ALMAS EN GUERRA (90) Rabia en el hospital

—Por favor, mujer, no hagamos de esto un drama aún mayor. Repito, tu hijo está vivo, otros ni siquiera podrán planificar su futuro. El nuestro sí, aunque con limitaciones. Ahora no es el momento de flaquear, sino de ser fuertes para afrontar los desafíos que se avecinan.

—Lo siento, Constancio. Disculpa mi debilidad, es que simplemente, me siento superada. Ni en el peor de los sueños podía imaginar este cuadro. Ay, Señor, con lo bien que le estaban yendo las cosas… pero es verdad lo que dices. Está entre nosotros y eso es lo que importa. Hay que prepararse para lo que viene. Juntos será más llevadero. Dame un abrazo, por favor. Lo necesito más que nunca.

A la jornada siguiente, la gente no cabía en el cementerio sevillano de San Fernando. La familia, vecinos y otros allegados, daban el adiós al cuerpo del joven asesinado en el atentado perpetrado en plena sierra de Huelva. Al acto, no faltaron los padres de Alfonso, pese al estado de gravedad por el que pasaba su hijo. El desconsuelo resultó mayúsculo, tanto por la edad del chico como por el afecto que se había ganado entre todos sus clientes y conocidos. En cambio, el espíritu de Diego ya no estaba allí.

A la tarde del día siguiente, con Alfonso ya consciente, los padres de este pudieron penetrar en la habitación de su hijo para verle.

—¡Alfonso, hijo mío! ¿Cómo estás? ¿Ya puedes hablar con nosotros? —preguntó doña Inés.

—Me duele todo, mamá. Es como si me hubieran dado una paliza y al mismo tiempo me noto algo atontado.

—¿Has hablado con el doctor acerca de tu situación? —intervino el padre—. Él nos ha dicho que te tuvo que administrar sedantes para sobrellevar los dolores del postoperatorio. Por eso te sientes así.

—Sí, me lo dijo. También me comentó otras cosas. Supongo que ya estáis al corriente de todo. Nada bueno, como ya os habréis dado cuenta…

—Lo sabemos hijo —añadió Inés al tiempo que agachaba su cabeza—. El médico nos detalló las consecuencias tras lo ocurrido.

—Sí, qué “gracioso” ha sido ese tal Anglada. Estuvo muy correcto y muy educado para decirme que había salvado la vida de milagro, pero que de aquí en adelante sería un “medio hombre”, por no decir algo peor, claro. ¿Habéis reflexionado sobre el estado en el que me voy a quedar? No tengo ganas ni de pensar en el futuro, pero si os soy sincero, tal vez hubiera sido mejor que me hubiesen disparado a la cabeza. De ese modo, habría muerto en aquel camino y no estaría viviendo esta pesadilla de la cual, no puedo despertarme. Y eso que solo llevo unas horas consciente. Al menos, mi mejor amigo ya forma parte de la inmortalidad y se ha convertido en un héroe para los suyos y para los que le conocían. Yo, en cambio, he tenido la inmensa “fortuna” de sobrevivir para descender hacia el infierno. ¡Dios, Dios, Dios! ¿En qué estabas pensando cuando esa bala no me atravesó el corazón? No quiero amargaros el día, pero siendo sincero, no sé cuánto tiempo podré aguantar esta situación.

—Has de ser fuerte, hijo mío —expresó Constancio intentando dar ánimos—. La vida no nos presenta solo alegrías, sino que se trata de un combate en el que se combinan las caídas con las victorias.

—¿Victorias? ¿Tú me hablas ahora de victorias? Caramba, papá, qué ocurrente has estado. Yo aquí solo veo una derrota total, inapelable, sin paliativos. Me ahorro otras palabras para no caer en los malos modales. Pues no, lo voy a decir o reviento: esto es una auténtica mierda que me ha tocado vivir y de la que no podré librarme hasta que muera.

—Por favor, hijo —dijo Inés—. No hables de esa forma, te lo ruego. Lo único que harás será aumentar tu dolor.

—¿Qué no hable así un adulto con veintiséis años? Y ¿cómo quieres que me exprese? ¿Acaso con términos de alivio, con palabras suaves que disimulen la tragedia sufrida? ¡Ah, ya sé, tú quieres que yo me ponga a rezar a Dios simplemente por el hecho de permanecer vivo! ¿Ya te has hecho a la idea de lo que supone pasar el resto de tus días arrastrándote como un perro? Es muy fácil: tan solo se trata de renunciar a mi libertad porque ya no seré independiente. Necesitaré molestar a alguien incluso para que me quiten la porquería de encima, como si fuese un bebé que acaba de nacer. Y por si fuera poco, me convertiré en un vegetal de barriga hacia abajo. Se me ha retirado la posibilidad de reproducirme y de tener una actividad sexual por el capricho de un desgraciado que tomó la decisión de atormentarme. ¡Quién sabe, a lo mejor lo hizo a propósito! Como Diego era mejor que yo en todo, por eso le “recompensó” con su muerte y a mí, que sería al que más odiaría, me dio la oportunidad de convertirme en lo que soy. Y yo le pregunto a Dios por las razones de merecer este castigo. Está bien, he hecho cosas horribles en el pasado, lo reconozco. Sin embargo, nunca dejé a nadie en este estado de humillación en el que me encuentro, porque la muerte, a menudo, es la salida más honrosa para un hombre. Al menos el que se va salva su honor, porque vivir como un pobre inválido que solo genera pena entre los que rodean es lo peor. Y es que cada día, cada hora y cada segundo, caes en la cuenta de que has perdido lo más importante que poseías: la dignidad. ¡Ahhh, no lo entiendo, maldita sea mi estampa y maldito el día en el que decidí invitar a Diego a la casa de campo! Y ahora, ¿podéis dejarme solo, por favor? Y llamad a ese médico para que me ponga más calmantes, que con la discusión ya me duele hasta el alma…

—Sí, ya nos vamos —respondió la madre—. Antes de irnos, queríamos comentarte algo que te interesa.

…continuará…

4 Replies to “ALMAS EN GUERRA (90) Rabia en el hospital”

  1. O Mestre dos mestres que ensinou que ninguém deixará de pagar todas as suas faltas até o último centavo.

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