ALMAS EN GUERRA (74) El mejor paseo

Mientras que Revenga cumplía la orden de la chica, encantado por el ambiente de complicidad que se había creado entre los dos jóvenes, Rosa voló hasta la cocina y en unos segundos estaba de vuelta al mostrador.

—Pues vamos con la prueba. Abre tu boca y cuando yo te indique, la cierras.

—Claro, claro, yo me limitaré a cumplir con las órdenes de la señorita, ja, ja…

Tras introducirle la cuchara con un trozo de uno de los pasteles que había tomado de la cocina, Rosa volvió a tomar la palabra…

—¡Bueno! Entonces ¿qué? ¿Cuál es la opinión del distinguido caballero? ¿Qué le parece tan alta repostería?

—Hum… sencillamente, deliciosa. Y mira que yo no soy mucho del sabor dulce, pero es impresionante. Aquí hay chocolate con nata y algo de naranja…

—Bien, acertaste. Se ve que el señor es de delicado paladar. Está claro que te gustó. Tendré que chivarme inevitablemente a mi tía, para que así se convenza del éxito de su confitería.

—Estoy completamente de acuerdo. Dile a Antonia que tiene una excelente mano con los pasteles… Aquí se vende de todo y se hace de todo.

—Simple cuestión de supervivencia, Alfonso. Cuanto más amplías el negocio, más posibilidades de que la gente venga aquí a por lo que le gusta. ¿No crees? En fin, pues he terminado. Ahora, cogeré esta docena de pasteles ya envuelta y con mucho cuidado, se los acercaré a la casa de doña Leonor. Y tú… ¿te vas a quedar ahí parado?

Con el pulso acelerado y una gran sonrisa en su boca, dada la afinidad presente en aquella feliz mañana de otoño, Alfonso se atrevió a decir:

—Eh, no sé, estaba pensando que si a ti no te importaba, pues yo… podría acompañarte hasta la casa de esa mujer.

—Vaya con el señorito, qué cortés. Ya te decidiste a hacer algo muy considerado.

—Entonces, ¿no te importa si hacemos el trayecto juntos? El día está estupendo y así podremos caminar un rato y charlar de otras cosas. Seguro que el tiempo se pasa volando.

—Venga, hombre, no seas tímido, que yo estoy encantada de que me acompañes. Quédate aquí, que voy a avisar a mi tía para que lo sepa.

Tras unos segundos de espera, Rosa y Alfonso salieron del establecimiento para recorrer varias calles de Sevilla y poder alcanzar así su destino. Al poco de iniciar el recorrido…

—Oye, quería decirte una cosa, si no te importa —comentó la joven.

—Claro, di lo que quieras.

—¡Ah! Cómo me alegro. Era sobre la cena de la otra noche.

—Ah, sí, me trae muy buenos recuerdos.

—Yo solo trataba de pedirte disculpas.

—¿Disculpas? ¿A mí? —preguntó muy extrañado el joven—. Y ¿por qué, Rosa?

—Creo que estaba un poco nerviosa y a lo mejor, tomé más vino de la cuenta. No estoy acostumbrada a la bebida, pero es que la noche parecía muy especial. Igual me mareé algo y ya se sabe… salió a relucir mi carácter de preguntona, de mujer curiosa; por eso espero que no te molestase ninguna de mis preguntas. No sabes la bronca que al día siguiente me echó mi madre, acusándome de haberte acosado con tanto interrogatorio. En fin, que me traicionó mi interés por saber de ti y quizá te sentiste un poco abrumado, obligado a contestar por no quedar mal con mi familia.

—Pero ¿qué dices, Rosa? Si yo estaba encantado… Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien. Además, al responder a todas esas cuestiones me di cuenta de que deseabas saber un poco más de mí. Verás, a menudo, a las personas se las juzga por adelantado, lo que produce una distorsión en la imagen del otro que no se corresponde con la realidad. ¿No te parece?

—Sí, eso es muy frecuente.

—Lo que quiero decir es que deseaba transmitirte información sobre mi propia historia, mi carácter, hasta el tipo de mujer que me gustaba, para que no tuvieras una visión equivocada de mí. No me gusta ser repetitivo, pero hace mucho tiempo que ansiaba borrar el recuerdo que te pudieras haber hecho de mí después de aquel horrible encuentro con tu primo. Me torturaba la idea de que pensases de mí que era un hombre violento, un bruto al que no le importaba el sufrimiento causado en los demás. Si supieras lo que he sufrido por eso… Ahora, por fortuna, creo que te he demostrado que no soy así y que me he esforzado por cambiar esa estampa que a lo mejor te habías creado de mí. Te voy a ser sincero, Rosa: me es imposible olvidar tu mirada en aquella jornada. Aquel incidente fue lamentable, pero a la vez, supuso el inicio de algo muy bello. Jamás alguien me había atravesado tanto, y tú lo hiciste… No exagero ni un ápice si te digo que tus ojos me hicieron cambiar por completo.

—¿De verdad, Alfonso? ¿Tanto te pude influir?

—Así es, te lo juro por lo más sagrado.

—Sí, yo tampoco quiero recordar lo sucedido, pero si aquel día sirvió para cambiar tu vida a mejor, yo me alegraré de corazón.

…continuará…

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