SONIA Y LEÓN (70) Negando la realidad

2

—¿Por qué dice eso, don Hipólito? —expuso la joven con gran interés—. Intuyo que tiene que ver con el hecho de que usted nos haya citado esta tarde aquí. No creo en las casualidades y esa es la explicación que yo intento descubrir desde que me dieron ese mensaje, a fin de que León le preguntase por su relación con los espíritus.

—Bien, os lo voy a aclarar, pero tened un poco de paciencia. Es evidente que todo tiene un sentido. Conforme transcurrían los días, mi mujer hablaba cada vez menos. Era obvio que el agotamiento le iba consumiendo sus recursos. Sin embargo, lo poco que decía resultaba esencial. A veces, parecía que el que se estaba muriendo era yo, pues ella era la que me daba ánimos a mí. Os confieso un aspecto inaudito: cuando acudía al hospital a estar con Carmina, sentía como unas leves caricias por mi espalda y mi cabeza, como si alguien tratara de consolarme ante la tragedia a la que me estaba enfrentando. Mi día a día no era precisamente fácil, justo por tener que contemplar cómo se iba apagando la llama de la criatura a la que más amaba en este mundo. Y mi esposa, en su grandeza, me decía que no me resistiera, que esa era la peor actitud que yo podía adoptar. Por eso, me recomendó que me dejase “envolver” por las manos de Isabel, que era el ser que me tocaba, precisamente para aliviar mi sufrimiento.

—Claro, Carmina quería compartir con usted el efecto benéfico que le podía aportar ese espíritu tan compasivo —añadió Sonia.

—Sí. Fueron jornadas cargadas de fuertes emociones, de una gran rebeldía por mi parte. Me parecía tan injusto lo que estaba sucediendo, que me sentía enfadado con el destino. De algún modo, esa sublevación interior me empujaba a buscar respuestas. “¿Por qué, por qué?”, me repetía constantemente, pero no hallaba explicaciones. Pese a los esfuerzos por tranquilizarme de ese ángel con forma femenina que era la abuela de Carmina, yo le contestaba en voz alta: “Por favor, en vez de acariciarme, salva a tu nieta. ¿No te das cuenta de que eso es lo realmente importante?”. Ni caso; la enfermedad proseguía con su devastación, lenta, pero inevitable. Las esperanzas de que mi compañera de vida continuase junto a mí se iban desvaneciendo. Antes de que ella perdiese la conciencia para no despertar más, me dirigió sus últimas palabras. Me fijé muy bien en su cara; tenía un semblante esplendoroso, como si hubiese experimentado una sensible mejoría repentina, pero era solo el reflejo de la muerte que ya se hallaba dispuesta a golpear con su guadaña. Luego, el médico que la atendía me contó que, a menudo, es normal que el paciente, justo antes de fallecer, muestre mejoría, recobre la conciencia y hasta parezca lúcido. Sería como un modo de despedirse felizmente de los suyos, intentando aportar serenidad, justo antes del fatal desenlace.

—Entonces, jefe, ¿ella le dio algún mensaje específico antes de irse?

—Pues sí. En esas circunstancias tan arrebatadoras, me dijo que su tránsito estaba previsto, que aquel era el mejor momento para marcharse y que ella siempre estaría pendiente de mí y me protegería. Con una enorme sensibilidad, me recordó su gran amor por mí. Yo ya no sabía si sonreír por su optimismo o llorar por su adiós. En el momento supremo, me dio su recomendación: “Hipólito, estudia mi mundo y profundiza en él. Así me entenderás mejor y te entenderás a ti mismo”. Yo, al principio, sumido en tanto dolor, no alcanzaba a comprender el significado de esas palabras tan enigmáticas, pero que tanto habrían de mudar mi punto de vista frente a esa materia. No es que yo fuera una persona incrédula, pero a pesar de haber convivido con ella por más de veinticinco años, la dedicación de Carmina y su absoluto interés por la otra dimensión, para mí, todo ese universo invisible había permanecido casi siempre en un segundo plano.

—Bueno, señor, la siguiente pregunta es obligada —interrumpió la exposición la joven—. Realmente y acorde a lo que le comentó Carmina, ¿cambió su vida o se mantuvo usted en un tono de escepticismo?

—Tú bien conoces la respuesta a esa cuestión, querida Sonia. No obstante, te la explicaré. Todo cambió pasadas unas fechas. Mi cabeza y mi corazón negaban lo ocurrido, pese a las evidencias. Seguía con ese resquemor por haber perdido a mi esposa y no sospechaba que pronto, las cosas cambiarían de perspectiva. A los pocos meses de quedarme viudo, fui citado a Madrid para realizar un curso de actualización en mi trabajo. Fue una semana completa la que tuve que permanecer en la capital. Después de todo, fue la ruptura de una rutina que me ataba a los recuerdos nostálgicos de mi hogar, una estructura angustiosa donde en soledad, ya no escuchaba la dulce voz de mi mujer. ¡Me costaba tanto esfuerzo admitir mi nueva realidad! Como medida de “protesta”, me introduje, cada vez más, en mí mismo, en una especie de introversión desarrollada que renegaba del contacto con los demás o con cualquiera que desease ayudarme. Incluso me sentía culpable, no por su muerte, sino porque, a pesar de nuestra maravillosa relación como pareja, yo me reprochaba no haber hecho por ella lo suficiente. En fin, un fenómeno muy típico que se produce cuando vives una coyuntura dolorosa y no acabas por admitir lo sucedido.

—Y ¿acaso conoció usted a alguien especial durante esa semana de estancia en Madrid? —intervino León.

—No, mi actitud no me lo permitía. Yo mismo, con mis pensamientos, reforzaba mi propio bloqueo emocional. El hecho de contemplar a mis compañeros de profesión departiendo entre ellos en un tono normal y adaptado me hacía recelar de todos ellos, como si no pudiesen entender la difícil situación por la que yo pasaba, como si yo fuera el único actor de una obra trágica que se había cebado conmigo. Además, no me iba a poner a relatarles a los demás mi pena, como aquel que está hablando del tiempo o de cosas superficiales. Cuál no sería mi sorpresa cuando a la segunda tarde en Madrid, algo extraño aconteció. En esa jornada, me sentí con el estado de ánimo aún más bajo de lo que resultaba habitual en mí tras el adiós de Carmina. Almorcé solo y entre recuerdos melancólicos, me propasé con el vino en la comida. Se trataba de la típica huida hacia delante que uno lleva a cabo cuando no está de acuerdo con el escenario que le toca vivir.

—Cierto, jefe. A mí también me pasó cuando rompí con mi antigua novia, aunque eso no tenga nada que ver con la desaparición de la persona a la que más amas, como en su caso.

…continuará…

2 comentarios en «SONIA Y LEÓN (70) Negando la realidad»

  1. Que conmovedora historia! Hipolito narra en forma tan exacta como se siente uno, ante la pérdida de un ser querido! es similar a lo que siente una como mujer! es increíble!!si hubiese compartido mas el mundo de Carmiña, quizá el sufrimiento hubiese sido menor, Una Historia con dolor, sufrimiento, pero al mismo tiempo emocionante que va mostrando la gran capacidad de amar que tienen muchas o algunas personas y a la vez, que en cada retazo de historia, siempre está presente lo Espiritual, me encanta la novela llena de todos los elementos espirituales y húmanos!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SONIA Y LEÓN (71) El enigma de la librería

Mié May 12 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Me notaba agobiado, buscaba una liberación y me fui al hotel. Me tumbé en la cama y poco a poco, una sensación de sueño, acrecentada sin duda por el consumo de alcohol, se fue apoderando de mi cuerpo. Desconozco lo que ocurrió durante mi siesta, pero recuerdo perfectamente, cómo […]