ALMAS EN GUERRA (98) La hora de la verdad

—No me mires, por favor, no me mires —gritó con rabia Alfonso.

—Mi amor, ¿cómo no te voy a mirar después de todo lo que hemos compartido? Si supieras lo que te echo de menos, lo mal que lo estoy pasando, lo que sufro al no poder verte. No me han dejado entrar a visitarte ni tus padres ni el médico. Te lo ruego, solo habla conmigo aunque sea un minuto. Te prometo que luego me iré, pero déjame decirte unas palabras…

—He sido yo el que les ha dicho que no te dejasen verme. ¿Sabes por qué tomé esa decisión?

—Claro, cariño, me lo imagino; porque lo ibas a pasar fatal, porque para ti iba a suponer una carga insoportable el tenerme enfrente de ti. Sabía que eso podía ocurrir, pero puedes estar seguro de una cosa.

—¿De qué Rosa? —preguntó el joven mientras que mantenía oculto su rostro.

—Por favor, Alfonso, no eres un monstruo como para tener que esconder tu cara. Quítate la sábana, destapa tu rostro, déjame contemplar tu belleza porque yo sigo enamorada de ese joven hermoso y distinguido que conocí el año pasado.

Un tenso silencio de unos segundos siguió a las palabras de Rosa. Lentamente, Alfonso se fue descubriendo, aunque en vez de dirigir su mirada hacia su novia, la desvió hacia el suelo, como si se notara avergonzado por cruzar los ojos con los de su amada.

—Mi amor, has de saber que yo te quiero con locura. Por favor, mírame, para que así descubras en mis pupilas la verdadera llama del amor. Los hombres solo deben avergonzarse de ser unos canallas y yo, al conocerte, hallé un gran corazón en ti y siempre me has respetado como la mujer que soy. Lo supe desde nuestro primer abrazo, desde nuestro primer beso en la tienda en aquel maravilloso día.

—Rosa, por Dios, no soportaría una falsa compasión. Conoces perfectamente lo que me ha ocurrido y también lo que le sucedió a Diego, quien perdió su vida para salvar la mía. Yo estaba delante y lo vi todo. Fue él el que se puso delante de mí para protegerme de esos malditos disparos.

—Cariño, jamás te miraría de ese modo que dices. Te miro porque te amo y te acepto tal y como eres porque eres el amor de mi vida. Puede que de aquí en adelante tengas que moverte en silla de ruedas, pero eso solo aumentará la admiración que noto por ti en mi pecho. No hay palabras que sirvan para describir mis emociones, las que tú me provocas en el corazón.

En esos momentos, el joven empezó a sollozar como un alma en pena, como un crío al que le han arrebatado a su madre. Tal era el reflejo del dolor que sentía en su interior y que se trasladaba a su garganta y a sus ojos.

—Rosa ¿tú sabes lo que estás diciendo? Mira que eres muy joven y que a lo mejor, no eres consciente de todas esas frases que has pronunciado.

—Mi Alfonso, jamás he hablado con tanta convicción. Sé que al principio me llamaste la atención por lo guapo que me parecías, pero luego, con el tiempo, aprendí a amarte por tu alma, por tu carácter, por lo que significabas en mi existencia. ¿Es que no te das cuenta de que el cuerpo se consume a cada hora que pasa y que lo que hay en tu interior es inmortal?

—Rosa, no sé ni qué contestar. Me noto incómodo, no esperaba este trance, para mí ha resultado un castigo horrible, a mi edad, con todas nuestras esperanzas puestas en un futuro feliz y ahora, ya lo ves, un hombre que precisará de cuidados por un tiempo infinito, despertando la caridad ajena por mi estado, alguien que no podrá darte hijos porque una maldita bala se le alojó en la médula hasta aplastarle una de sus vértebras. ¡Dios mío, cómo conformarme con esta suerte tan miserable!

—Yo te diré cómo, Alfonso: con amor. No existe en el mundo una mejor medicina que el amor. El que yo te dé, el que juntos cultivemos en nuestros corazones, en el día a día, a cada hora que yo te mire o te escuche, a cada segundo que tú me sonrías. Aquí estoy, cariño, mostrándome desnuda ante tus ojos, tal y como soy. Te muestro mi alma sin engaños, de cara; por favor te lo pido, enséñame también la tuya para que yo pueda besarla, estrecharla entre mis brazos, para que podamos seguir juntos a pesar de los obstáculos del camino.

—¿Obstáculos, Rosa? Si solo fueran obstáculos…

—Me da igual como quieras llamarlo. No pelearé contigo por denominar a una cosa de un modo u otro. Yo solo sé que observo mi corazón henchido de amor y que la fuerza de ese afecto se dirige hacia ti, el hombre de mi vida, aquel con el que decidí compartir mi existencia aquella mañana de nuestro primer beso. Acéptame como alguien que se entregará a ti en cuerpo y alma, porque sé muy adentro que tu destino es el mío y que quiero estar unida a ti para siempre.

—Ah, me siento fatal por mi indiferencia —expresó el joven entre lágrimas mientras bajaba el tono de su voz.

—Déjame que yo te consuele, por favor, tengo tanto que ofrecerte…

—Entonces, Rosa ¿ya has pensado en las consecuencias de todo lo que has dicho?

…continuará…

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