SONIA Y LEÓN (22) ¿Y mis secretos?

—Claro, no es esa mi intención —respondió el hombre con convicción—. Sin embargo, ahora que sé algo más de ti, deberé abandonar toda cota de intimidad. Por ejemplo, imagina que un día cometo una injusticia con alguien. Imagina también que yo no deseo que te enteres para que no pienses mal de mí, para que no sufras con ese mal comportamiento. Y ¿qué hago? Nada, porque estoy seguro de que tarde o temprano, tú descubrirás mi error usando tus habilidades, esas que no sé de dónde proceden.

—Bueno, en ese caso que comentas, tal vez lo más adecuado resultaría no cometer esa maldad de la que has hablado. Así, por mucho que yo me concentrara o mucha información que me llegara, no habría nada por descubrir.

—Sin duda, eso sería lo ideal. Sin embargo, ya sabes que no somos perfectos. Nadie lo es y se quiera o no, nunca vamos a perder esa tendencia a esconder bajo siete llaves aquello que no queremos que los demás sepan.

—Vale, tomo nota de tu comentario. No deja de ser una buena lección para mí que habré de considerar. Solo quería saber una cosa: si todo esto fuera al revés, es decir, si fueses tú el que poseyese esa capacidad, ese don o como pretendas llamarlo, ¿me tocarías, aunque fuese con disimulo, para comprobar si yo te soy fiel o si te estoy mintiendo al respecto de alguna pregunta que tú me hicieras? Anda, corazón, no te escabullas y responde.

—Ja, ja… no tengo ningún problema en responder porque yo no dispongo de esa posibilidad. No he desarrollado nunca ni creo que vaya a desarrollar en el futuro eso que a ti te ocurre.

—Bien, hasta ahora no, pero, por favor, ¿puedes contestar a mi duda?

—Vale, lo reconozco, muy probablemente haría uso de esa facultad. Creo que no podría resistirme. Pienso que con la misma fuerza con la que escondemos nuestros secretos de los demás, también intentamos desvelar los secretos de los que viven a nuestro alrededor. La curiosidad humana carece de límites. Me temo que nacemos ya con esa inquietud por entrometernos en las vidas ajenas.

—Ja, ja, ja… te pillé, León. ¡Ay, cariño, cómo me gusta que seas tan imperfecto como yo!

—De acuerdo. Aquí lo único cierto es que tú puedes leer en mis adentros como si yo fuese para ti un libro abierto. Por más que lo intente, no puedo evitar pensar que he estrechado un vínculo de afecto con una mujer que no tiene nada de normal. En cualquier caso, dicen que el amor todo lo puede y en cuanto a mí, trataré de adaptarme a tu peculiaridad.

—Mira, cariño, soy consciente de todo eso que me dices, de esas reflexiones que pasan por tu cabeza, de tantas y tantas preguntas que te estarás haciendo sobre mí y que no tienen respuesta. Es inevitable. Has de saber que yo también me hago mis preguntas. Somos criaturas llenas de contradicciones, de miedos y retos, de debilidades y de proyectos. ¿Será por nuestra condición de seres humanos? Seguro que es por eso, así lo veo yo.

—Sí, tienes mucha razón. De todas formas, Sonia, quiero que sepas que me siento muy alegre. Al escapar de mi tierra, jamás habría pensado en que al poco, iba a conocer a una mujer tan fascinante y tan curiosa como tú. Además, ha sido todo tan rápido… Te aseguro que ya desde el primer día, se produjo una conexión muy especial entre nosotros. Espero que tú sientas también lo mismo.

—Por supuesto, León. Mi corazón rebosa de júbilo y me noto como si hubiese realizado un largo y profundo viaje hasta las profundidades de tu alma. Oye, te aseguro que estar contigo en mi propia casa, resulta una experiencia cuando menos maravillosa. Por cierto, te propongo un plan para este domingo. Mira, nos vamos a dar una paseo a la playa que queda muy cerca y luego, cuando nos entre hambre, nos metemos en algún lugar con vistas al mar y comemos algo. ¿Qué te parece?

—Pues claro que sí, Sonia. Es un magnífico plan. Admito que de donde yo vengo, el gris en el cielo predomina sobre el azul. No digo que sea peor o mejor, simplemente diferente. Te reconozco, porque ya me he dado cuenta en estas semanas, que la claridad de tu ciudad me atrapa como la miel atrae a las moscas. En fin, no sé si ha sido una comparación muy acertada, pero la verdad es que el tiempo está fenomenal para dar una vuelta contemplando el Atlántico. Además, será bueno que nos relajemos con el eco de las olas después de una noche tan agitada.

—Agitada, pero de una intensidad suprema. Haber sentido tu cuerpo y tu alma tan cerca de mí ha resultado algo único. Venga, como tú dices, vamos a dejarnos llevar por el susurro del océano. Así recuperaremos fuerzas para la semana.

—Caramba, qué romántica. Lo único que te faltaría ahora mismo sería recitarme unos versos de tu propia invención mientras que caminamos.

—Hum… pues no lo descartes. No, no te hagas ilusiones, mi amor, que todavía no he cultivado esa disciplina tan bella como es la poesía.

—Pues fíjate, yo hasta me había hecho mis ilusiones. Contigo es imposible descartar nada. Por algo eres la persona más extraña y a la vez, más atrayente de cuantas he conocido.

—Uy, León, eso me suena a música celestial en mis oídos. Anda, acércate y dame un beso. Te haré una predicción de lo más lógica: cuando mañana llegue al trabajo y abra las puertas del local, una nueva Sonia pisará el suelo del café Ágata.

—Ten por seguro que a mí me ocurrirá lo mismo. Venga, vamos a vestirnos de calle.

…continuará…

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