SONIA Y LEÓN (60) Rescate en la niebla

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—Así es, hija. Desde ese momento, soy otra, porque comprendo, porque conseguí respuestas para mis enigmas, para no rendirme nunca, para entender que la propia dignidad no encaja con el castigo infligido a una misma. Fue así como aprendí que, incluso en las peores circunstancias, el espíritu conserva intacta su capacidad para elegir, para decidir lo que hacer en su camino. Hasta con el viento más fuerte en tu contra, tu embarcación puede seguir navegando.

—¡Mamá, eres otra! Eso me recuerda las cosas bonitas que me decías cuando yo era una cría, no a esa mujer peleada con la esperanza en tu última etapa. ¡Qué gran lección de sabiduría!

—Eso fue lo que yo noté en mis adentros, cuando tu padre me dijo que enunciase en mi interior el nombre de quien sería mi próxima consejera, mi tutora, mi tabla de salvación en el más embravecido de los mares.

—Madre, dime ¿quién es esa criatura para que yo pueda bendecir su nombre?

—Se llama Rosa. Llevada por el impulso y la determinante voluntad de escapar a mi negrura, seguí el consejo de tu querido padre y de ese ser con el que se presentó ante mí, porque estoy segura de que fue ese espíritu el que inspiró a mi amado Gabriel para que pronunciase aquel nombre.

—¿Y qué pasó tras ese episodio, mamá?

—Después de un último cruce de miradas, el más maravilloso que había sentido en años, tu padre se despidió de mí en la más tierna escena que yo recuerde. Acercándose a mí, de nuevo repitió aquella palabra que me sonaba a magia: “Rosa, Rosa, Rosa”.

—Qué grandeza, ese nombre me suena al de un ángel, el de alguien que guardaría tanto afecto por ti que el mismísimo Dios le enviaría en tu socorro.

—Así fue, mi niña. Con esa “palabra” envuelta en mi memoria y con el mayor de los deseos por romper con mi lacerante inercia, deseando apartar el grueso velo de neblina que me mantenía paralizada, me arrodillé en medio de aquel paisaje cansino y repetitivo y comencé a implorar la ayuda del cielo. Solo acertaba a articular ese nombre, aquel en el que Gabriel había insistido tanto. Conforme transcurrió el tiempo, estaba convencida de que existía algo por encima de mí que me permitiría despertar de mi letargo. Ansiaba romper con esa tendencia absurda a vagar por las marismas en un trayecto de locura y de vómitos que lo único que hacía era atarme al recuerdo de mis últimas horas en casa, el que ahora es tu hogar en compañía de ese buen hombre que tanto te ama y admira, León.

—Ay, mamá, cuánto me alegro. Si supieras lo feliz que me siento en su compañía —expresó entre sollozos la joven.

—Lo sé, mi niña, lo sé. A ello estamos destinados, a amar y a ser amados, a amar en todo momento y en todo lugar, tanto aquí, en mi mundo, como bajo el caparazón de la carne.

—Por favor, continúa con lo que te ocurrió.

—No sé cuánto tiempo pasó, pero te aseguro que en aquellos momentos tan críticos, jamás perdí la fe. Gracias a tu padre y a su encuentro conmigo, quedé reforzada en lo más íntimo. Una mañana, cuando menos lo esperaba, sentí como una silueta de mujer que se aproximaba por mi espalda. Intuí rápidamente que debía ser aquella presencia que tu padre me había prometido que vendría a verme. Al principio, escuché un agradable eco en mis oídos… “Ágata, Ágata, Ágata…” que luego callaba. Giré mi cabeza buscando la procedencia de esa voz, pero no contemplaba nada. Así sucedió una segunda vez. Oír esa palabra con la que me identificaba tanto, significaba que había una persona que se preocupaba por mí y que estaba pendiente de mi situación. Por fin, a la tercera ocasión, mis ojos internos se abrieron. Sentí unas manos tan suaves como el algodón acariciando mi cabeza, de tal modo que lo que para mí era grisáceo, pasó a colorearse de una blanca luz. La densidad brumosa de esas marismas que durante tanto tiempo me habían acompañado, se tornaron transparentes y pequeños rayos de luz que procedían del cielo se fueron haciendo cada vez más claros.

—Ahora puedo distinguir cómo trabaja el mundo espiritual…

—¡Hija, imagina cuál fue mi regocijo! De vivir entre tinieblas pasé a un ambiente de luminosidad, de sentirme envuelta entre las dudas y la desesperanza viajé a la certidumbre, de morar entre silencios que desgarraban mis oídos pasé a disfrutar de la escucha del más bello lenguaje hecho poesía, de la confusión a la verdad, del miedo a la confianza, de la angustia a la serenidad… Me percibía tan dichosa que dejé de ser la antigua Ágata, aquella mujer tan esclava de sus más desgarradores recuerdos, presa de sus más horribles remordimientos. Nunca antes había notado en mi alma esa sensación de libertad de la que tanto había oído hablar cuando vivía. Ni siquiera precisé abrir mi boca. No eran mis labios los que configurarían mi realidad desde ese instante, sino mi alma entregada a la esperanza. En la casa de mi corazón ya no cabían ni la culpa ni el reproche, ni la maldición ni el dolor. Había nacido a otra época, a otra perspectiva de la realidad y mis miradas en negro, ahora se habían convertido en un arcoíris de alegres e infinitos colores.

—Mamá, que Dios te guarde. No sé yo si algún día mereceré tanto honor.

—No es honor, hija, es la compasión divina que envuelve al universo así como a sus hijos más queridos, nosotros.

—Y dime, ¿cómo era ese espíritu con forma de mujer?

…continuará…

4 comentarios en «SONIA Y LEÓN (60) Rescate en la niebla»

  1. Cada vez mas Interesante!!!Me Apasiona tanto saber del contenido del Mundo Espiritual!!!Insisto!!!Esta novela debiera pasar capitulos Diarios!!!!jajaja

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