ALMAS EN GUERRA (79) Brindis de domingo

—Claro… “prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida”… Caramba, Diego, qué serio te has puesto. ¿Tan mal nos van a ir las cosas?

—En absoluto, no puedo ver el futuro, pero intuyo que ambos seréis felices juntos. Eso no quita para que pueda haber momentos de adversidad, como en todas las parejas. Justo ante esas dificultades es como se medirá la verdadera fuerza de vuestro amor. Creo que lo entendiste, prima.

—Claro, pero por favor, no te pongas tan dramático. Somos jóvenes y no nos vamos a morir tan pronto… salvo que Dios quiera…

—Tienes razón, Rosa. Perdona si me he puesto muy emotivo. Anda, ven, yo te bendigo y te doy todos mis parabienes. Te daré un abrazo con el alma.

—Sí, Diego. No sé qué haría sin tu guía, sin tus consejos.

Tras un largo y cálido abrazo…

—Por cierto, querida, sin prisa pero sin pausa… pero ¿cuándo tienes previsto contarle toda esta historia a tu madre?

—Anda, pues es verdad. Si el caballero me da su aquiescencia, ¿qué le parecería esta noche a la hora de la cena? Así, mi tía Antonia también se enteraría. ¿Consiente en ello mi admirado primo?

—Consiento en que la señorita Rosa anuncie su compromiso. Me parece la ocasión ideal, cuando los cuatro estemos juntos. Y ahora, no nos olvidemos, repasemos los vinos.

Aquel domingo, a la hora del almuerzo, cinco personas se sentaban alrededor de una mesa. Era una repetición de la cena celebrada hacía unas fechas entre incertidumbres, pero que ahora, presentaba otra perspectiva bien diferente.

—Bueno, antes de empezar —anunció Diego mirando a los presentes—, damos gracias a Dios por la inmensa suerte de estar vivos, por la posibilidad de tomar estos alimentos y porque hoy, mi adorable prima y mi amigo Alfonso han iniciado un vínculo inmortal. Nadie sabe del mañana ni de las circunstancias que nos acompañarán, pero el presente es feliz para nosotros y por ese motivo, queremos festejarlo. Brindemos por los que estamos aquí y porque el sentimiento surgido entre Rosa y Alfonso sea ocasión de progreso para dos almas en crecimiento.

—Muchas gracias, amigo —respondió Revenga mientras alzaba su copa—. Tú siempre tan oportuno con tus palabras. Debías estar sentado en la Real Academia Española. Comparto tu mensaje y tu alegría. Quiera Dios que tus esperanzas se cumplan y que esto solo sea el comienzo de algo que habrá de perdurar por muchos años.

—Vaya con los discursos —intervino Carmen—. Esto me recuerda los deseos que se hacen cuando llega el Año Nuevo. Es mi turno. Solo hay que ver los rostros de estos dos jóvenes que son la expresión de sus almas. Mi hija es una estrella que brilla con luz propia, qué va a decir una madre, y solo anhelo que te transmita a ti, Alfonso, esa luz. Son tiempos difíciles y al mismo tiempo, los mejores para demostrar ese amor que os profesáis. Las personas nos crecemos ante los obstáculos. Así debe ser entre vosotros. Que Dios os colme de felicidad y que vuestros mejores deseos se cumplan.

—Que así sea, hermana —dijo Antonia con lágrimas en sus ojos—. Tú eres mi sobrina de sangre, mi niña, pero en el resto de aspectos eres como una hija a la que he visto crecer. Por eso y al igual que tu madre, solo os puedo desear lo mejor. Ojalá que este joven que ha cambiado tanto consiga darte la felicidad que te mereces y que tú, a la vez, hagas de él el hombre más dichoso del mundo.

Tras un sentido silencio que se prolongó durante unos segundos…

—En fin, me gustaría hablar un poco porque estoy tan feliz que callarme no sería lo más adecuado —comentó entre risas la más joven de la casa—. ¡Qué puedo decir yo que no se haya dicho antes! Ahora mismo, con Alfonso a mi lado y en compañía de mi familia, ni en sueños podría imaginar tanta alegría. Las horas que he estado con él han sido maravillosas. No tengo palabras para expresar mi felicidad, y si las tuviera, no sabría pronunciarlas. Solo sé que mi alma está henchida de amor y que nunca antes había experimentado algo tan bonito como lo de hoy. Ruego a Dios para que esta situación que para mí es nueva se prolongue por siempre. Es cierto que la vida nos da disgustos y eso que yo soy muy joven, pero es de agradecidos aceptar los regalos que la existencia nos ofrece como a mí me ha ocurrido en las últimas jornadas. Gracias, Alfonso, por todo lo que me has dado esta mañana. Nunca olvidaré nuestra conversación, tus palabras y tu mirada. Para mí, lectora pertinaz de novelas románticas, esto es como vivir un sueño y la única manera de mantenerlo es trabajar por ese sentimiento todos los días. Y a vosotros, mamá, tía, primo, gracias por estar ahí acompañándome en estos momentos tan especiales y como siempre, arropándome en lo que necesite. Desde que fui a casa de doña Leonor a entregarle sus pasteles, camino en el que me acompañó Alfonso, solo he tenido tiempo en mi corazón para él. He vivido en él al igual que él ha reconocido que ha vivido en mí. Debéis disculparme si me habéis visto despistada durante la semana, pero creo que lo entenderéis. No quiero contemplarme a mí misma como alguien que vive un falso romanticismo endulzado con frases de amor. Solo reflexiono sobre lo que mi alma siente y es ella quien os habla, os lo aseguro. Yo también brindo por ese sentimiento que cambia a las personas y al mundo.

—Que así sea —se escuchó en aquella sala mientras que cinco copas de vino eran apuradas en señal del más inmortal vínculo.

…continuará…

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