ALMAS EN GUERRA (87) Hechos probados

Horas después de aquel terrible suceso, dos familias absolutamente rotas vivían su particular calvario. Una vez realizadas las oportunas averiguaciones, el cadáver de Diego Rivera le fue entregado a su parentela, la cual habilitó una dependencia dentro de la casa para velar al difunto hasta el día siguiente cuando sería enterrado. Sin embargo, el espíritu del joven ya no estaba allí.

A unos centenares de metros y en un hospital de la capital hispalense, un joven de veintiséis años se debatía entre la vida y la muerte. La operación para tratar de recuperar a Alfonso estaba en marcha, pero nadie, ni siquiera los doctores, podían garantizar el éxito de la misma en aquellos terribles momentos de desconsuelo. En la sala de espera, un capitán de la Guardia Civil adscrito a la comandancia de Sevilla y encargado de la investigación, se acercaba al juez Revenga para informarle de los pormenores del acontecimiento.

—Señoría, disculpe por acudir en estas circunstancias, pero creo de justicia que esté al corriente de lo que hemos descubierto hasta este momento.

—Sí, claro, capitán. Dígame, por favor, ¿qué novedades hay en torno al suceso? No sé si mi hijo va a sobrevivir o no, tal vez sea demasiado pronto para afirmarlo, pero está claro que el culpable de esta atrocidad debe pagar su culpa. Son tantas barbaridades las que he contemplado desde hace un año que uno ya está curado de espanto; sin embargo, todo dolor se incrementa hasta el paroxismo cuando le toca a tu propio hijo.

—Le comprendo perfectamente, don Constancio. Pues bien, le cuento lo que sabemos hasta ahora porque he puesto a varios de mis hombres a indagar sobre este lamentable caso. En torno al mediodía, dos personas se apostaron en un mirador que existe no muy lejos del camino que hay entre su finca y la entrada del poblado. En esos instantes, se produjeron dos disparos con unos segundos de diferencia y que procedían del mismo fusil. La primera bala perforó el pulmón izquierdo justo a la altura del corazón del paisano Diego Rivera, lo que le ocasionó la muerte prácticamente de forma inmediata. Del estudio del primer joven sabemos que recibió el balazo de modo frontal, porque su cuerpo miraba hacia el lugar desde donde se disparaba. Al recibir el impacto, la víctima se arrodilló y el segundo disparo, que con certeza iba dirigido a su hijo, atravesó primero la clavícula izquierda del fallecido, pero al ser una zona menos densa de carne, la bala continuó con su trayectoria y luego se incrustó en la parte lumbar de la columna de Alfonso. Si el disparo hubiese sido limpio, es decir, si hubiese impactado directamente en su hijo, es muy posible que ahora estuviéramos hablando de su muerte. Ambos proyectiles eran expansivos, de un calibre más grande de lo habitual. Eso quiere decir que conforme van penetrando van destrozando el tejido, los músculos, los huesos, en fin, cualquier cosa que le vaya haciendo resistencia. Ese es el motivo por el que el segundo proyectil quedó alojado en la columna en su parte más baja, ya que perdió velocidad al cruzar primero la clavícula del otro joven. Es la causa por la que su hijo no murió en el atentado criminal, aunque resultó dañado de gravedad.

—Dios mío, qué maldad más planificada. Querían asegurarse de provocar el mayor perjuicio posible.

—Así es, señoría. Sabemos que fueron dos sujetos los implicados en los hechos porque las pisadas halladas no pertenecen a un único individuo. Huyeron hasta meterse en una vegetación más frondosa. Como entenderá, aún no les hemos atrapado, pero esté seguro de que la tierra no se los va a tragar. Seguro que tenían planificado ocultarse durante unos días en algún tipo de escondrijo no muy lejos del lugar de los hechos. Mis hombres ya están sobre el terreno y por sus pesquisas, no puede tratarse de personas del pueblo, porque nadie faltaba y los que no estaban en ese momento fueron localizados por la tarde con exactitud con base al testimonio de testigos. Yo no descarto que se trate de anarquistas o comunistas que tenían bien planeado el atentado. Es muy probable que se trate de un cruel acto de venganza por lo ocurrido el año pasado. La verdad es que no contemplo otro móvil. Recuerde todo lo que hablamos en la primera declaración. Su hijo pertenece a Falange y al comienzo del levantamiento estuvo muy activo, mientras el general Queipo se hacía con el control completo de la ciudad. Como puede imaginar, a pesar del tiempo transcurrido, aún resta alguna gente resentida que no acepta la realidad en que vivimos. Los vencidos guardan mucho rencor y eso puede estar detrás de este repugnante acto de venganza.

—Ya, gracias por todo, capitán. Deme parte de cualquier novedad con respecto a los canallas que perpetraron esto. Primero, mataron a un chico en plenitud de la vida que era más bueno que un ángel y luego, intentaron asesinar mediante una cobarde emboscada a mi propio hijo.

—Desde luego, señoría. Quedo a su disposición. Ojalá que su hijo tenga toda la suerte del mundo y que pueda recuperarse. Por mi parte, haré todo lo que esté en mi mano para cazar a esos vulgares asesinos. No descansaré hasta detenerlos. Tiene mi palabra. Adiós y seguiremos en contacto.

—Adiós y gracias por el exhaustivo informe.

Las condolencias del barrio eran numerosísimas, hasta el punto de que una larga cola de personas guardaban su turno de forma respetuosa en torno a la casa de los Rivera para mostrar su pésame a la madre de Diego, a su tía y a su prima. Las tres, bañadas en lágrimas, no sabían cómo contener su tremendo dolor. Cuando todo parecía que iba a la perfección, la tragedia se instalaba de nuevo en aquella familia que ya había sido golpeada por la gripe de 1918, cuando esta había dejado viudas a las hermanas Antonia y Carmen. Ahora, una se quedaba sin su único hijo y la otra, sin su querido sobrino, al que había educado como si hubiera salido de su propio vientre.

…continuará…

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