ALMAS EN GUERRA (91) Rosa, repudiada

—¿Interesarme? Mamá, dejémonos ya de estupideces. ¿Qué podría interesarme a mí en esta situación tan desastrosa?

—Hijo mío, solo pretendía decirte que alguien que te ama te está esperando en el pasillo para entrar en esta habitación y poder abrazarte. Ella enterró ayer a su primo y en cuanto ha tenido tiempo, ha decidido acudir hasta aquí para verte… Por favor, no hagas las cosas más difíciles.

—¿Cómo? No, de ninguna manera. Ya está bien de sufrimiento. ¿No os parece suficiente tortura cómo he quedado para recibir encima una mayor humillación? Os lo pido por caridad: si me respetáis como hijo, os lo ruego, no la dejéis entrar aquí bajo ningún concepto. Aunque… pensándolo mejor, decidle que se vaya para siempre y que no vuelva jamás. ¡Qué situación más ridícula! Si pudiera desaparecer del mapa…

—Anda, Inés, vámonos —comentó en voz baja Constancio—. Creo que por hoy ya está bien. No podemos hacer nada más.

La situación resultaba sumamente incómoda para la familia Revenga. Avergonzado, el juez no sabía ni qué decirle a una impaciente Rosa que angustiada, aguardaba el momento para saludar a su novio, después de haber sobrevivido milagrosamente al atentado.

—Hija —expuso el magistrado—, hoy no podrá ser. Por favor, te pido que regreses a tu casa. Discúlpale, está destrozado. El médico le informó de su estado y ahora mismo, creo que no se halla en condiciones de asimilar su situación. El que le vieras, por mucho que lo desees, sería peor dadas las circunstancias. Como padre, solo le pido a Dios que le haga entrar en razones.

—Pero, entonces, ¿no podré ni siquiera saludarle, verle la cara, aunque sea un minuto? —respondió la joven con sus ojos vidriosos.

—No, Rosa. Quiera Dios que mañana se encuentre mejor de ánimo y que se atenga al buen criterio. Tienes que hacer un esfuerzo para tratar de ponerte en su piel. Piensa en que su cabeza es ahora mismo un torbellino. Se tiene que dar cuenta de que está vivo, pero de otro modo. Mientras que él no acepte su nueva coyuntura, sería un contrasentido que le visitases. Te suplico un poco de paciencia. Si en breve, nosotros le vemos en una actitud más razonable, te lo diremos inmediatamente para que hables con él.

—Pero, doña Inés —expresó Rosa mientras que miraba a la madre de Alfonso—, yo soy su novia desde hace más de siete meses. Tengo derecho a saber de él por su propia boca y no solo por la versión de un médico. Ese doctor ya me comentó lo ocurrido así como las condiciones en las que él va a permanecer. No estoy asustada, conozco la verdad sobre su estado. Por favor…

—Rosa, hija, qué corazón tan grande tienes —añadió la señora mientras que su voz se entrecortaba tras haber escuchado a la joven—. No lo pongas más difícil. Para nosotros, como padres, esto es un sinvivir. Para ti, no quiero ni pensarlo: debes sentirte por dentro rota. No hay dolor con el que comparar esto que ha sucedido y que está pasando. Lo de Diego y lo de nuestro hijo. Solo piensa en cómo él está interpretando lo ocurrido. Está perturbado por las consecuencias de ese ataque. No es dueño de su pensamiento, las emociones le embargan y en esa condición, sería peor que le vieses.

—Pero mi Alfonso tiene que luchar por recuperarse y yo estoy aquí para ayudarle con todas mis fuerzas. Con mi compañía todo le resultará más fácil, más llevadero. ¿Es que no lo entienden?

—Hija mía —intervino de nuevo Inés—. Perdona por lo que vas a escuchar, pero deberías plantearte seriamente una cosa. Quizá él, con la naturaleza en la que va a permanecer el resto de su vida, no quiera verte más en el futuro. Solo el hecho de saber que estás aquí, hablando con nosotros, le supone una tortura insoportable. ¿Lo comprendes?

—No, señora, no lo entiendo. ¿Por qué es tan tajante?

—Ay, Dios mío, solo eres una cría y yo soy su madre. Le conozco porque le he parido y el hecho de que le contemplases inválido sería un suplicio para su mente. Él siempre ha sido un hombre orgulloso. Pensar en lo que podría haber sido y en lo que de repente se ha convertido…

—Desde el primer día de nuestro compromiso, yo le prometí serle fiel no solo en los momentos de alegría, sino también en los de dificultad.

—Y yo te lo agradezco, mi niña. Pero ahora mismo, tu insistencia constituiría más un estorbo que una ayuda. Me apena ser tan concluyente, Rosa. Regresa a tu casa y piensa en lo que te he dicho. Te diré algo que observo desde mi posición: no te sientas mal, pero si tú le dejases, nosotros lo entenderíamos; es más, cualquiera haría lo mismo dadas las circunstancias. Sería difícil, no lo dudo, pero asumible.

—No, yo soy Rosa y le juré a Alfonso toda mi lealtad. Me voy para no incomodarles, porque sé que están sufriendo lo indecible, pero yo no le voy a dejar en la estacada. Como ser humano que ha conocido el amor, me niego. Aunque tenga que venir aquí mil veces, volveré. No me voy a derrotar porque hayan surgido complicaciones. Lucharé con todo mi empeño por recuperarle. Solo quería que lo supieran. Don Constancio, doña Inés, buenas tardes.

Los padres del joven Revenga no sabían ni dónde mirar, en parte por la tristeza de lo acontecido, mas también por el aplomo de aquella chica que con sus gestos y sus palabras, les había demostrado que no estaba dispuesta a abandonar a su novio sin luchar por rescatarle de las garras del desánimo.

…continuará…

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