ALMAS EN GUERRA (77) Conversación entre hermanas

—Perdona, pero si no recuerdo mal… creo que… fue no hace mucho que yo…

Tras un oportuno guiño de la joven, el discurso del chico cambió radicalmente…

—Aunque ahora que lo pienso, no sería mala idea. Sí, veo que lo mejor será bajar y hacer comprobaciones.

Los dos jóvenes desaparecieron de la cocina en dirección a la bodega, lugar donde permanecieron hablando un rato.

—¿Qué se traerán entre manos estos dos? —preguntó Carmen con extrañeza.

—¿Por qué lo dices, hermana? ¿Sospechas algo? —respondió Antonia.

—¿Tú has observado a mi hija durante la comida? Parecía un manojo de nervios, estaba como perdida, con la vista fija en el vacío, ensimismada en su mundo.

—Te entiendo. Pues nosotras que tenemos más edad, ya sabemos lo que eso significa. O está enamorada… o está enamorada. No hay más opciones.

—Pero, ¿será posible? ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Es que todo ha ido tan rápido… su actitud tan preguntona, su velocidad para tomar el vino aquella noche, como queriendo superar cuanto antes su timidez. Está claro que no pierde ojo por ese chico que casi mata a tu Diego pero que también nos salvó in extremis de ir detenidas por la policía. ¡Qué contradicción!

—Será mi sobrina, pero seguro que se ha ido con mi hijo a cuchichear allá donde no podamos escucharles. Me apuesto lo que sea a que le estará pidiendo consejo y bendición a su primo. Ella es la pequeña de la casa y en situaciones así, necesita apoyo, sobre todo porque este sería su primer amor de verdad, más allá de las novelas románticas que lee.

—Ya, es lo más probable, aunque ahora que lo pienso, no sé qué podrá decirle Diego al respecto, porque él tampoco tiene mucha experiencia, que se sepa.

—Cierto, mi niño siempre ha sido un poco especial en ese aspecto. Como siempre ha estado a mi lado y lo necesito tanto para el negocio, nunca le he preguntado en serio por ese tema. Parece que el asunto de las mujeres, de casarse o formar una familia no esté entre sus prioridades.

—Bueno, hermana, no te agobies con ello —expresó la maestra—. A veces es cuestión de cruzarse con la persona adecuada y en el tiempo justo. De pronto, el ignorante de los afectos puede espabilar de golpe. No sería el primer caso que conozco donde el hombre más apático, de repente, despierta a la pasión. Habrá que esperar acontecimientos ¿no crees?

—Pues sí, tienes toda la razón. Bueno, Carmen, y… si se confirmaran los datos… ¿tú que opinarías de todo esto, del amor de tu niña con ese chico tan “especial”?

—Habría que ser muy prudente. No están los tiempos para dar mucha confianza a los extraños, aunque eso no signifique que haya que pasarse al extremo contrario de la suspicacia. Después de los primeros meses de fusilamientos y encarcelamientos, ahora parece que ha llegado un poco más de tranquilidad. Sin embargo, en estas cosas, todo puede cambiar rápidamente. La clave es la resistencia que Madrid pueda ofrecer a los militares sublevados. No queda mucho para esa crucial batalla. ¡Qué sé yo! Esta es una época en la que ver el sol por las mañanas, o sea, seguir viva, es todo un regalo que agradecer a Dios, lo mismo que ocurre con el poder acostarte en tu cama cada noche.

—¡Qué razón tienes hermana, qué razón…!

Al mismo tiempo, en la bodega…

—Venga, prima, que me conozco todas tus tretas. Suéltalo ya. ¿Por qué me has traído hasta aquí abajo? No me impacientes con tu silencio que ya no nos pueden oír.

—¿Silencio? Para nada —afirmó Rosa mientras que se tocaba insistentemente el pelo—. ¿No lo imaginas?

—Podría imaginar tantas cosas buenas de ti que no sabría por dónde empezar, pero vistas las circunstancias esto me huele a Cupido…

—Ah, qué ingenio más fértil. Vale, te daré pistas. ¿Sabes quién ha estado esta mañana aquí mientras que tú te dedicabas a los negocios? Y estas dos mujeres que nos cuidan sin enterarse de nada, je, je, je…

—Venga ya, no me digas que se ha atrevido.

—Sí, sí —dijo la chica con una sonrisa que no le cabía en el rostro—. Pero espera, que no solo se ha acercado a la tienda. Primero, se hizo el despistado preguntando por ti pero claro, su mirada le delataba. ¡Si vieras cómo le brillaban los ojos! Yo ya creía de mí misma que era un ángel. Lo curioso fue que Alfonso llegó en el momento más adecuado, pues como estaba envolviendo los dulces de doña Leonor, ya tenía la oportunidad perfecta para proponerle si quería acompañarme al piso de la señora.

—Caramba, cómo maduras a toda velocidad. Te veo cada día más sutil, Rosa. En otras palabras, que sabías de antemano cuál iba a ser su contestación.

—Claro, tú me conoces. Desde niña era muy intuitiva. Como era de esperar, se ofreció para acompañarme en el trayecto de ida y vuelta y… y…

…continuará…

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