ALMAS EN GUERRA (72) Falta de iniciativa

—En todo caso, un niño que quiere crecer y cambiar para siempre —afirmó con rotundidad Diego.

—Por favor, ¿podría pediros un último favor antes de irme?

—¡Cómo no, adelante! —respondió el tendero a las palabras de su amigo.

—Me gustaría daros a cada uno un abrazo de gratitud, si no os importa.

—Pues claro que sí, joven, faltaría más —dijo Antonia mientras que abría sus brazos de par en par.

Fue así como acabó aquella cena, tan llena de magia y de dolor a la vez, de desahogo y de esperanzas, una celebración que marcaría el porvenir de sus protagonistas.

Transcurrió un tiempo y todos parecían haber enderezado su situación. La familia Rivera se sentía ahora más segura debido a la amistad trabada con el joven Revenga, falangista e hijo de un magistrado de Sevilla. Mientras, Alfonso tenía la sensación de haber reconducido su vida por otros derroteros, a lo que había contribuido sin duda el cambio de su actividad, posición en la que ahora se sentía mucho más cómodo. Sin embargo, no dejaba de darle vueltas en su cabeza al bello gesto que se llevó como recuerdo de la cena: el beso maravilloso que le había regalado Rosa, su amor secreto, excepto para Diego que ya sabía de sus aspiraciones con su prima. No pudiendo aguantar más su sentimiento, una mañana se decidió por telefonear desde la sede de Falange a la tienda de ultramarinos…

—Buenos días, Antonia. ¿Eres tú, verdad?

—Claro que sí. Ya te he reconocido por la voz. Tú eres Alfonso ¿me equivoco? Dime, ¿qué deseas?

—Pues me gustaría hablar con Diego, si es posible, que ya sé que suele estar muy ocupado.

—Uf, ahora es complicado porque tenemos aquí a varios clientes comprando. Si te parece bien, déjame un número y él te llama en cuanto esto se despeje.

—Ah, está bien. Entonces te doy el número de la centralita y que él diga que le pasen conmigo.

—De acuerdo, así se lo diré. Voy a apuntar ese número.

Al cabo de un rato, el teléfono del despacho donde se encontraba trabajando el falangista sonó…

—¿Alfonso? ¿Eres tú?

—Sí, disculpa por haberte llamado en horas de atención al público, pero es que no quería demorar más un tema que me consume por dentro.

—Ah, tranquilo. Aquí prácticamente estamos abiertos desde que amanece hasta el anochecer. No son momentos como para mantener horarios estrictos. La situación en la que estamos implica dar facilidades de compra a la clientela. Cuéntame, por favor.

—Es que desde que nos despedimos aquella noche en tu casa después de la cena, no puedo dejar de pensar en un asunto.

—No me digas. ¿A que adivino de qué se trata sin quedarme calvo?

—Ja, ja, eso seguro, pero no hagas bromas con esto que para mí es serio. Solo te pido ayuda y tu consejo.

—Mira, Alfonso, amigo, si no recuerdo mal, ya te lo he dicho varias veces. Partamos de un principio que siempre funciona. Si tú mismo eres capaz de hacer una cosa ¿por qué motivo alguien debería hacerla por ti? ¿No te das cuenta de que se perdería toda la emoción? Piensa que estamos hablando de un tema afectivo, no de ponerle un sello a una carta. Veamos, imagina lo peor.

—¿Lo peor?

—Sí, justamente eso. En lo que a ti respecta, está claro que tu interés por Rosa es mayúsculo y que esos pensamientos están todo el día en tu mente. Por tanto, lo único que resta es pasar a la acción o tú mismo te sumirás en la impotencia, en la impresión de lo que pudo ser y no fue por falta de iniciativa. Eso quiere decir que tendrás que correr algún riesgo. ¿Acaso esperas a que mi prima acuda a tu casa o a la sede de Falange a declararte su amor? Lo que yo veo es que en ti se ha desarrollado un temor a equivocarte y ya digo que en estos asuntos no hay posibilidad de equivocación.

—¿Qué quieres decir, Diego? Si ella me rechazase para mí constituiría un grave error, lo tengo claro.

—No. Si hablas con ella y le comentas lo que tú sientes, nunca podría existir un error. Veamos, si ella te respondiese que sí, tu serías el ser más dichoso sobre la Tierra.

—Sin ninguna duda. Es mi sueño.

—Vale. Pero si tú le propones tu amor y ella te dice que no, la vida seguirá. Antes de que te alarmes por lo que has oído, trataré de explicarme. Lo habrías intentado, porque eres el único responsable de tus actos, pero nunca podrías imponerle tu criterio al otro ser que te escucha. La época de los matrimonios forzados en base a intereses económicos o de sangre ya pasaron a la historia. Sería muy triste obligar a una persona a “quererte”. Dios mío, eso sonaría a esclavitud emocional. Por tanto, si ella no te aceptase y no me refiero a ti como persona, sino en esa declaración de afecto, te liberarías por dentro y habrías hecho lo que estuviese en tu mano. Me cuesta trabajo creer que haya algún ser encima de este planeta que pretenda imponer su amor al otro. No hablamos de objetos que se compran o venden sino de sentimientos humanos.

…continuará…

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