ALMAS EN GUERRA (y 100) La vida continúa

—Pero, hija, hay algo que no comprendo entre tanta ida y vuelta de emociones que llegan y salen de mí. ¿Cómo es posible esto? ¿Qué ha pasado durante nuestra ausencia para que de repente estés tan ilusionada, tan feliz?

—Don Constancio, doña Inés —respondió con una gran sonrisa Rosa—, creo que su hijo no había dejado de quererme en ningún momento. Él estaba tan afectado por lo sucedido que no se permitía sacar afuera sus sentimientos, todo eso que acumuló en su corazón desde que nos enamoramos. Estaba segura de ello, por eso insistía tanto. Lo digo sin orgullo, pero he logrado alcanzar la profundidad de su carácter. Haber renunciado a él habría sido una pérdida irreparable para ambos, para ustedes, para el mismísimo destino. El amor, cuando se cuela por entre las rendijas del alma, no sabe de límites. Se da, se entrega, a pesar de las circunstancias que lo envuelvan.

—Ay, hija —expresó la madre—. Cualquiera que te escuchase pensaría que tienes diez años más. Si supieras la madurez que contienen tus palabras…

—Señora, si me permite —intervino la joven—, yo le contaré algo que desconoce. Fueron tantos momentos compartidos en mi vida con mi primo Diego desde que tengo uso de razón, que no sabría ni por dónde empezar. Él, con su luz, me enseñó cada día a prepararme para vivir, él fue mi ejemplo y en estos momentos tan especiales, tan solo trato de actuar como él hubiese esperado de mí. Simplemente, es lo que me mueve.

—Tienes toda la razón, Rosa —afirmó Alfonso desde la cama—. Por favor, acercaos aquí y juntémonos los cuatro. Os diré una cosa: todo esto que está sucediendo se lo debemos a él. Es de justicia admitir que si estoy aún vivo y si puedo pensar en un futuro, es gracias a su influencia. Esté donde esté, que Dios le ampare.

—Es cierto —añadió Inés—. Es de alma noble recordar a aquellos que no están entre nosotros, pero que con su ejemplo y sus actos nos impulsan a ser cada día un poco mejores.

Aquella escena jamás sería olvidada por ninguno de los participantes. Unos meses más tarde, en una iglesia no muy lejana de aquel lugar, una boda íntima era oficiada ante un hombre situado en una silla de ruedas y una chica cuya claridad traspasaba su piel y hacía aún más blanco su vestido de novia. Su madre, Carmen y su tía, Antonia, así como los padres del novio, Constancio e Inés, no cabían en sí de gozo. Después de los graves obstáculos surgidos, la vida para la nueva pareja continuaba envuelta en una atmósfera de amor. Por suerte para Alfonso, el juez supo mover sus influencias y gracias a la excelente mecanografía de su hijo, el joven pudo colocarse y empezar a trabajar en una compañía de seguros, donde además atendía y recibía las llamadas telefónicas. Era la conclusión a una etapa de incertidumbre, a unos tiempos que aún continuaban revueltos por la situación bélica que atravesaba el país. Sin embargo, en aquellos dos jóvenes que habían pasado por el altar, se había alcanzado una etapa de serenidad ante el caos que suponía la lucha fratricida entre personas que habitaban una misma nación.

Transcurrido el tiempo, una reunión se producía en uno de los bellos jardines que adornaban la colonia espiritual de Nueva Europa.

—Como ya os dije, queridos hermanos —comentó el maestro Bernard—, nuestra intervención en este asunto había de resultar decisiva. Y es que cuando hay voluntad de hacer el bien, las dificultades se empequeñecen y el alma brilla más radiante.

—Así es —respondió Santiago—. Cuando se tiene la seguridad de que estás haciendo lo correcto para tu evolución, todo resulta más fácil. Esas son las verdaderas convicciones que llevan al progreso a los hombres. ¿No opinas lo mismo, Diego?

—Cómo no, hermano. Estoy completamente de acuerdo. Por cierto, maestro, tengo curiosidad por un detalle de esta historia.

—Así es, amigo —contestó sonriente Bernard—. Y como sé sumergirme en tus pensamientos, te lo explicaré. La Providencia nos ofrece a diario numerosas oportunidades, tanto para reparar nuestros errores como para facilitar nuestro camino de avance. En este sentido, no hay fenómeno humano que pueda prolongarse definitivamente en el tiempo. Muy pronto, las balas callarán en España. Y cuando eso suceda, nuestros queridos hermanos, Rosa y Alfonso, notarán dentro de sí una importante necesidad. Dada la imposibilidad por parte de él de engendrar hijos tras el incidente que ya conocemos, ellos serán inspirados para adoptar a una criatura, lo que constituirá un estímulo más para consolidar su unión a través del fuerte vínculo de la paternidad. Para cumplir con este objetivo, acudirán a un orfanato no muy lejano donde hallarán a un niño que curiosamente será el hijo de uno de los hermanos que el propio Alfonso abatió en los primeros días de la guerra.

—¡Caramba, qué gran sabiduría! —dijo Santiago—. El descendiente de uno de los opositores políticos de Alfonso será colocado delante de sus ojos para que con sus cuidados, él vaya aliviando con amor parte de sus responsabilidades. Su mochila aún pesa en demasía y tantas piedras sobre su espalda solo indican la carga pendiente de su pasado. Nada mejor que ir apaciguando poco a poco y con afecto todo ese mal que infligió a sus víctimas.

—Bellas palabras, amigo —intervino Diego—. No hay mejor forma de describir el funcionamiento de esta, nuestra existencia infinita. Todo queda organizado para que las causas junto a sus efectos se combinen hasta dirigirnos hacia la ruta de la perfección.

—¡Que Dios nos bendiga a todos! —concluyó Bernard—. No os resta mucho para una nueva misión que habré de encomendaros. El Creador no se detiene con su amor y nosotros somos sus felices mensajeros.

FIN

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (y 100) La vida continúa”

  1. Enhorabuena!!! Emotivo final. Gracias por este bonito final, como será el final de nuestro camino hacia Dios,

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