ALMAS EN GUERRA (85) La hora de la venganza

Diego y Alfonso anduvieron tranquilamente como una media hora por aquel camino de tierra. Se habían alejado un par de kilómetros de la casa de campo descendiendo por aquella ruta que distaba en total como unos cinco kilómetros hasta la entrada del pueblo. No muy lejos, dos jóvenes emboscados en una pequeña colina próxima, clavaban sus ojos en aquellos dos hombres que charlaban sobre sus asuntos.

—A ver, Benito —dijo el individuo mayor oculto entre unos matorrales—. ¿Cuánto supones que queda?

—Yo diría que poco más de cien metros, Miguel.

—Recuerda que en el sitio justo coloqué un tronco de madera con un poco de pintura amarilla por encima. Cuando alcancen esa altura, haré los dos disparos. Solo dos. Eso es lo que he calculado. Así tendremos tiempo para huir antes de que se dé la alarma.

—Vale, hemos llegado hasta aquí. Solo tengo una última pregunta que hacerte. ¿Tú sabes a lo que nos exponemos si nos pillan?

—¿A qué esos nervios? Tranquilízate. Tú eres mi hermano más pequeño. ¿Acaso te vas a acobardar cuando estamos ya tan cerca? Fuiste tú el que quisiste venir conmigo, no lo olvides. Esto es cosa de familia. Ese desgraciado falangista participó en el fusilamiento de padre y de nuestro hermano mayor hace ahora un año. Su delito fue estar afiliados al sindicato. ¿Crees que hay derecho? ¿Ya no te acuerdas de lo que vino luego?

—Sí, lo sé. Madre entró en una depresión brutal. Viuda y sin su hijo mayor, se hundió en el pozo de la tristeza. Al final, ya no quería ni comer, ni lavarse, ni salir…

—Fue justamente así. Tú lo has expresado. Y ¿cómo acabó la tragedia? No lo pienses, dilo en voz alta para que tus palabras nos recuerden el motivo de por qué estamos aquí.

—Que mamá acabó por tirarse a la calle desde la azotea.

—Correcto. Fueron tres vidas segadas por la voluntad de un cobarde, de un falangista que se creía con el poder para matar a quien le diese la gana. Yo lo vi todo, ¿sabes? Ocurrió delante de mis ojos. ¿Quién podría borrar esa escena tan salvaje? Maldigo mi miedo de esa época ante aquellos hombres armados, pero ahora ha llegado la hora de la venganza. ¿Y tú? Cuando lo de madre, fuiste el primero que al llegar a casa viste el tumulto que existía en la calle y al aproximarte, contemplaste el cuerpo destrozado de ella en el suelo. Otro asesinato más que acumular en la hoja de servicios de ese perro, porque el que propicia eso no puede ser considerado ni siquiera persona…

—Shhh… Un momento. Se han parado. Están hablando, pero ahora no se mueven.

—Uf, pues como se vuelvan a la casa estamos listos. Llevo ya unos días de observación y tienen que alcanzar ese punto de disparo o todo será inútil. ¡Maldita sea, espero que continúen! Avísame en cuanto reanuden la marcha.

—Vale, estoy pendiente con los prismáticos. Miguel, por favor, ¿por qué vas a matar al otro hombre? ¿Qué ha hecho?

—No puede haber debate sobre eso. Todas estas jornadas han repetido el ritual de bajar al pueblo para luego regresar. El amigo de un asesino es un asesino también. Seguro que está implicado en otras atrocidades. Porque, ¿cómo se puede tener esa confianza con ese desgraciado si no se es uno de los suyos? Además, ya te lo he explicado. Si dejamos al otro vivo, correrá y dará la voz de alarma con rapidez. Con los dos abatidos, tendremos un valioso tiempo para escapar. O ¿quieres que nos cojan como el gato atrapa al ratón? No, no me arriesgaré, Benito. En cuanto alcancen la madera, pum y pum. Lo que no ha hecho la justicia, lo haremos nosotros.

—¿Tan seguro estás de acertar?

—Por supuesto. Si no, no estaría aquí. Ya sabes que soy un cazador experto y con esta mira que le he adaptado, todo resultará más fácil. Hermano, he matado multitud de conejos y perdices, a veces, a larga distancia. Un cuerpo humano es más voluminoso y un blanco más fácil. ¿Lo comprendes?

—Eh, atento, empiezan a andar de nuevo…

—Sí, ya los veo, se acercan. Tengo el corazón acelerado, pero el pulso firme. Este tiene que pagar por lo que hizo. Lo siento, pero cuando no existe la ley, es válida la rebelión…

Diego iba a la izquierda de Alfonso, por lo que de algún modo, estorbaba en la visión de la silueta del falangista, objetivo prioritario del atentado para acabar con su vida. La ley de acción y reacción estaba a punto de desencadenarse.

—Ahora, Miguel, ahora… dispara, están junto al tronco —dijo con ímpetu el pequeño de los hermanos.

En ese crucial momento, un mirlo negro que estaba por aquellos matorrales realizó un movimiento extraño y alzó con fuerza su vuelo al escuchar la voz imperativa de Benito.

Un potente “pum” se dejó oír a esa hora del mediodía.

Diego, alertado por el desplazamiento brusco del pájaro tuvo una reacción intuitiva y repentina. En una décima de segundo se giró en dirección al sonido, exponiendo de este modo su pecho hacia el lugar de donde procedía el disparo.

…continuará…

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