SONIA Y LEÓN (63) La extraña pregunta

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—Uf, me siento un poco confuso, Sonia. ¡Bueno, está bien! Por ser tú, haré lo que me pides. Sin embargo, si eso me supone un problema con el jefe, te pediré luego explicaciones. Creo que no se debe jugar con las cosas de comer.

—León, ¿sabes lo que es la confianza?

—Claro, por supuesto.

—Pues muy bien. Entonces, ya tienes la respuesta. Confía en mí y ya verás cómo ese señor, don Hipólito, no se molesta ni se enfada por tu pregunta. Creo que esta cuestión nos afecta a los dos.

—Vale, si tú lo dices, lo haré, aunque no tenga la completa seguridad de que eso no me vaya a perjudicar.

—Tranquilo. Las incógnitas se despejarán con rapidez.

—Estamos de acuerdo. No se hable más de ello. Oye, estás rara. No sé si te habrá afectado eso de pasar de la enfermedad a la salud. Cuando me fui estabas ardiendo de fiebre y ahora, quién te ve, tan normal y tan fresca. Además, has tenido esa experiencia tan increíble que pareces otra persona.

—Pues ya ves, sigo siendo la misma. Lo único que ocurre es que permanecer en tu presencia y al mismo tiempo tener que escuchar e interpretar lo que oigo en mis adentros, pues no es una labor tan fácil. Mi vida resulta algo más compleja de lo que muchos piensan. ¿No te parece?

—Bueno, si a mí me sucediera lo mismo que a ti, supongo que lo entendería mejor. En cualquier caso, mañana seré tu instrumento y tramitaré tu petición. Pensándolo bien, me fío de tu buen hacer y en quien te ha inspirado esa idea. Espero que se trate de un ser que quiera lo mejor para ti, perdón, para los dos.

—Estoy convencida de ello.

A la mañana siguiente y aprovechando el descanso para desayunar, León llamó tímidamente a la puerta de don Hipólito, jefe de toda la Delegación y director de todos aquellos funcionarios que trabajaban bajo su supervisión. Al comprobar que aquel señor estaba hablando por teléfono, realizó un gesto de disculpa para volver más tarde. Sin embargo, aquel hombre le indicó con su mano libre que esperase y que mientras él terminaba, se sentase en el mullido sofá que había en aquella estancia. Pasados unos minutos, en los que el joven empezó a sentirse ridículo ante lo que tenía que exponer y permaneciendo con su mirada fija en el suelo, la voz de su jefe se dejó oír en la sala.

—Eh, chico, ya he acabado. ¿Qué querías? Pero… ¿no me oyes? Pareces ensimismado en tus asuntos. ¡Reacciona, hombre!

—¡Uy, perdone, don Hipólito! Me he despistado con mis pensamientos.

—Venga, levántate y acércate aquí, a la silla —expuso el Delegado en tono serio—. Siéntate. ¿Hay alguna novedad?

—Bueno, jefe, no es exactamente ninguna novedad.

—Vale. Entonces, ¿qué es? Ah, ya, quizá algún asunto personal que deseas comentarme…

—Hum… tampoco es eso.

—Bueno, pues tú dirás. Te escucho.

—Verá, es que no sé ni cómo empezar. Se trata de un encargo que me han dado para usted.

—Entiendo. Y ¿qué relación tengo yo con ese encargo?

—Fue ayer. Simplemente, me dijeron que le hiciese una pregunta.

—¿Una pregunta? Espero que se trate de algo profesional.

—No, para nada. No tiene relación con el trabajo. Por ese motivo, espero que no se moleste por lo que le voy a decir.

—Pero, bueno ¿quieres soltar ya tu mensaje? Me estoy impacientando…

Aquella reaccón de su superior le dio a León aún más razones para inquietarse, pues no se reconocía a gusto en su papel. Su incomodidad con aquel diálogo no podía ser más explícita.

—Sí, disculpe —acertó a decir León mientras que tragaba saliva—. Don Hipólito, verá… ¿tiene usted algo que ver con los espíritus o con el más allá?

—¡Ah, era eso! ¿Se puede saber qué tipo de pregunta es esa? Yo creía que me ibas a consultar algo relacionado con tus días libres para este año. Oye, joven, respira, que te noto algo tenso. A mi edad ya no es tan fácil molestarme por algo. En cualquier caso, te diré algo: llevo más de treinta años destinado en esta Delegación y jamás en mi existencia me habían hecho un tipo de pregunta tan desconcertante. Y ahora resulta, que tú entras en mi despacho y de repente y sin esperarlo, me sueltas esa sorpresa. ¿Estás en tus cabales, muchacho? Me has recordado a un intrépido periodista que cree que va a hacer la entrevista de su vida y que luego, sale decepcionado. Te confieso mi preocupación. Nunca pensaría que un economista tan brillante como tú, acudiese aquí con ese tema. No me lo puedo creer.

—Yo… debe dispensarme, don Hipólito… ya me imaginaba que hacer esto no era una buena idea.

—Vale, antes de que te marches, yo también tengo una curiosidad. Antes has dicho que se trataba de un encargo, es decir, que alguien te había enviado aquí a plantearme esa cuestión. Solo quiero saber una cosa. ¿Podía conocer la identidad de la persona que te ha encomendado tan extraña misión?

…continuará…

9 comentarios en «SONIA Y LEÓN (63) La extraña pregunta»

  1. ME PARECE UN INICIO DE LA NOVELA, MUY BUENO, INTERESANTE, INMEDIATAMENTE DESPIERTA INTERÉS Y ESPECTACIÓN.

  2. Imagino como sesiente Leon!!!Que Momento Tan Incomodo para el!!Debe sentir verguenza, ridiculo!! hubiese sido menos incomodo si va sonia o si expresase algo mas especifico! quemomento para Leon!…pero picó la curiosidad del tal Hipolito!!!

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Dom Abr 18 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Faltaría más, señor, pero, por favor, no se extrañe —comentó León como queriendo buscar una excusa ante su jefe—. Se trata de mi novia. Ella se llama Sonia y desde que la conozco, siempre ha tenido un don especial. —¿Un don especial? ¡Vaya, qué interesante! Hay muchos dones por […]