ALMAS EN GUERRA (88) Renacimiento

A unos setenta kilómetros de Sevilla y en aquel camino donde dos jóvenes habían caído baja las balas del rencor, una escena se estaba produciendo. Diego, ya en su forma periespiritual, permanecía sentado en aquel tronco con la marca amarilla, que era la señal reconocible por el cazador Miguel para efectuar los disparos. Tenía su cabeza entre las rodillas y escondía su rostro con sus dos brazos.

—¡Eh, Diego! ¡Despierta! Es la hora, amigo. Venga, yo te ayudaré con mis manos —comentó Santiago.

Tras realizar varios pases sobre la silueta de su pupilo, este comenzó lentamente a levantar su cabeza y a abrir sus ojos…

—¡Santiago! ¡Eres tú, hermano! No has cambiado nada a como te veía antes, siquiera ahora te contemplo con más luz. ¡Qué gran alegría! ¡Déjame abrazarte!

—Claro que sí —asintió el otro espíritu con una gran sonrisa—. Comparto tu felicidad, Diego, pero tú sí que has cambiado al dejar atrás tu piel. Bueno, ¿has tomado ya conciencia de lo sucedido?

Curiosamente, la mirada del joven se fijó en los restos de la gran mancha de sangre que había aún en la tierra del camino, a escasa distancia de donde se hallaba sentado.

—Espera, todo este escenario está desfilando con rapidez por mi pensamiento. Recuerdo y recuerdo hasta comprender lo ocurrido. ¡Dios mío! ¿Cuánto tiempo he permanecido turbado?

—Solo unas horas, amigo. Yo te ayudé a abandonar tu cuerpo. El tránsito resultó inmediato porque alcanzó zonas vitales de tu antiguo traje carnal. No obstante, necesitabas descanso. Te dejé reposar hasta ahora porque tu alma se enfrentó a una experiencia traumática. Todo fue muy rápido y así era preciso. Supongo que tendrás algunas preguntas.

—¿Preguntas? No, Santiago. Hay claridad en mi memoria.

—Bien, entonces, haz lo que te voy a decir. Cierra tus ojos y mira dentro de ti. Así verás lo que está aconteciendo a cierta distancia de aquí. Déjate llevar, yo te guiaré.

—Muy bien.

Transcurridos unos segundos…

—¡Oh, es cierto! Alfonso está siendo intervenido. Van a extraerle la bala que se alojó en su espalda. Ah, ya la veo. Se halla en un sitio muy delicado, pero el galeno es experto. Veo a una compañera cirujana que le está asistiendo en la operación. Con esa guía desde el otro lado, no dejará que muera.

—Así es. Nuestra hermana le hará más fácil las cosas, aunque habrá otras secuelas que no podrá evitar. Aún no llegó su momento. A pesar del grave incidente sufrido, conservará su vida física y habrá de reanudar su propio camino con el recuerdo fresco de todo eso tan importante que le ha pasado durante el último año de existencia.

—Pienso que se va a enfrentar a un gran dilema: tomar conciencia y analizar las consecuencias de lo sucedido.

—Sin duda. Le queda aún mucho trabajo por realizar.

—Ah, Dios, lo siento tanto por mi madre, por mi tía y cómo no, por mi prima.

—Claro, Diego, esos recuerdos son tan recientes que todavía no se te ha borrado el rastro de tu familia carnal.

—Es cierto, esos lazos aún están presentes, pero con el tiempo, ellos se convertirán en mis nuevos hermanos, en unos seres a los que amparar.

—Somos una gran familia universal, Diego. Eso no obsta para que sintamos una especial predilección por aquellos con los que hemos caminado juntos.

—Qué razón tienes, Santiago. Admiro tu sabiduría. Tal vez sea demasiado pronto, pero me gustaría hacerte una pregunta…

—Claro. Sé de sobra lo que quieres saber. Tranquilo. Ya te anticipo que puedes sentirte satisfecho. Has cumplido con tu encargo y has dado testimonio de lo que hace mucho tiempo anunció el Maestro Jesús a este mundo. ¿Lo recuerdas? “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”.

—Gracias desde el corazón. Me siento inmensamente feliz.

—Sí, es la sensación por el deber cumplido. Si esa felicidad ya puede ser experimentada incluso en el plano de la carne, ya me imagino la fuerza de esa tu emoción.

—¿Cuáles son ahora tus planes?

—Tenemos una importante misión pendiente antes de que mañana vengan a recogernos para viajar hasta Nueva Europa. Solo podemos dar amor porque solo amor portamos. Hemos de consolar a unas cuantas personas. Primero, a la familia Revenga y después, a esas tres grandes mujeres que han constituido tu familia en los últimos veintitrés años de tu existencia en el plano físico.

—¡Ah, qué grato será aliviar ese terrible sufrimiento! A todos les haré partícipes de mi amor y de todo mi agradecimiento por lo recibido. A unos, por haberme querido dándome cobijo en su hogar y a otros, por haber sido instrumento de mi evolución. Tengo tantas ganas de compartir lo que experimento…

—Siempre es así y más en ti después de lo ocurrido. Vamos, no nos demoremos. La noche se nos hará corta, pero el trabajo será arduo.

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (88) Renacimiento”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *