ALMAS EN GUERRA (96) La fuerza del bien

—¿Cómo? Me sorprende tu ignorancia sobre estos asuntos. ¿Acaso dudas de que una mujer joven vaya a querer permanecer con un paralítico? ¿Estás loco? Nadie en su sano juicio haría eso. Pero, ¿en qué mundo vives, Santiago? Esto no es una película de cine cuyo guion acaba feliz. Estamos hablando de la más cruda realidad.

—Vuelves a dar por supuestas algunas cosas. Mira, toda incógnita se despeja con las adecuadas preguntas. ¿Por qué no le preguntas a ella directamente?

—¿Eh? De ningún modo. No podría tolerar su mirada de pena, sus palabras compasivas, su disimulo para tratar de animarme. Todavía me resta algo de orgullo para no perder la poca dignidad que me queda.

—Claro, eso es lo que tú crees. No obstante y si no eres un cobarde que rehúye los problemas, deberás al menos darle la oportunidad de que se exprese. Tú no eres tonto, Alfonso. Cuando hables con ella, sabrás reconocer la verdad y si existe cualquier atisbo de hipocresía en su reacción. No tengas dudas.

—Pero, ¿por qué a mí, por qué yo? Nunca me habían ido tan bien las cosas y en un segundo, mi vida giró del cielo al infierno. Lo que era un bello sueño, se transformó en pesadilla. ¿Por qué? Es que no me lo explico.

—Mi buen hermano. Todo se revela por nuestros actos. No hay acciones sin consecuencias. Si estudias tu pasado más reciente, entenderás muchas cosas o ¿crees que Dios no se fija en todo lo que hacemos? Su contabilidad es quirúrgica; opera con el mejor bisturí y la incisión duele, pero asegura la más profunda regeneración. En cualquier caso, no es momento de volver atrás, sino que hoy, esta misma noche, puedes dar comienzo a un nuevo ciclo. Es una cuestión que afecta a tu voluntad, al igual que sucedió el año pasado cuando un día decidiste acudir al establecimiento de tu amigo para cambiar el sentido de tu camino.

—Entonces, Santiago ¿no puedes tocar mis piernas y sanarlas para escribir un nuevo final?

—No, Alfonso. Y si pudiera, no lo haría. Esa figura que ves ahí tendida es solo un instrumento, un puñado de huesos entrelazados a unos músculos con fecha de caducidad.

—Pues para mí, ya ha llegado la fecha de caducidad.

—Te equivocas, amigo. Al revés, todo acaba de empezar y te confirmo que tienes un brillante futuro por delante. Como te respeto, te lo digo con sinceridad y desde mi experiencia. Sé que ahora te resulta difícil, que tu mente se obstina en ver el lado trágico de la situación, pero lo realmente esencial es el espíritu, aquel que sobrevivirá a tu muerte y con el que estoy conversando ahora mismo.

—Admito que existe una fuerte lucha en mi interior. Debo creerte por tu sabiduría pero en un rato, mi alma deberá volver a ese cuerpo y esa silueta de carne que yace sobre la cama será para mí un impedimento, más que una ventaja.

—Míralo desde otro punto de vista. ¿Sabías que Rosa, a la que tanto quieres, es una criatura que en su pasado realizó un gran trabajo de transformación? ¿Sabías que ella representa la bondad personificada, que se trata de un ángel bendecido entre tanta mediocridad? Y por último, ¿sabías que ella, a pesar de las turbulencias de la época, pidió de todo corazón nacer en Sevilla para coincidir contigo y caminar junto a ti?

Mientras que las lágrimas acudían a los ojos de Alfonso ante el conmovedor discurso de Santiago…

—No puedo evitar decirte lo siguiente: la he amado y la amo hasta el infinito.

—Lo sé, Alfonso. Así pues, dale una oportunidad para que te demuestre todo ese amor que ella te profesa, para que a través de su afecto pueda amarte y a su vez, continuar con su senda de misericordia. Es más, Rosa será para ti un verdadero instrumento de evolución, para que así aprendas a valorar lo que de verdad importa, tu alma, tu principio inmortal. Para ello, será necesario que durante años tu espíritu esté unido a este cuerpo que ves, y no a otro. Ese es el requisito. Ahora, amigo, tómate tu tiempo, pero no demores en exceso tu respuesta. Reflexiona sobre lo que te he dicho, al igual que hiciste en aquella trascendente jornada cuando nos vimos en tu casa. Ya verás…

—Santiago, no sé ni lo que pensar. Me noto tan confuso…

—Tranquilo, ahora contemplarás a alguien que te aprecia tanto como la vida al sol. Espero que su aparición constituya para ti el mejor de los estímulos para seguir adelante.

En unos segundos, el espíritu de Diego se fue haciendo visible en aquella estancia del hospital hasta que Alfonso alcanzó a distinguirle.

—Pero, pero… no puede ser… ¡esto es imposible! —exclamó el joven mientras que volvía a arrodillarse—. ¿Cómo puede estar pasando? Tú moriste, Diego, lo contemplé con mis ojos. Caíste bajo las balas asesinas, justo antes de que yo fuese herido y al final, diste tu vida por mí. ¿Cómo estás, mi querido hermano?

—Anda, Alfonso, levántate, que esa postura no te pega. Déjame que te dé mi más sentido abrazo. Te lo mereces…

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (96) La fuerza del bien”

  1. INTERESSANTE, ALFONSO, ATRAVÉS DE SONHO É INSTRUÍDO POR SANTIAGO E DIEGO, COMO DEVE PROCEDER EM RELAÇÃO À ROSA.

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