ALMAS EN GUERRA (86) Prueba definitiva

Debido al impacto, Diego se tambaleó durante unos segundos hasta caer de rodillas sobre la tierra. Ese giro repentino que efectuó le había salvado la vida a su amigo Alfonso, por el momento…

—¡Maldita sea! —gritó con rabia Miguel—. Pero, ¿qué ha hecho ese imbécil? Quería matar primero al falangista…

Volviendo a cargar el arma, el cazador apuntó de nuevo y otro sonido desgarrador se escuchó en aquella sierra. En el momento de la segunda detonación, el cuerpo de Diego ya no se mantuvo erguido y se abatió sobre el polvo del camino.

—Ha caído, ahora sí ha caído el asesino, Benito. Creo que le he atravesado el pecho. ¡Venga, recojamos todo y a correr a toda velocidad! Ya sabemos que ese desalmado dormirá esta noche en el infierno. El primero ya debe estar más que muerto, porque hincó la rodilla como un toro al que le dan la puntilla. No sé quién sería, pero si charlaba con el otro no podía ser una buena persona. Ellos se lo han buscado.

—Vale, hermano —respondió Benito—. Vámonos ya que hay que alcanzar el sitio de refugio. ¡Quiera Dios que la Guardia Civil no nos encuentre!

Mientras tanto, un inquieto juez dejaba todo lo que estaba haciendo y corría rápido a preguntarle a su esposa…

—¡Eh, Inés! ¿Has oído eso? Han sido dos disparos casi seguidos. ¿No te parece extraño?

—Ah, pues no lo sé. Quizá haya sido algún cazador.

—¿Aquí en esta zona y en verano? Me extraña mucho. ¿Qué tiempo hace que salieron tu hijo y su amigo a pasear?

—Pues unos treinta minutos más o menos. Dijeron que ya les tocaba bajar al pueblo a tomar algo y que luego volverían a la hora del almuerzo.

—Tiene usted toda la razón, don Constancio —intervino Rosa muy nerviosa—. Esto no me parece normal. El corazón se me va salir por la boca. No sé, pero aquí está pasando algo muy raro. Por favor se lo pido, ¿podríamos ir a buscar a Alfonso y a mi primo? Se lo suplico; es que si no, no me quedaré tranquila.

—Claro que sí, hija. Yo también estoy inquieto. Por favor, Inés, tú quédate en casa. No creo que tardemos. Nosotros dos echaremos un vistazo.

Aunque al principio, la joven y el magistrado empezaron a caminar deprisa, al poco y dominada por la angustia, Rosa echó a correr hasta dejar al hombre algo atrasado. Unos segundos más tarde, la chica, que se había adelantado unos metros, se quedó con la voz muda al contemplar el macabro escenario que surgía ante sus ojos. Dos cadáveres yacían tendidos en el suelo. La silueta de Diego permanecía desplomada boca abajo. Encima de él, con su estómago sobre la espalda del tendero, también estaba tumbado Alfonso con una gran mancha roja que salía de su abdomen y que empapaba aquella tierra calentada por el sol.

Rosa se mesó el pelo, las lágrimas comenzaron a brotar profusamente de sus ojos y aceleró su paso hasta llegar al lugar del drama. De forma desesperada se inclinó ante los dos cuerpos y manchándose su vestido de sangre comenzó a besar los cabellos de su novio mientras gritaba al cielo.

—¡Ay, Dios mío! No, por favor. ¡Alfonso, por Dios! ¿Qué te han hecho, mi amor? ¡Ay, ay, ay, que me quiero morir…! ¡Y tú, primo Diego! ¿Por qué tú también? ¿Por quéeee, por quéeee? Los dos asesinados a la vez… ¡Ay que no puedo, que no puedo más, que me quiero morir…!

Al poco, apareció exhausta la figura de Constancio quien en un segundo comprendió la magnitud de la tragedia. Al arrodillarse en aquel lugar junto al que había un tronco de madera ensuciado con pintura amarilla, se persignó y tras llevarse las manos a la cabeza con gesto de rabia, empezó a tocar los cadáveres y a llorar sin desconsuelo.

—¡Ay, Dios mío! ¿Cómo has podido permitir esta tragedia? ¡Ay, que los han abatido como vulgares piezas de caza! Esos son los dos tiros que escuché… Ahora encaja todo. Yo no quiero vivir, Señor, que ya perdí a un hijo y ahora al otro… ¡Ay, ay! ¿Cómo se lo explico a mi mujer?

—¡Ay, don Constancio! ¡Que mi primo era como mi hermano mayor y mi Alfonso era el amor de mi vida, todo para mí! No puedo soportar este dolor. ¿Por qué no me han disparado a mí?

La joven estaba tan alterada que posó su cabeza sobre la espalda de su novio mientras que sus lágrimas mojaban la camisa de Alfonso.

—¡Un momento, don Constancio, espere! ¡Que su hijo respira aún! Escucho un leve jadeo… Mire, pálpele el cuello, todavía le circula la sangre… Pero mi Diego está muerto, Dios mío…

—¡Sí, es cierto, Rosa! Hay un hilo de vida que se quiere escapar. Hija mía, tú eres joven, baja al pueblo tan rápido como puedas y pide ayuda. En casa no hay teléfono porque estamos en el campo. Da la alarma, busca a un médico, a quien sea que nos pueda auxiliar. Todavía hay una mínima esperanza. No puedo con el alma, pero tú, seguro que llegas pronto. Yo me quedo aquí junto a los cuerpos. ¡Hijo mío, escucha a tu padre, por Dios! No nos dejes, aguanta, aguanta…

La muchacha comenzó a bajar por el camino a toda velocidad con la intención de alcanzar el pueblo y de avisar al primero que se encontrara, a quien pudiera ofrecerse para ayudarles. La separación entre la vida y la muerte de Alfonso pendía de un hilo…

…continuará…

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