ALMAS EN GUERRA (93) La perseverancia de Rosa

—Sí, sus padres ya me adelantaron el otro día que mi novio no está de humor.

—Es lógico. ¿De qué se sorprende? Se trata de una respuesta defensiva frente a su nueva realidad. Por desgracia, en ese asunto no puede penetrar el bisturí ni tampoco hay medicamentos que arreglen esa alteración.

—¿Sabe si se encuentra solo en la habitación?

—No, está su madre con él. De todas formas, no sé qué hace usted aquí. Creo que ha quedado bien claro que mi paciente, el señor Alfonso Revenga, no desea recibir visitas, a excepción de sus padres.

—Sí, claro… ¿y acaso la mujer que le ama no tiene derecho a verle?

—Mire, jovencita, no quisiera ser grosero porque su expresión es de nobleza. Estoy seguro de que es una buena persona movida por sus ideales. No obstante, debo advertirle que los enfermos tienen derecho a su privacidad. Como médico de este hospital, le advierto que si alguien no quiere ser visitado, esa decisión debe ser respetada. Por favor, evitemos cualquier discusión innecesaria: lo mejor será que se dé la vuelta y que salga de aquí. No lo ponga más difícil. Ha de entenderlo: él se ha quedado en una situación que yo, en lo personal, no se la desearía ni al peor de mis enemigos.

—Ese es el motivo por el que he vuelto aquí. Verá: en mi casa, le doy muchas vueltas a este asunto y he llegado a la conclusión de que yo, por el vínculo que me une a él, soy la persona adecuada y la que más podría ayudarle.

—Mire, insisto: ni siquiera la relación de Alfonso con sus padres ni conmigo es buena. Hay mucha tirantez. Bastante está sufriendo como para que usted le añada más tensión a esta situación. ¿Es que no me he expresado con la claridad suficiente? Si no quiere seguir mi consejo, la convenceré por la fuerza. Llamaré a un celador que la acompañará al exterior y asunto zanjado.

—¿De verdad que me expulsaría de aquí?

—Por supuesto, señorita. Lo sentiría mucho, pero no tendría más remedio. Aquí, como en todos los órdenes de la vida, hay unas reglas que deben respetarse. Y ahora, márchese antes de que se le haga tarde.

—Vale, de acuerdo. Sin embargo, recuerde esto: soy joven, inexperta, pero voy a luchar por recuperar el amor del hombre con el que era feliz hasta hace unos días. Doctor, usted tendrá sus normas, pero las mías son las del corazón.

A continuación, tras unos segundos en los que la muchacha fijó sus ojos en la mirada del galeno, ella agachó su cabeza, se giró medio vuelta y se dirigió a la salida del establecimiento. Estaba claro que Rosa no deseaba forzar la situación para no aumentar el sufrimiento de aquellos padres quebrantando la voluntad de Alfonso. Sin embargo, conforme bajaba los escalones de la primera planta, ya estaba ideando cuál sería su siguiente paso en aquel desafío mayúsculo que tenía por delante.

Al día siguiente, lejos de aquel escenario terrenal y en la gran sala blanca de Nueva Europa, una reunión estaba concertada entre tres espíritus: Bernard, Santiago y Diego.

—Buenos días, queridos hermanos —saludó con una sonrisa el maestro Bernard—. Os he citado aquí para algo importante. Como ya os expresé, me siento muy satisfecho con vuestra actuación en esa misión tan delicada que se os asignó en el plano terrenal. Sin embargo, pese al esfuerzo que habéis desplegado, han surgido algunos inconvenientes producto de la libertad que atesoran las almas.

—Maestro —intervino Diego—, he de suponer que mi buen amigo Alfonso ha sufrido una recaída.

—En efecto —aseguró Bernard—. Esto no era descartable y forma parte de cualquier proceso de recuperación. Hay altibajos en todas las trayectorias. Después del estado físico en el que ha quedado tras su intervención, su rebelión ha sido muy intensa. Tiene horas para pensar, mas solo demora el análisis que le corresponde, el repaso de su pasado y los motivos por los que permanece en esa situación. Nadie duda de que su coyuntura actual sea dura, pero a menudo, este tipo de hechos son los únicos que empujan al individuo a plantearse el funcionamiento de esa ley que a todos nos afecta por igual. Ya sabéis de lo que os hablo y la justicia divina no permite excepciones con ninguno de sus hijos.

—Creo que ese joven precisará de una ayuda adicional por nuestra parte. ¿Me equivoco, maestro?

—En absoluto, Santiago. Has estado certero en tu apreciación. En breve, os voy a encargar una misión que habrá de servir para relanzar el compromiso de cambio que había iniciado nuestro hermano. Descenderéis hasta la casa donde se halla Rosa y aprovechando las horas de su sueño, tú, Diego, le infundirás ánimos, que ahora mismo es de lo que más necesidad tiene. Cuando en mitad de la noche te vea, ese encuentro se quedará grabado en su memoria como lo más maravilloso que le haya ocurrido desde la mañana del atentado. Sabes que tu antigua prima es fuerte, pero incluso las almas más decididas a veces quedan confusas cuando las circunstancias se ponen tan difíciles, como es el caso. Ella anhela servir a su amado, pero le corroen las dudas acerca de si su insistencia no precipitará el fin de su relación afectiva. En segundo lugar y debido a su nobleza, no quiere herir la sensibilidad de los padres de Alfonso que tanto sufren por las secuelas de su hijo, pero también por su cerrazón mental, por su torpeza para entender el amor puro que le profesa su novia.

—Es un plan perfecto para alentarla, maestro —respondió Diego—. Ella se confortará al comprobar que la vida continúa y yo me sentiré la criatura más feliz por volver a verla.

…continuará…

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