ALMAS EN GUERRA (80) La guerra sigue

Todo parecía indicar que aquel cuarteto familiar formado por las tres mujeres y el joven tendero se ampliaría con un miembro más.

Transcurrieron las semanas y la situación continuaba con una favorable evolución. El negocio de ultramarinos sobrevivía a los sinsabores de una economía marcada por el conflicto bélico que se vivía en España, aunque en la misma Sevilla, como zona que había sido rápidamente ocupada por los militares sublevados, ya no había rastros de los combates del verano. Sin embargo, muchos ciudadanos seguían en la cárcel, simplemente por haber sido vinculados con la República, por sus ideas políticas o porque se consideraban peligrosos de cara a la estabilidad del nuevo régimen. Muchos de ellos pagarían con su vida esa condición y otros tantos recibirían condenas desmesuradas de años de prisión. Quedaba además el recuerdo indeleble de los que ya se habían ido, mantenido en la memoria de sus familiares y amigos. Nadie, salvo que deseara exponerse a una feroz represión o hubiese perdido el juicio, se iba a atrever a desafiar el nuevo orden de las cosas impuesto a la fuerza por los nacionales.

La relación entre Rosa y Alfonso continuaba con su buen curso y el transcurso del tiempo parecía confirmar que ambos jóvenes habían acertado a la hora de unir sus destinos como novios. Pasados los primeros días de intensas emociones, ahora el idilio se desenvolvía por los derroteros de una mayor tranquilidad, como si ambos hubiesen tomado conciencia de que su vínculo constituía algo más que una pasión temporal y que por supuesto, estaba sujeto a unas leyes de compromiso. La relación entre aquellas dos almas estaba adquiriendo tintes de una gran estabilidad.

La guerra continuaba en el frente, aunque lejos de la bella ciudad a orillas del Guadalquivir, donde sus habitantes trataban de recobrar la normalidad tras el fin de un trágico verano lleno de sangre y de dolor. El rencor por la pérdida de los seres queridos ya no podía manifestarse por las calles sino que debería vivir en el pensamiento más íntimo de los afectados, en algunos casos esperando la ocasión propicia para la venganza.

La ofensiva total de las tropas rebeldes contra Madrid se llevó a cabo a lo largo del mes de noviembre de ese mismo año de 1936. Miles de soldados y milicianos se enfrentaron a muerte en la parte oeste de la capital, junto a la Ciudad Universitaria. Durante jornadas, la situación recordaba al conflicto de trincheras acontecido a lo largo de la Gran Guerra hacía unos veinte años, durante el cual, se alternaban los ataques con las defensas, donde el terreno perdido un día se reconquistaba a la mañana siguiente, eso sí, dejando un reguero de muertos y heridos caídos en combate.

La lucha entre nacionales y republicanos era intensa y el balance de víctimas fue aumentando como nunca, lo que denotaba la tenacidad de unos y otros por obtener sus objetivos. Unos querían que Madrid cayese en sus manos para acelerar el fin de la guerra, mientras que los otros, deseaban a toda costa conservar la capital como muestra de fortaleza y de que estaban dispuestos a resistir como fuese hasta vencer. Pasadas las semanas, la ofensiva no pudo mantenerse por más tiempo debido a la sangría que suponía para los atacantes, por lo que los militares nacionales decidieron aumentar su presión en otros frentes de la península. Para la República, la simple resistencia supuso el éxito de su conocido lema del “No pasarán”.

Ante la imposibilidad de tomar Madrid, la guerra de desgaste se trasladaría a otros territorios en manos de la República, de modo que siempre habría una segunda oportunidad de retomar el avance sobre la capital, una vez reconquistadas las zonas pendientes en manos del gobierno central. Y así fue como sucedió.

Aquella tarde de sábado, a primeros de diciembre, la esbelta figura de Alfonso penetró en el establecimiento de ultramarinos…

—Buenas tardes, Diego. ¿Cómo estás? ¿Mucho trabajo hoy?

—Pues sí, por la mañana ha habido movimiento. Ahora por la tarde, la cosa está más tranquila. Además, como han bajado las temperaturas, parece que muchos han decidido quedarse en casa.

—Sí, está claro. Ya sabes que había quedado con tu prima. Le prometí llevarla al cine. Ahora que anochece antes apetece ver una película y pasar un buen rato.

—Pero ¿a qué hora empieza la función?

—A las ocho.

—Ah, entonces no te preocupes porque tendréis tiempo de sobra.

—¿Y eso?

—Verás, es que ella salió hace unos minutos. ¿Te acuerdas de esa señora mayor que vive no muy lejos de aquí y que se llama Leonor?

—¡Ah, cómo olvidar aquel día y a esa mujer! —expuso Alfonso emocionado—. Tengo asociada su imagen con el grato recuerdo de mis primeras palabras de amor con Rosa. ¿Acaso fue a visitarla?

—Pues sí. A ella le surgió un compromiso familiar en su propia casa, por lo que llamó a la tienda para que le lleváramos alguna que otra cosa de picoteo para poder organizar una buena merienda con sus nietos. Rosa se ha acercado hasta su domicilio para entregarle lo que le hemos preparado. No creo que tarde mucho en volver y después, ya os podréis ir a dar una vuelta.

—Ah, vale. Pues entonces, si no tienes inconveniente, me quedaré aquí esperando.

…continuará…

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