ALMAS EN GUERRA (92) Caso resuelto

A la mañana siguiente, el capitán de la Guardia Civil encargado de esclarecer aquel terrible suceso se personó en el despacho del magistrado.

—Buenos días, don Constancio. Con su permiso…

—Sí, pase, capitán. ¿Acaso tiene novedades?

—Desde luego. Por eso estoy aquí, señoría. En mi opinión, este caso está resuelto. De lo que hemos investigado, ya hemos reunido los datos necesarios como para esclarecer el móvil de esos dos asesinos.

—¿De veras? Pues siéntese y cuénteme, por favor.

—Verá, tras producirse el Alzamiento hace ahora un año, el grupo de falangistas con el que operaba su hijo se dirigió a una vivienda en el barrio de San Bernardo donde al parecer, había gente sospechosa vinculada con el Partido Comunista y que ejercían labores sindicales. En el altercado que se produjo aquella mañana, resultaron muertos el padre de los asesinos así como su hijo mayor. Después y por lo que he averiguado, la desgracia se abatió sobre la viuda de la familia. Esa señora, a consecuencia de los hechos referidos, debió perder la razón y probablemente, a consecuencia de la desaparición de su marido y de su primogénito, cayó en la locura y puso fin a su vida arrojándose al vacío desde la azotea de su casa.

—¡Dios mío, qué horrible tragedia!

—En efecto. Comprobada la veracidad de la historia, ese resultó el desencadenante para que el odio se despertase en las entrañas de los otros dos hermanos más jóvenes, que fueron en definitiva, los que planearon acabar con la vida de su hijo a modo de cruel venganza, aunque fuese un año después de lo ocurrido. El mayor de ellos había acudido al poblado que se halla cerca de su casa de verano en la sierra de Huelva debido a su condición de cazador y allí fue donde tras las debidas observaciones, constataría que su hijo era la misma persona que se había visto envuelta en el incidente que le costó la vida a su padre y a su hermano. Lo demás, es fácil de imaginar. Debió realizar un seguimiento de la víctima para asegurarse del éxito de su misión. Desconozco si esos dos sabían que su hijo estaría acompañado por el otro joven. En cualquier caso, no parece que les importase mucho, pues ya ve cómo no tuvieron ningún impedimento moral en matar también al otro chico y eso que este último carecía de cualquier adscripción política ni de antecedentes.

—Y ¿lograron atraparles?

—Por supuesto. No hizo falta ni siquiera conducirles al cuartel más cercano. Eran tantas las evidencias de lo que habían hecho que no tuvieron más remedio que confesar. Se habían refugiado en una cueva del lugar y hasta contaban con provisiones para aguantar algún tiempo. Esos desdichados se olvidaron hasta de hacer desaparecer el fusil con el que habían efectuado los disparos. El mayor de ellos, un tal Miguel, admitió ser el ejecutor. El otro, se limitó a ayudarle.

—Ya, está claro. Debo entender que tras su detención, se elaborará el correspondiente atestado para acusarles de esos delitos y llevarles a juicio…

—Redactamos el correspondiente informe, señoría, pero mucho me temo que ya no tendrá interés en leerlo.

—¿Y cómo es eso, capitán?

—Tras ser arrestados y confesar sus crímenes, hubo un momento durante el traslado en el que esos dos miserables, una vez comprobados que tenían todo perdido, intentaron huir a la desesperada. Caminaban por entre rocas y árboles en compañía de mis hombres y antes de enfrentarse al paredón, está claro que optaron por lo más fácil: escapar de un castigo seguro. En verdad, lo único que hicieron fue adelantar la fecha de su muerte. A la vista de las dificultades en la persecución y por lo abrupto del terreno, hubo un grave riesgo de evasión de los acusados, por lo que se les aplicó la ley de fugas y en consecuencia, resultaron muertos durante la acción.

—Entiendo. Hoy en día es muy común aplicar esa disposición. Tal y como están las cosas, resulta más “cómodo” que correr el riesgo de que algún culpable escape.

—Bien explicado, don Constancio. Pues si no tiene más que decir, yo me voy a retirar. Y por supuesto, le enviaré copia del atestado que elaboraron mis hombres. Así podrá conocer con exactitud todas las vicisitudes de la investigación y de su conclusión.

—De acuerdo, capitán. Y gracias por acudir directamente a mi despacho.

—Quedo a su disposición. Que tenga una excelente jornada.

Dos días más tarde, Rosa se dirigía hacia el hospital con la clara intención de visitar a Alfonso. Nada más penetrar en el pasillo que daba a su habitación, se cruzó con el doctor Anglada, el cual acababa de examinar al paciente.

—Ah, doctor. ¿Me recuerda? Estuvimos el otro día charlando…

—Cierto, señorita. Y a todo esto, ¿puede saberse qué hace aquí?

—Pues ya se imaginará, tan solo quería conocer el estado de salud de mi novio.

—En la cuestión médica, parece haberse estabilizado. Por ahora, no se ha presentado ningún cuadro infeccioso serio. Aún se halla dolorido, incómodo, pero después de lo que ha pasado y conforme transcurran las jornadas irá a mejor. Otra cosa es el tema de su cabeza. Es curioso, no hay lesiones en su cerebro, pero me temo que su visión del mundo va a ser una herida abierta que tarde mucho en cicatrizarse.

…continuará…

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