ALMAS EN GUERRA (84) Días de descanso

Mas por encima de las voluntades, las criaturas deben enfrentar las leyes que gobiernan el universo, esas que nos hablan acerca de que no existe efecto sin causa y de que por mucho empeño que pongamos en adelantar con rapidez, no podemos arreglar en un día lo que han sido años o siglos de sufrimiento infligido a los demás. Para entender esa legislación, uno no puede centrar su atención tan solo en un episodio breve de la vida, sino que  debe abarcar todo el espectro que constituye la biografía inmortal de nuestros actos, esa que nos conduce desde un pasado ignorante y lleno de errores hasta un presente reparador y pleno de aprendizaje. Ya sabemos que “la siembra es libre, pero la cosecha obligatoria”.

Aquella mañana clara de verano era como otras de julio. Calurosa, aunque sin excesos, por el efecto moderador de los vientos de Poniente, el día invitaba a relajarse, a dar un paseo por el campo o simplemente, a charlar sobre la existencia. ¿Por qué no? Se iba a cumplir un año del estallido de la guerra, de aquella fecha de fatal recuerdo en la que la violencia se desató por las calles de Sevilla. Unos para subvertir por la fuerza el orden político de la época y los otros, para defenderlo. Las consecuencias se desataron en pocos días. Los vencedores de aquella mortal contienda fueron los militares sublevados, los cuales dejaron a la ciudad hispalense llena de cadáveres, unos muertos en combates, otros fusilados en tapias de cementerios o en las cunetas de cualquier carretera comarcal y muchos, encarcelados a la espera de una condena por haberse distinguido en las actividades políticas de la antigua República.

El juez Constancio Revenga y su familia poseían una casa de campo muy coqueta, adornada de bellas flores y azulejos en un paraje de la sierra de Huelva, a unos setenta kilómetros del bullicio de Sevilla. Allí se refugiaban en verano para escapar del abrasador calor de la capital y como forma de recuperar fuerzas para el curso siguiente. Con intención de evadirse de la rutina, en esta feliz ocasión, Alfonso le había solicitado a su padre que durante unos días fuesen invitados a la finca su íntimo amigo Diego Rivera así como Rosa, su novia.

Poco antes de las doce del mediodía, en aquel rincón de cielo despejado y agradable temperatura, donde los pájaros componían la acostumbrada melodía con su delicado canto, dos buenos compañeros se dispusieron a efectuar un paseo campestre, a hablar de sus cosas y a pasar un buen rato. Su intención era caminar hasta llegar, pasados unos kilómetros, al pueblo más cercano. La distancia entre la casa rural del magistrado adquirida unos años antes y la localidad no resultaba excesiva. Mientras que doña Inés y la novia de su hijo se dedicaban a organizar la propiedad y a preparar la comida del almuerzo, don Constancio se relajaba regando las innumerables plantas que tanto colorido le daban al patio de la finca.

Mientras tanto, negros nubarrones se cernían sobre aquellos protagonistas, ajenos por completo al proyecto de otros seres cuyas intenciones eran menos nobles. Un fuerte sentimiento de venganza era la expresión más adecuada para definir lo que ocupaba la mente de dos jóvenes apostados por las inmediaciones de la ruta existente entre la casa del juez y el poblado. Qué gran diferencia se percibía al comparar el tono de aquel cielo veraniego con el color del pensamiento que desprendían aquellos dos hombres que se disponían a ejecutar su plan.

Unas jornadas antes de ser invitado a aquella actividad placentera en el campo, Diego había sido convocado a mantener un importante diálogo con su mentor espiritual y compañero de misión, Santiago.

—Debes estar preparado, hermano. En breve, llegará el momento crucial de poner fin a nuestra misión. Será el instante supremo, aquel por el que tanto hemos luchado y que vendrá a demostrar que una voluntad firme henchida de amor puede cambiar incluso el curso más desviado del río de una vida.

—Gracias, Santiago, por advertirme de los acontecimientos que se avecinan para prepararme mejor. Intuía que esto no podía prolongarse mucho más. De hecho, los últimos meses resultaron de una bonanza extraordinaria. Disfrutaba muchísimo, especialmente por Rosa, porque ella se notaba feliz sintiéndose amada, pero también porque estaba cambiando a Alfonso por dentro, en los cimientos de su alma.

—Sin duda, Diego, pero Dios nos pide algo más que una mirada magnánima y surgen los tiempos en los que deben hacerse los ajustes necesarios. Recuerda que en la vida aparecen numerosos obstáculos, retos por los que luchar. De no ser así, el espíritu vinculado al cuerpo se conformaría y se estancaría, perdiendo esa oportunidad preciosa que consiste en hacer el bien justificando el fin primordial de la creación divina: la evolución. No te digo nada que ya no sepas. Estas pequeñas vacaciones comenzarán de la mejor manera, no te daré más detalles, pero deberás disponerte para acabar bien lo que bien empezaste. Somos instrumentos en manos del Creador. Oraré por ti, para que seas consciente de a lo que te enfrentas. Que la claridad alumbre tu alma. Como siempre, déjate llevar por tu intuición, por ese sentido que te conecta conmigo y con el cielo. A nosotros se nos exige más porque estamos más preparados. A estas alturas del camino, pocas vacilaciones pueden surgir. El rayo del amor atravesó hace mucho tiempo nuestros corazones y no se retiró: habita en nosotros. Mi querido amigo, te aseguro que ha merecido la pena llegar hasta aquí. Me siento orgulloso por todo lo que hemos hecho, por todas las experiencias que hemos compartido desde que encarnaste en esta bella ciudad. Ahora, falta por escribir el último capítulo de esta historia de redención. Creo que nuestro hermano Alfonso, con todas sus equivocaciones y penalidades acumuladas, bien que se lo merece. Para eso nos comprometimos y para eso vinimos aquí.

—Desde luego, Santiago. Sé a lo que atenerme. Cúmplase la voluntad de los que nos dirigen y de Dios. Que Él nos bendiga.

—Que así sea, yo siempre estaré contigo. Confía en mí. Felices vacaciones y feliz aprendizaje, hermano.

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (84) Días de descanso”

  1. Tem algo para acontecer. Diego está preparado para tal acontecimento, pois sua intuição é sua mestra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *