ALMAS EN GUERRA (73) Camino de amor

—Ya, soy consciente de que es imposible forzar un sentimiento en el otro. Terminaría por odiar con todas sus ganas al que le obligase a ello.

—Es una respuesta de pura lógica. Por esa razón, te hago la propuesta que le haría a quien me preguntase por ese tema: acércate un día a la tienda que ya sabes donde está y habla con ella. Le expresas tus intenciones con calma, de forma educada y siendo sincero y…

—¿Y?

—Pues eso, que esperes su respuesta. No hay nada escrito en el libro del destino con respecto a eso. Se trata tan solo de aunar voluntades y de que exista afinidad entre vosotros. Es cierto que Rosa es más joven que tú, pero eso no significa que sea una chica carente de criterio. Sabe bien lo que busca y es inteligente. Bueno, creo que la otra noche ya te ofreció suficientes pistas sobre el perfil de hombre al que aspira. Así, si te dice que no, lo hará por convicción y si su respuesta resulta afirmativa, lo será desde su alma. Tú preocúpate solo por lo que dependa de ti ¿vale? Con eso basta. Alfonso, haz lo que te he sugerido y habrás cumplido con tu conciencia. Así te quedarás tranquilo y habrás manifestado libremente lo que querías.

—Es que… no deseo ni imaginar el disgusto que me llevaría a casa si ella me rechazara.

—¿Por qué? Piénsalo con sentido común. Tú estarás ejerciendo tu libertad y Rosa, la suya. Dime, ¿qué amor existiría entre dos criaturas en la que una de ellas le obliga a enamorarse a la otra? Ese enamoramiento artificial no duraría ni un minuto. Convéncete de ello, amigo.

—Sabias palabras, como siempre, Diego. Me has ayudado a abrir los ojos. Creo que has dado en el clavo de nuevo. Lo importante es demostrar lo que siento y no tratar de controlar lo que ella pueda opinar sobre mis emociones. Como tú has dicho, es absurdo tratar de convencer a alguien para que ame.

—Muy bien. Alabo tus palabras y te felicito por ese planteamiento. Busca día y hora, te pasas por mi casa, encuentra el momento de intimidad adecuado y adelante con tus planes. ¡Venga, Alfonso! Estudia tu pasado más reciente, porque has pasado de una etapa brutal, si me permites que te lo diga, a otra mucho más pacífica. Has hecho las paces con tu padre, cuando lo que había era un estancamiento nada recomendable entre tú y él. Has cambiado tu forma de trabajar, cuando no hace mucho, ibas por ahí cumpliendo el papel de juez y verdugo. Observa tu interior y comprobarás la paz que has ganado. Te aseguro, porque te he ido conociendo, que ahora eres una mejor persona, que tus luchas siguen ahí porque esto no ha hecho más que comenzar, pero que tienes el más prometedor futuro por delante. De ti depende.

—Muy bien, ya me veo más animado —explicó Revenga a través del auricular mientras que daba un fuerte soplido—. Me has convencido, amigo; te volveré a hacer caso. En verdad se trata de una tarea que solo a mí me compete. ¡Caramba, que ya soy mayorcito! Tendrás noticias de lo que suceda, ahora te dejo trabajar. Gracias, como siempre.

—Gracias a ti, quedo a tu disposición, pero ya sabes, nunca para hacer cosas que tú mismo puedes realizar por tu cuenta. No me seas perezoso.

—Sí, me ha quedado claro. Hasta pronto.

Unas jornadas después, en una soleada mañana otoñal en Sevilla, alguien se dispuso a recorrer la moderada distancia que existía entre su casa y una tienda de ultramarinos. Al llegar allí, Alfonso vio desde la entrada la figura de su amada manejando un paquete en el mostrador…

—Buenos días, Rosa —saludó el joven esgrimiendo una sonrisa de nerviosismo—. Eh, verás… ¿está Diego dentro?

—Buenos días. ¡Cuánto tiempo sin que te acercaras por aquí! Pues no está, Alfonso. Ha ido a hablar con no sé qué hombre sobre un tema de aceites. Está intentando cambiar de distribuidor. Esperemos a ver lo que consigue.

—Ah, interesante. Entonces, ¿volverá pronto?

—La verdad es que no lo sé. Esas gestiones pueden llevar unos minutos o mucho más tiempo.

—Y tú, ¿qué estás haciendo? Te veo muy ocupada envolviendo eso.

—Ah, no pasa nada, es sencillo. Te explico. Mi tía Antonia hace pasteles de vez en cuando. Si supieras lo bien que se le da la repostería…

—Vaya, cada vez que vengo por aquí me llevo una agradable sorpresa. Estáis preparados para la supervivencia. Todos sabéis hacer algo especial.

—Cierto. La cuestión es que no muy lejos de aquí, tenemos a una clienta que se llama doña Leonor y que por su edad, no puede desplazarse con facilidad. Ella es muy exigente con los dulces y cuando mi tía prepara algo de eso, pues le envolvemos una caja con una docena de ellos y yo se los acerco a casa. Ya ves que a mí no me importa y la viejecita es encantadora, muy amable en el trato, lo que facilita las cosas. Como dice mi primo, si el cliente no acude a la tienda, yo puedo acudir a su casa. Seguro que la señora agradecerá la entrega del paquete. A ver… un momento, Alfonso. Venga, cierra tus ojos, que vas a probar una cosa.

—Pero ¿qué me vas a dar a probar?

—Confía en mí que es una sorpresa. Voy a la cocina a coger una cucharilla.

—Vale, como tú quieras.

…continuará…

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