SONIA Y LEÓN (37) La petición

—Por supuesto que sí —replicó Carmen—. Fíjate, es como si me hubiese venido de repente a la cabeza esa inspiración. Además, tú eres una especialista en ese tipo de cosas. La piel de tus manos no es una piel normal, es una receptora de ondas que te permite ahondar en la mente de los otros. Todos te conocen por eso.

—En fin, vale. ¿Qué es exactamente lo que pretendes que yo haga?

—Muy sencillo. Cuando él se encuentre aquí, tú te acercarás a mi Joaquín como haciéndote la encontradiza. Cualquier excusa será suficiente. Y en ese momento, pues le tocas, le das un abrazo, un saludo con un beso o lo que se te ocurra, es decir, el gesto exacto que te permita captar algo de él. Así, tu poderosa intuición se pondrá en marcha. Estoy convencida de que serás capaz de leerle el pensamiento y saber lo que esconde. Será el arma definitiva para saber si el muy granuja me está engañando o no, si dice la verdad o si ha aprendido a usar la mentira como herramienta habitual.

—Carmen, te recuerdo un aspecto y creo que ya te lo he repetido en el pasado. Esto no funciona como un reloj al que programas a una hora para que le suene la alarma. Mis capacidades no surgen como el cliente que viene aquí y solicita un plato a la carta. En ese sentido, no son efectivas al cien por cien. Va a depender mucho de la otra persona, del momento, de las circunstancias y demás variables. En resumen y por decírtelo con claridad: yo no puedo elegir cuándo mis cualidades se ponen en marcha. Hasta yo misma me sorprendo a veces, porque cuando no espero nada, ¡zas!, surge algo sorpresivo que zarandea mi cabeza. Te prevengo para que no caigas en la más absoluta decepción, si una vez que me cruce con él, pues resulta que no sucede nada. ¿Lo entiendes ahora?

—Está bien, lo comprendo. Pero al menos, ¿podrías intentarlo? Y si no pasa nada, pues haré lo que me has dicho antes. Ay, por favor, Sonia, dime que sí, anda, que me juego mucho. Facilítame las cosas, que ya nos conocemos y somos buenas compañeras.

—De acuerdo, ya veo que estás muy preocupada por la resolución de este asunto. Lo hago porque eres tú y siempre que admitas que no existe ninguna garantía. ¿Vale?

—Ay, sí, gracias, amiga. Te lo juro: pase lo que pase, me conformaré con lo que me digas. ¿Mejor así?

Unos días más tarde, entre la Navidad y el fin de año, un hombre penetraba sonriente en el café Ágata…

—¡Ah, ya estás aquí, por fin! Me preparo y ya nos vamos —le comentó Carmen a su novio mientras que le daba un beso—. Me cambio de ropa y ¡a la calle!

—De acuerdo. Entonces, te espero aquí.

—¡Vaya con los novios de mis compañeras! —expresó Elisa alzando su voz—. Voy a pensar que tengo muy mala suerte. Ni siquiera tengo acompañante para estas fechas. A ver si me busco un ligue antes de Nochevieja, que tengo ganas de disfrutar de un buen cotillón. No sé, no sé, pero este año le pienso pedir a los Reyes Magos que me traigan un hombre en condiciones a mi lado. Ya está bien, que entramos en 1980 y yo también quiero que me vengan a recoger, que me abracen, que me den calor y más cosas que no digo…

—Pero, mujer —indicó Joaquín—. ¿Todavía estás con esas historias en la cabeza? El amor llega cuando llega, no cuando tú lo pides. Además, no puedes andar por ahí como una desesperada. Eso no te conviene.

—¿De veras, Joaquín? Pues tu querida Carmen y la jefa se han quedado con el premio gordo de la lotería. Mira, Sonia se ha buscado a un chico que es un bombón, economista y funcionario y además, educado. Y a ti no te digo nada, hijo, que no te faltan cualidades, además de la buena pinta que tienes, que parece que te ha hecho el cuerpo un escultor.

—Oye, Elisa, ¿te puedes callar un poco? —intervino con rapidez Carmen—. Mira que te gusta entrometerte en los asuntos ajenos. Deja que me cambie de ropa tranquila y no escuchando tus comentarios sobre los novios de tus compañeras de trabajo.

—¡Haya paz, haya paz! —exclamó Sonia desde la cocina tratando de apaciguar los ánimos—. Que estamos en Navidad y no es época de discusiones.

—Ah, buenas tardes, jefa. ¿Cómo estás? —preguntó Joaquín mientras que sonreía.

—¡Cuánto tiempo sin verte, hombre! Anda, deja que te dé un abrazo, que vienes muy poco por el café. Estos son días de afecto y celebración.

—Pues claro que sí, Sonia. Me alegro mucho de verte en estas fechas.

Mientas que Carmen no perdía de vista aquella escena, su corazón se aceleraba más y más, pensando que aquel gesto de saludo entre los dos jóvenes podría aportarle luego una valiosa información tan necesaria para sus intereses.

—Oye, Sonia, es verdad que hacía tiempo que no venía por aquí, pero me han dicho que te has buscado a un hombre muy afortunado. ¿Es cierto eso?

—Bueno, no sé si afortunado o no, pero lo único seguro es que me encuentro muy bien a su lado. A lo mejor, la afortunada soy yo, ja, ja…

—Pues Carmen me dijo que era funcionario de Hacienda. Igual algún día necesito alguno de sus consejos para no tener que pagar tanto. Ya sabes que nosotros vivimos de las ventas. Fíjate que en cantidades fijas, a mí solo me abonan un cuarenta por ciento del salario. El resto, son comisiones. En fin, tú ya me entiendes.

—Claro, hombre. El día que sea, yo se lo comentaré. Creo que él estará encantado de ayudarte. Esto de los impuestos es un quebradero de cabeza. ¿Qué me vas a decir a mí que llevo este negocio?

…continuará…

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