SONIA Y LEÓN (28) Juego de llaves

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—Ah, qué bien escuchar eso. Creo que es una respuesta muy inteligente por tu parte.

—Además, ya sabes que se trata de una aptitud sobre la que no ejerzo control. Yo no elijo los casos ante los que esa facultad se despierta. No todos a los que le doy la mano provocan esa reacción en mí, como sucedió con mi primer caso, con Miguel. Cuando menos te lo esperas, se produce esa intuición. Eso, de alguna manera, me tranquiliza. Piensa por un instante, que siempre que tocase a alguien, aparecieran esas imágenes en mi cabeza. No sé si me volvería loca, León. Al desconocer el momento exacto de su manifestación, me digo a mí misma que no me preocupe en exceso por esa posibilidad. Cuando venga, llegará. Y mientras tanto, pues a seguir con mi vida.

—Es una buena reflexión. ¿Alguna vez has llevado un recuento? Me explico, ¿con qué frecuencia aproximada surge ese fenómeno?

—No sabría decirte. Claro, señor economista, se nota que las medias y las frecuencias son lo tuyo. Oye, ¿no irás a dibujar un gráfico sobre una tal Sonia González con datos estadísticos? No te pases. A mí, la verdad, no me preocupa eso de las mediciones. Ni esto es un laboratorio de pruebas ni yo soy un experimento. Sin embargo, como me estás mirando con gesto de decepción, te aportaré un dato: ha habido algunos meses en los que ha ocurrido una sola vez y otros en los que se ha dado con mayor asiduidad.

—Ja, ja, esto tiene gracia. He terminado el postre justo en el momento en el que tú hablabas de la constancia del fenómeno. ¡Vaya sincronía que tenemos! Eres única, Sonia, la primera criatura del planeta que conozco con esas características. Creo que te voy a hacer muchas preguntas al respecto, aunque no en un solo día ¿vale? Espero que no te molestes por eso.

—¿Molestarme? En absoluto. Y menos aún, sabiendo el tipo de persona que eres. Bienvenido a mi mundo particular, querido, a esa realidad en la que se presentan estas experiencias únicas y desconcertantes. Mira que, si después de todo, tú te has movido mil kilómetros de norte a sur para descubrir el secreto de lo que me pasa…

—Uy, ¡qué quieres que te diga! Cosas más raras se han visto. No quiero que pienses que soy un detective que trata de sacar a la luz un misterio oculto en la mente de una señorita que regenta un café, je, je… aunque ahora que lo pienso, no se me daría nada mal trabajar como investigador. Me gusta, sí, lo admito.

—Bueno, señor funcionario, ahora que has terminado de comer y de preguntar, ¿qué vas a hacer durante toda esta tarde libre? ¡Quién pudiera trabajar de ocho a tres! ¿Verdad?

—Eso digo yo, quién pudiera. Ten en cuenta que, gracias a individuos como yo, el Estado recauda impuestos y que merced a esos impuestos se construyen escuelas, hospitales, carreteras y multitud de servicios más que se ofrecen a los ciudadanos, pero no lo olvides, que cuestan un buen dinero. Y esas cantidades no nos las inventamos, sino que existen una serie de disposiciones legales que las regulan. ¿No te parece interesante este tema?

—¡Uy, uy, quita, qué aburrido, por Dios! Prefiero hablar de mi “caso” mucho más tiempo. Además, es más divertido. De todas formas, no te explayes con ese asunto de la recaudación, que yo ya pago unos tributos más que elevados. Mientras que el negocio vaya bien, a mí no me importará, pero veremos el día que no entre aquí tanta clientela. ¿Ves? Estoy haciendo una predicción y no le he dado la mano a nadie. Oye, León, ¿es que no te vas a reír con mi ocurrencia, hombre? En fin, mejor dejemos las cosas como están.

—Bien respondido. Y me alegro por el simple hecho de que puedas bromear con respecto a tu singularidad. El humor suele relativizar muchas de nuestras preocupaciones. Es conveniente aplicarlo de vez en cuando para rebajar la tensión, cariño.

—¿Eh? Pellízcame los ojos, Dios mío —comentó con una mueca de sorpresa la joven—. ¿Acaso he oído la palabra “cariño” o se trata de un fenómeno paranormal que se ha manifestado dentro de mi “singular” mente?

—Ay, mujer, que no son expresiones que me salgan así, de natural. Ya sé que a ti no te cuesta esfuerzo y que eres muy tierna con tus demostraciones de afecto. Te pido paciencia, tarde o temprano quizás me salgan sin pensarlo, “mi amor”.

—Oye, que, si tú no eres así, por mí no hay problema. Lo que ocurre es que me parece apropiado que en las parejas se utilicen términos que revelen la complicidad que existe.

—Y… ¿qué es esto que me estás dando, si se puede saber?

—Pues está muy claro, León. Has de saber que yo, por ahora, no he tenido problemas de vista.

—Si es un juego de llaves…

—Bieeennn… ¡Premio para el caballero! —exclamó Sonia mientras que aplaudía—. Has acertado, joven. Y digo una cosa, ¿sabes para lo que sirven?

—Desde luego, creo que para abrir puertas.

—Muy bien, señor investigador. Qué sagaz. Esas llaves son una copia de las de mi casa. Verás, si quieres, puedes quedarte allí y por la noche, preparar algo para comer para dos personas, de modo que cuando yo llegue, podamos cenar juntos. Bueno y si te apuntas a dormir conmigo, yo no le pediría a la vida nada más en estos momentos. Y, por cierto, que mi piso queda muy cerca de tu apartamento, es decir, que, por la mañana, no tendrás que hacer ningún esfuerzo adicional para ir hasta Hacienda.

…continuará…

4 comentarios en «SONIA Y LEÓN (28) Juego de llaves»

  1. Muy Moderna Sonia!!!….Audaz y Decidida! de no ser asì, pasa la novela y ese leon nada que se decide a tomar la delantera!jajajaj

    1. Es cierto, Mora. A León parece que le cuesta un poco arrancar en los amores, sobre todo, después de lo que le pasó con su antigua novia. Feliz semana.

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Jue Dic 10 , 2020
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Caramba, Sonia, qué gran responsabilidad estás poniendo en mis manos. ¿Y si yo fuese un peligroso ladrón y cuando llegases a casa, lo vieses todo desordenado y hubiera robado hasta las bombillas? —Pero, ¡si serás idiota, León! —afirmó la joven con una gran carcajada—. ¿De verdad crees que le […]