ALMAS EN GUERRA (95) Visita en el hospital

—¿Tanto confías en mí, Diego? ¿Y qué le diré para que no se ponga peor y decida definitivamente renunciar a mí?

—Nosotros te inspiraremos. Déjate llevar por tu intuición que siempre fue muy intensa. Las palabras aparecerán en tu boca y de tus labios, llegarán al corazón de nuestro hermano.

—¡Ay, Dios mío, siempre he confiado en ti y a partir de ahora en usted también, señor! Debe ser una buena influencia para mi primo. Tenga en cuenta que mi Diego nació sabio y si usted es su mentor, sus conocimientos ya no le cabrán en la cabeza.

—Bueno, algunos tenemos más edad, mi buena Rosa —contestó con una sonrisa Santiago—. Pero recuerda que toda la sabiduría del mundo no es nada sin el amor. Hemos venido a ti porque sabemos lo que hacemos, pero sobre todo, porque te amamos. Que Dios te bendiga. Ahora, vuelve a tu cama y entra en tu cuerpo. Mañana conservarás el vívido recuerdo de este encuentro, lo que te dará una fuerza increíble para afrontar tu compromiso. Es justo lo que necesitas para cumplir con tu destino. Eres grande, tu alma ya conoce que de un gran sacrificio se derivará un gran avance, lo que contribuirá a aumentar tu felicidad interior. ¡Dios te guarde, querida hermana!

—Bueno, ya has oído al experto. Ahora, dame un abrazo, prima, que deseo conservar el grato recuerdo de esta maravillosa visita. No imaginas lo que te quiero. Mañana será tu día. Mi Rosa, ten calma, el destino te ha unido a Alfonso para que le conduzcas de tu mano debido a tu bondad y fortaleza. Es la energía irresistible que desciende del cielo y que nos afecta a todos. ¡Que Dios te bendiga, criatura!

Tras aquella tierna despedida, el espíritu de la chica volvió a su lecho para acoplarse a su cuerpo durmiente.

Más tarde, dos entidades luminosas penetraron a través de las estructuras del hospital donde se encontraba Alfonso y en medio de un pasillo, sentado en una silla y meditabundo, contemplaron la silueta desprendida del joven que tenía la mirada perdida en el horizonte.

—Buenas noches, querido hermano. Soy yo, amigo. ¿Me reconoces? —comentó Santiago mientras se situaba a su lado y le tocaba el hombro.

—¿Eh? ¿Quién es, quién me ha despertado? Un momento… ¡eres tú, el sabio! Ahora te recuerdo. Nos vimos hace tiempo, claro, cómo olvidar tus consejos.

El alma de Alfonso se quedó como absorta, como si su memoria estuviese procesando una cantidad ingente de información resultante de vivencias acumuladas. De pronto, sus ojos se fijaron en la mirada de aquel ser de luz hasta que ocurrió algo inesperado. Alfonso se incorporó rápidamente de la silla y de repente, se echó a los pies de Santiago y comenzó a llorar desconsoladamente.

—Ay, buen señor, me siento avergonzado, pero he olvidado su nombre…

—Tranquilo, sé que me has reconocido por dentro, porque has compartido mis vibraciones. Soy Santiago y por favor, levántate. Las personas debemos mirarnos a la misma altura.

—No puedo, no puedo… Santiago. Ayúdame, te lo suplico. Soy un desgraciado. Desde que me trajeron aquí, todas las noches me paso horas y horas contemplando mi cuerpo como un imbécil. ¿Es que no te has dado cuenta del desecho en el que me he convertido? ¿Puede un hombre soportar semejante calamidad? ¿Eh? ¿Por qué ese gesto? ¿Acaso no me crees? Ven a mi habitación y te lo mostraré.

Segundos más tarde, mientras que Diego se ocultaba para no hacerse visible ante su antiguo amigo de la esfera terrenal…

—Observa, sabio, compruébalo con tus ojos. He ahí a un medio hombre, desde la cintura hasta los pies no sirvo para nada, ni siquiera para engendrar a un hijo. Y la otra mitad que queda se ve arrastrada por el mal funcionamiento de la primera hasta caer en la más profunda amargura. Sí, lo recuerdo, tú me ayudaste una vez a replantear mi vida, me diste ánimos y ello me sirvió para superar una grave crisis de identidad. Ahora, por la bondad que existe en tu corazón, te pido humildemente que me cures. Te lo ruego, sé que podrías hacerlo. ¡Ay, Santiago, no te vayas de aquí sin hacerme ese gran favor!

—No puedo, hermano.

—¿No ves las lágrimas en mis ojos? Es mi alma la que llora de desolación —expresó el joven mientras que juntaba sus manos a modo de imploración.

—No lo dudo, Alfonso, pero ¿de qué te serviría?

—¿Entonces, no puedes? ¿Por qué? Eres una buena persona. ¿Cómo te negarías a ayudar a un semejante?

—Porque hay acciones que no nos están permitidas. Y ahora, por mucho que tu boca lo rechace, lo que tu alma necesita es permanecer de ese modo. ¿No te acuerdas de los consejos que aquella noche te di? Yo te hablé, es cierto, pero fuiste tú el que ejecutaste esas acciones de mejora.

—Pero, en este caso, es distinto. Si me sanases, mi existencia podría cambiar hasta el infinito, podría continuar amando a Rosa y que ella me amase a mí. ¿Es que no lo entiendes, sabio?

—Y ¿quién te ha dicho que ella ya no te quiera? Estás en un error, Alfonso. Prejuzgas su actitud, das por entendidas ciertas cosas que son producto de tu imaginación, aunque entendibles por tu estado físico. Sin embargo, estás poniendo en el corazón de esa jovencita aspectos que solo salen de tu mente y que te perturban.

…continuará…

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