ALMAS EN GUERRA (76) El beso

—Me has dejado sin palabras, Alfonso, pero me siento dichosa por tu invitación. Seguro que lo pasamos tan bien como hoy. Ha sido divertidísimo. De todas formas, tendré que pedirle permiso a mi madre y tampoco querría enfadar a Diego. ¿Me comprendes?

Hacía años que aquel joven no experimentaba una emoción de felicidad tan intensa. Resultó el momento supremo de la espera, la coyuntura por la que había merecido aguardar algunos meses. Alfonso reconocía en su interior que había quedado prendado de la belleza de Rosa desde que la viera por primera vez salir de la trastienda de aquel establecimiento de ultramarinos sirviéndole una bebida fría. Muy adentro, empezó a pensar que el posterior episodio horrible en el que la mirada de la chica le había impedido asesinar a su primo Diego, estaba siendo superado.

—¿Y por qué motivo él iba a enfadarse?

—No lo sé, tal vez me necesite para echarle una mano en el trabajo.

—Conociéndole, no creo que ponga ningún impedimento a nuestra salida juntos y mucho menos siendo un día festivo. De todas formas, está bien lo que has dicho. No quisiera interponerme entre tu familia y tú. Haz las consultas oportunas y si ellos no tienen inconveniente, solo desearé que llegue el próximo domingo cuanto antes. ¿Me prometes que hablarás con ellos?

—Pues claro que sí, tonto —respondió afectuosamente la joven—. ¿Quieres saber una cosa?

—Soy todo oídos.

—Te seré sincera, Alfonso: el primer día que te vi en la tienda me pareciste un hombre tosco, jactancioso y sin modales, alguien que podía ser una amenaza para mi familia…

—Desde luego. Mi conducta en aquel entonces fue irresponsable. He llevado esa cruz a mis espaldas durante semanas. Por eso me demoraba tanto en pedir que salieses conmigo, por la pesada culpa que cargaba sobre mis hombros. Si me he disculpado tantas veces, era porque deseaba que fueras consciente de mi arrepentimiento. Tú has sido la clave: confrontar tu delicadeza con mi salvajismo de aquella época me hizo reflexionar para recomponerme. Supongo que es uno de los efectos más maravillosos que se le atribuyen al amor…

—Lo sé. Yo he pensado en ti y en tu cambio de actitud y como he contemplado el trabajo que has hecho, es por eso por lo que has logrado ganarte mi confianza.

—Yo también he de contarte una cosa…

—Caramba, vaya mañana de confesiones. Adelante…

—Cuando acudí a tu casa a cenar, no sabía ni la reacción que me iba a encontrar. Menos mal que Diego me empujó a hacerlo. Habría perdido una gran oportunidad de reconciliarme con vosotros. En cualquier caso, de lo que no me olvido es del beso que me diste aquel día. Fue como un sueño, la sensación más fascinante que yo recuerde. Desde esa fecha, no he podido olvidar la huella de tus labios en mi rostro. Aunque no te lo creas, no quería ni lavarme la cara a la mañana siguiente.

—Vaya, hacía tiempo que no escuchaba una cosa tan romántica… Claro, te aprovechaste de que estuviera un poco borracha. Fueron muchas emociones las que se concentraron en torno a aquella mesa. Y… ¿el caballero me perdonó por mi atrevimiento?

—La señorita está completamente disculpada por su osadía. Es más, espero que pronto pueda pasar por la misma experiencia de recibir uno de tus besos.

—Ya veo que el señor anda con prisas. Haremos una cosa. Ahora cuando lleguemos a casa y si no “hay moros en la costa”, te daré otro beso para que te lleves ese recuerdo de mí hasta el domingo. ¿Qué te parece?

—El mejor de los sueños hecho realidad, Rosa.

—Ja, ja, ja… qué ocurrente estás hoy. Anda, ya estamos llegando…

Fue así como los dos jóvenes se introdujeron en el establecimiento. Al comprobar que no había por allí ningún cliente ni tampoco algún miembro de la familia, Rosa levantó un poco sus pies del suelo y le dio un beso a Alfonso en su mejilla, el cual no quería despertar de aquella visión que por fin, se había hecho realidad.

—Perdona mi insistencia, pero ¿podría telefonear mañana para saber la respuesta de tu familia?

—Claro. Llama y te enterarás. Ahora debo irme. La faena de todos los días me espera.

Tras separarse unos metros y antes de que Alfonso saliese por la puerta, Rosa le miró fijamente y a media voz le dijo…

—Te esperaré. Nunca en mi vida he conocido a un hombre tan guapo como tú. ¡Adiós!

—Hasta pronto. Nunca antes deseé tanto que llegase un domingo.

Aquella misma tarde y tras el almuerzo, Rosa le comentó a su primo…

—Oye, Diego, ¿por qué no me ayudas a revisar los vinos de la bodega? Hace tiempo que no le echamos un vistazo.

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (76) El beso”

  1. Muito interessante a fala de ambos, pois sempre estão disponível para estarem juntos. Muito lindo o inicio do amor!

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