ALMAS EN GUERRA (99) El triunfo del amor

—Por completo, Alfonso. Nunca antes había expresado tantas cosas seguidas que solo responden a la verdad de mis sentimientos. Déjame coger tu mano, besar tu piel y juntos mirar al futuro. Recompongamos este presente. Mi amor, este es un reto muy grande que Dios ha colocado delante de nosotros, pero con paciencia y mucho afecto, sabremos enfrentarlo y entonces, nuestra unión será la más dichosa del mundo porque habremos sabido sortear los inconvenientes del destino.

—¡Ay, Rosa, mi buena Rosa! —exclamó el joven mientras que por fin volvía sus ojos hacia ella—. Eres esa mujer con la que crucé mi mirada en aquella primera vez cuando entré en la tienda. Le hablé tanto a tu primo de mis sentimientos, de los planes que soñaba contigo y ahora todo se ha vuelto tan complicado…

—Mi amor, dale alas a tus emociones. Quizá tú no puedas caminar, pero juntos volaremos hasta donde haga falta.

—Largo será el camino… y larga será la paciencia…

—Alfonso, por favor, más allá de tanto discurso, ¿podría pedirte un favor?

—Claro, Rosa. Sería incapaz de negarme.

—Entonces, déjame abrazarte, pues estoy segura de que en cuanto sientas el calor de mis manos y la ternura de mis besos, todo cambiará dentro de ti hasta transformarte y así hacerte consciente del desafío que nos espera como marido y esposa.

—Sí, mi Rosa —dijo conmovido el joven mientras que con un suave movimiento de su mano izquierda le tendía a su novia el más bello puente en forma de gesto—. Debes perdonarme por mi injustificable comportamiento. La ansiedad se ha apoderado de mí durante estas jornadas, justo desde el momento en el que desperté y vi que mis piernas no obedecían a las órdenes que yo les enviaba desde el pensamiento. Y luego llegó ese doctor que terminó por romper mis expectativas de recuperación al dibujarme un negro panorama. Te estaba escuchando y pensaba sobre lo cobarde que sería por mi parte renunciar a ti. Diego me lo repitió una y mil veces: eres un ángel. Y yo, lo que necesito ahora a mi lado, es un ángel. Te lo ruego, acércate a mí…

Seguidamente, la escena más anhelada durante las últimas fechas, se produjo en aquella estancia del hospital. Dos seres que se necesitaban más que nunca el uno al otro se daban el más sentido abrazo de sus vidas. Ninguno pensó nada en esos momentos salvo dejarse guiar por el más hermoso afecto que les envolvía. Rosa besaba a Alfonso por sus cabellos, orejas, mejillas, cuello… hasta alcanzar sus labios, mientras que el joven se dejaba acariciar haciendo memoria de todo lo vivido junto a ella durante los últimos meses desde aquella presentación en la tienda de ultramarinos hacía un año, al poco de iniciarse la sublevación militar en Sevilla y una cruenta guerra civil entre españoles. Y cómo no, ambos tomaban fuerza, porque en ese momento tan trascendental de reencuentro recordaban las advertencias de Diego, cuando les hablaba de la conveniencia de mostrarse firmes en el amor cuando llegasen las dificultades.

Justo en esa hora, donde una exuberante claridad había disipado las sombras de la incertidumbre, tres golpes suaves se dejaron oír en la puerta que daba acceso a la habitación. Eran los padres de Alfonso que tras almorzar cerca de allí, pretendían continuar con la visita a su hijo. La expresión de sus caras hubiera sido imposible de explicar…

—Pero, ¿será posible? —expresó doña Inés con gran asombro—. ¿Cómo has logrado llegar hasta aquí, chiquilla? ¿Eres consciente de lo que estás haciendo?

—Es totalmente consciente, madre —contestó Alfonso—. Ella, siguiendo la voz de su conciencia, ha tenido más arrojo que yo y se ha atrevido a manifestarse tal y como es, ha osado en descubrir su alma y sus sentimientos. Gracias a su persistencia, mi noche se ha transformado en un sol que habrá de iluminar mis días.

—Y tú, hijo —comentó don Constancio mientras observaba a la pareja abrazada—, ¿sabes lo que estás haciendo?

—Pues claro que sí, padre. Aquí existía una gran confusión, un desorden y ha llegado Rosa con su inocencia y su nobleza para arreglar mi turbación. Por favor, estad tranquilos, porque el futuro se escribe hoy con palabras de esperanza. Os ruego que confiéis en ella al igual que lo hago yo.

—Dios mío —intervino la madre—, en todos estos días jamás había contemplado tanto brillo en tus ojos. Hijo, tenías la mirada como apagada. No sé lo que ha pasado ni lo que han hablado estos, Constancio; lo único que veo es que esta chica le ha devuelto la ilusión y la sonrisa a mi hijo. ¡Quién sabe si no ha vuelto a amanecer en su existencia! Di algo, hombre, no te quedes callado, que esto es más importante de lo que parece.

—Pues sí, llevas toda la razón, mujer —indicó el juez aún impactado por aquel nuevo escenario—. Me he quedado sin palabras, pero eso no significa que la alegría no esté en mi interior apretándome el corazón. Escucha, Rosa, ¿podría pedirte un único deseo?

—Faltaría más, señor. Dígame.

—Pues entonces, levántate de la cama y ven a abrazarnos a los dos. En toda mi existencia nunca había observado una escena de amor como esta. Me ha generado tanta ternura en mi interior que si hoy tuviera que liberar al peor de los asesinos, creo que lo haría, tal es la compasión que has despertado en mí, Rosa. Ven, hija mía…

Tras el cuadro tan emotivo que se presentó entre las cuatro almas allí reunidas, unos padres, que se sentían desdichados por el atentado contra su hijo y sus terribles consecuencias, se aferraron a aquella joven que con tan poca experiencia de la vida había hecho brillar el amor en Alfonso y retumbar de júbilo las paredes de aquella habitación. Don Constancio, envuelto en lágrimas, se atrevió a decir…

…continuará…

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