tengas tan cerca a ese señor tan sabio. Me hace tanta ilusión volver a su casa. En fin, espero que sea pronto. Dile que no tiene por qué ser durante un fin de semana. Ya sabes que ahora tengo mis tardes libres. He avanzado al respecto. Ya no soy una trabajadora que acaba de montar una pequeña empresa. Gracias a Dios, el negocio va bien, doy empleo a mis tres compañeras y en lo económico, no puedo expresar ninguna queja. Al principio, el objetivo era la mera supervivencia, saber que manteniendo el bar abierto podría subsistir cada mes. Luego, en cuanto pasó un poco de tiempo y nos conocieron, la gente empezó a visitar el café con una mayor asiduidad, lo que implicó un despegue importante en los ingresos. El resto, ya lo conoces. Somos ya cuatro chicas jóvenes y la última incorporación, la de Julia, ha ayudado a darle un nuevo impulso al local. Eso nos viene muy bien de cara a mantener ese elevado listón de calidad del que gozamos.

—Qué buen resumen, Sonia. Me alegro tanto por ti… y por nosotros, claro. Hemos de seguir sumando, mi amor, porque todo lo que consigamos redundará en esa felicidad compartida que supone vivir contigo. Cómo me gusta recordar que fue en tu café donde nos conocimos. ¿Sabes una cosa? Siempre me he preguntado qué hubiera ocurrido si en aquella primera jornada en la que nos vimos, no me hubieses derramado encima una cerveza. A lo mejor no hubiésemos mantenido aquella crucial conversación o tal vez, yo me habría marchado de allí después de almorzar y jamás habríamos cruzado una sola palabra más.

—Pero, ¡qué tonto eres, León! ¿Nunca te has planteado si no fui yo misma, de manera consciente, la que te vertió aquella cerveza en tu camisa para aproximarme a ti?

—¿Eh? ¿De veras que estás hablando en serio? ¿Me vas a revelar ese dato a estas alturas de la película?

—¿Ah? Ahí te dejo ese mensaje, esa posibilidad. Te doy completa libertad para que elucubres hipótesis sobre lo que sucedió realmente en nuestro primer encuentro. A todo esto, quizá he sido un poco egoísta. No me importa admitirlo.

—¿Egoísta? ¿A qué te refieres?

—Mira, León, te he comentado lo de quedar con tu jefe porque creo que ya he alcanzado la meta que tenía en mi mente, es decir, estudiar «El libro de los espíritus» y escribir los diversos comentarios que he anotado en mi libreta para compartirlos con don Hipólito. Sin embargo, es posible que no haya tenido en consideración tus intereses. No hace falta ser una experta para darse cuenta de que mi compromiso con este asunto es muy grande. Sin embargo, te observo, y sé que ese grado de implicación que veo en ti no es el mismo que el mío. Eso no es bueno ni malo, cariño, simplemente distinto. Y es que no somos iguales ni tenemos por qué ser iguales. Puede que eso fuese hasta aburrido. No hace falta que compartamos todas nuestras inquietudes para funcionar como dos criaturas que se aman. ¿No te parece?

—Te entiendo. No creo que existan dos personas idénticas en este mundo; pero eso no significa que yo no pueda convivir contigo, ponerme en tu lugar, comprenderte y por supuesto, amarte. Yo, con el riesgo que supone encasillarse en una postura, soy más bien un investigador o cuando menos, un observador que va por libre en estos temas. Esta explicación posee su lógica. Primero, no he desarrollado esas capacidades que tú posees, con lo cual, no percibo tan cercano ese fenómeno. Segundo, el hecho de que a ti te atraiga tanto esa cuestión, a mí ya me hace feliz. ¡Quién sabe! A lo mejor, desde ahí arriba, me han asignado un papel de intermediario, de alguien que sin estar tan implicado en ese mundo, sí puede estudiarlo y colaborar contigo. ¿Qué opinas?

—Ese planteamiento ha resultado ingenioso. Ahora que lo comentas, cuando pase más tiempo, sabremos cuál es tu misión en toda esta tarea. Yo pienso tomármelo muy en serio.

—Yo también, Sonia. Lo que ocurre es que es difícil igualar tu empeño y tus ganas.

—Vale, has expuesto tus argumentos. Cada uno debe ir a su ritmo. Entonces, cariño, hazle mañana esa petición al Delegado. ¿De acuerdo?

—Sí, cómo no, esta vez ya no tendré esa vergüenza inicial de la primera ocasión.

—Ojalá que no se demore. Tengo tantas dudas para contarle que necesitaríamos de una noche entera para charlar.

—Uy, pero qué exagerada que eres, mujer.

…continuará…

4 comentarios en «SONIA Y LEÓN (83) A tu ritmo»

  1. Que Gran Intuicion y gran Madurez de Sonia, para captar y entender el mundo que le rodea, a pesar de su juventud! Continuaremos con Sonia avanzando hacia el descubrimiento de nuevas situaciones

  2. Manter o propósito firme é dar condições para Deus trabalhar na vida. Parabéns ao casal.

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