ALMAS EN GUERRA (97) Mensaje revelador

Tras suceder aquella escena tan emotiva del reencuentro entre los dos grandes amigos, tomó la palabra Diego:

—Mi querido hermano: he echado mucho de menos nuestras frecuentes conversaciones, nuestros paseos y esas largas miradas que dirigíamos hacia el futuro. Ahora compruebas por ti mismo que la vida es inmortal y gracias a nuestro encuentro, te aseguro que me hallo dichoso. ¿Ves? No hay nada imposible. Tú me viste morir ante tus ojos y ahora, estoy aquí de nuevo, charlando con mi antiguo amigo. Estás destinado a avanzar, pero no con tus piernas, sino con las alas de tu alma. Y esto te lo comento sabiendo del mutuo afecto que nos guardábamos el uno al otro. Solo te pido que recapacites, tal y como te ha expresado mi mentor. Te ruego que dejes a mi prima abrazarte, que te abra su corazón, el cual se halla deseoso de comunicarse contigo y que te deleites con sus palabras que alcanzarán lo más profundo de tu ser. Su felicidad será la tuya y viceversa. Medita, Alfonso, porque estáis destinados a desenvolver el mayor de los trabajos que se puede hacer en la dimensión terrenal. Vuestro amor incondicional os permitirá caminar juntos por el sendero de la existencia, a pesar de todos los obstáculos que se presenten. En ese aspecto, no vayas a pensar que tus piernas te lo impedirán. Será tu voluntad de superación la que obre el milagro y aunque ahora no lo creas, llegará el día en el que bendecirás haber sufrido este revés. Si supieras hasta dónde alcanza la vista de Dios con sus hijos…

—Diego, mi amigo, no has cambiado nada y me sigues demostrando tu compromiso con el bien hasta después de la muerte. Dime, ¿cómo podría yo compensarte por tu pérdida? Tú eras joven e inteligente, con una excelente familia rodeándote y estabas en la flor de la vida…

—Y lo sigo estando, hermano. Mientras que el afán de superación no decaiga, mi alma será como el poeta que se fija en las estrellas para encontrar inspiración en las alturas. Las fuerzas de la evolución me llaman, al igual que a ti. Nunca le des la espalda al progreso, porque esa fecha, la angustia por el sinsentido de tu existencia se apoderará de ti y te sumirá en el caos y el estancamiento. Ahora ya lo sabes, el cuerpo puede ser una sombra que te pese, pero lo esencial es la luz que brille en ti y esa, no pertenece a la materia. Te animo, por nuestra recta amistad, a que reluzcas, tal y como lo habías hecho durante los últimos meses. Solo le pido al Creador que te ayude en tu largo camino. Mañana, alguien a quien yo sé que amas con todo tu ser, vendrá a visitarte. No le cierres la puerta al amor, porque la oscuridad se apoderará de ti y Dios no nos quiere ciegos sino bien despiertos y conscientes de nuestra misión: progresar. Hazte una promesa a ti mismo, aunque te cueste. No te avergüences de tus piernas ni de tu estado, sino siéntete profundamente orgulloso por tus ganas de superación. Solo necesitas lo que estoy viendo en estos momentos: un alma que se compromete consigo misma a continuar con su senda. Adelante sin mirar atrás. Tú llegarás adonde pretendas. Antes me preguntabas por lo que podías hacer por mí. He aquí la respuesta: todo lo que sea avanzar en tu trayecto junto a Rosa constituirá para mí la mayor de las dichas. Por favor, antes de retirarnos, me gustaría darte un gran abrazo. Te aseguro que deseo transmitirte todo lo que siento por ti, Alfonso.

—Gracias eternas, Diego —acertó a responder conmovido el joven—. Siempre estaré en deuda contigo.

Tras aquella emocionante despedida, aquel espíritu torturado por las dudas se acostó junto a su silueta carnal en la cama. El joven se quedó meditando sobre la experiencia vivida, dándole una y mil vueltas en su pensamiento a los asuntos que se habían tratado durante aquella crucial conversación. Las horas siguientes resultarían decisivas…

Nada más despertarse por la mañana, el corazón de Rosa sintió una irresistible necesidad de hablar con su amado. Sería su tercer intento, después de la frustración que le habían ocasionado sus dos tentativas anteriores. Mientras que se vestía y se aseaba, se notó especialmente fresca en su pensamiento, como si aquella noche hubiera descansado a la perfección. Nada que ver con otras madrugadas, donde se despertaba continuamente agitada por el impacto que sobre su sueño tenían las terribles vivencias acumuladas. Meditando con agudeza, eligió la mejor hora para llevar a cabo su plan. La inspiración depositada en su alma durante las últimas horas brilló en su mente y convino consigo misma que el mejor momento de la jornada para aproximarse al hospital y ver a su Alfonso sería la hora del almuerzo.

De acuerdo con su firme propósito, aquella mañana comió una hora antes de lo acostumbrado para disponer del tiempo preciso. Tras avisar a su madre y a su tía de sus intenciones, se encaminó a paso animado hasta el hospital. Con mucha cautela, penetró en el recinto atravesando un amplio patio de columnas que existía a la entrada del edificio. Se dio cuenta de que ni don Constancio ni su esposa se hallaban en el recinto, lo que la animó a proseguir con su afinado plan. Tuvo entonces la extraña sensación de que todas las piezas de su particular puzle estaban encajándose para asegurar el éxito de su misión.

A continuación, se dirigió hacia el pasillo de la planta donde se hallaba ingresado su novio. Sin embargo y con el corazón acelerado, antes de entrar en la habitación del enfermo, se detuvo. Quiso cerciorarse de no escuchar allí ninguna palabra, ninguna conversación. Ya sabía que en esos momentos no se producían las visitas médicas, más propias de la mañana. De aquel silencio extensible a toda la estructura, la joven dedujo que ese sería el instante ideal, pues predecía que Alfonso se encontraría en soledad. Cerró sus ojos con fuerza y se encomendó a la Providencia para que no le fallasen las fuerzas. Entonces, empujó suavemente la puerta de la estancia y contempló la figura de Alfonso situada sobre la cama y que acababa de terminar con la comida que le habían servido unos minutos antes. La reacción de él resultó como instintiva, al agarrar rápidamente la sábana y taparse con ella su rostro.

…continuará…

4 Replies to “ALMAS EN GUERRA (97) Mensaje revelador”

  1. Muchas gracias por compartir con nosotros este maravilloso romance, por su profundo mensaje y tu bella prosa. Ánimo y sincero agradecimiento. Te envío un fraternal abrazo

    1. Muchas gracias por tu mensaje de ánimo, Luis. Espero darte un ejemplar firmado cuando nos reunamos o simplemente, enviarlo a tu domicilio. Abrazos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *