SONIA Y LEÓN (49) De mal en peor

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—Creo que ahora entiende mejor el motivo por el que he venido hasta su ciudad a hablar de este asunto. Me veo a mí mismo en el espejo y no me reconozco; me noto desorientado, falto de luces e incapaz de dirigir una vida familiar truncada. Solo el éxito empresarial alcanzado ha llenado ese vacío existencial que me carcomía por dentro a causa de la muerte de esos dos seres. Y en estas circunstancias, ni siquiera el trabajo me motiva.

—Don Alberto, ¿y su otro hijo? ¿Cómo está él? Habrá sufrido lo indecible tras haber perdido en tan poco tiempo a su madre y a su hermano mayor…

—Se quiera o no, lo sucedido ya no tiene remedio. Intento pasar página, pero me observo tan impotente con el peso de ese fracaso a mis espaldas, que es mi otro hijo el que ahora centra mis preocupaciones. Lo cierto es que se quedó trastornado, como es lógico. No quiero ser funesto, pero mi benjamín estaba empezando a llevar una trayectoria parecida a la de Alberto. Renunció a estudiar, a formarse y solo le obsesionaba la guitarra eléctrica. Decía que practicando horas y horas, podría llegar a lo más alto con ese instrumento. Al principio y dado el desastre ocurrido con su hermano, casi lo consideré un mal menor. Lo prefería a que se sacase el carnet de conducir y empezase a llevar un coche, usted ya me comprende… Si esa era su ilusión, dinero no le iba a faltar para desarrollar su vocación musical. Sin embargo, al poco, surgió un serio problema: Miguel no me había dicho toda la verdad de este asunto.

—¿Acaso le estaba ocultando información? —preguntó Sonia como anticipándose a una posible mala noticia.

—En efecto, señorita. Era cierto que tocaba con su grupo, pero lo que no me contaba es que, en esas largas reuniones de entrenamiento con sus colegas, se consumían todo tipo de sustancias. Ignorante de mí, las pocas veces que le veía, no sospechaba nada. Nunca se me hubiera pasado por la cabeza que ese grupo de chavales que se juntaban para tocar, al final, estuviesen caminando por esa peligrosa senda de las drogas. Para evitar males mayores, me dejé asesorar y contraté para él un entrenador personal. Mi hijo, desde pequeño, siempre había mostrado unas grandes dotes para el atletismo y en general, para cualquier actividad deportiva. En mi desesperación, supuse que, contratando a un buen profesional, que además tenía capacitación para el asesoramiento psicológico personal, eso solucionaría los problemas de mi hijo más joven.

—¿Y cómo resultó la experiencia con ese señor?

—Nada bien. El comienzo fue esperanzador, pues llegamos a un acuerdo. Yo le compré una guitarra que le encantaba, pues llevaba mucho tiempo detrás de ese instrumento y no sabía cómo convencerme para que yo hiciese una inversión tan cara. Después de la alegría que se llevó, a Miguel le estimulaba eso de contar con una persona que le dijese lo que tenía que comer, cómo entrenar y cómo llevar un estilo de vida sano. Sin embargo, no sé lo que pasó, pero no transcurrieron ni siquiera tres meses cuando ese hombre me presentó su renuncia, argumentando que a él no le pagaban para doblegar la voluntad de un joven que no colaboraba con él ni seguía sus consejos. Fíjese en el desastre, que hasta ese profesional experimentado y de buena reputación, había desistido de su labor con Miguel. Fue muy claro a la hora de explicarse. Por más que intenté insistirle para que no abandonase su tarea, se negó, diciéndome que él no iba a navegar todo el tiempo con el viento en contra y que aquello no le compensaba. De alguna forma, me estaba indicando que su trabajo con mi hijo era una empresa imposible de reconducir.

—Vaya con el chico…

—Ya queda poco para terminar con este trágico relato, pero es que aún hay más. Me he tenido que aplicar esa famosa frase que dice: “cuando las cosas van mal, son susceptibles de empeorar”.

—¡Dios mío, qué historia más lamentable, qué sucesión de hechos negativos y encadenados!

—Sí. Llegó un momento en que le cogí miedo al hecho de meterme en la cama, simplemente porque, como ya había ocurrido con Alberto, una noche de esas me pudiesen despertar de madrugada para darme otra noticia nefasta. Y esa profecía, que dormía silenciosa en mi inconsciente, se cumplió. Hace una semana, el teléfono volvió a sonar a las dos horas de acostarme. La llamada venía del hospital y según me informaron, se había producido en la calle una reyerta entre varios jóvenes y el destino o la mala suerte, qué sé yo, determinaron que mi hijo recibiese una puñalada en el vientre durante la pelea.

—¡Cómo le compadezco, señor! Y ¿cómo está el chico?

—Lo único positivo de todo esto es que ahora mismo, se encuentra fuera de peligro. Aún se halla ingresado en el hospital recuperándose de la grave herida y parece que las expectativas de mejora son favorables. Los médicos me comentaron que con suerte y dada la juventud del paciente, en breve, él podría volver a la “normalidad”.

—Sí, le entiendo, una maldita normalidad llena de malas compañías y de hábitos nocivos.

—Pues hasta aquí abarca el relato. No puedo más, Sonia, por eso estoy aquí. No crea que he permanecido del todo pasivo en todo este tiempo. He buscado asesoramiento de personas preparadas, cercanas, pero me dicen que resulta muy difícil doblegar las pasiones de un chico alocado, poco tolerante a la frustración y sumamente impulsivo, y más después de la catástrofe acontecida en mi familia. Se lo aseguro, no hay nada más de lo que ha escuchado. No me he quedado corto en mi mensaje y tampoco he exagerado lo más mínimo a la hora de narrarle lo sucedido. Solo busco su sabio consejo porque estoy desesperado.

Después de agachar su cabeza por el abatimiento que le invadía y el desahogo producido, aquel señor introdujo su mano derecha en un bolsillo interior que había en su chaqueta y sacó de allí lo que parecía una chequera que colocó sobre la mesa. Luego, extrajo del mismo lugar un bolígrafo bañado en oro que situó junto al talonario.

—¿Qué está haciendo, don Alberto?

…continuará…

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