ALMAS EN GUERRA (71) Acuerdo entre almas

—Es cierto que cada cual carga con su cruz —añadió Carmen— y que los demás, ignoramos a menudo esa circunstancia.

—Para colmo y esa creo que fue la gota que colmó el vaso, hace unos días, uno de mis compañeros en el partido se suicidó en la misma sede de Falange.

—¿Cómo? —dijo asustada Antonia—. ¿Acaso se pegó un tiro?

—No. Simplemente se ató su cinturón al cuello y luego, tras esposarse las manos a la espalda, le dio una patada al taburete sobre el que estaba; se asfixió al quedar suspendido en el vacío. Me pregunto qué sentiría ese hombre para cometer semejante locura, para alcanzar un grado de desesperación tal que ya no le importase ni conservar su propia vida. Esa escena me revolvió por dentro. Y ¿sabéis lo peor de esa historia? Pues que tiene su explicación. El marido de su hermana había huido de su casa hacía unas semanas y nadie sabía de su paradero, ni siquiera su mujer o sus hijos. Lo hacía así para protegerlos, como es lógico. Yo fui quien descubrió una mañana el cadáver de mi amigo ahorcado y justo debajo de sus piernas había como unos papeles tirados por el suelo. En ellos, figuraba que el huido, es decir, su cuñado, había sido fusilado por los falangistas en una carretera a las afueras de Sevilla. En otras palabras, fueron sus propios compañeros de partido quienes habían ejecutado al marido de su hermana dejándola viuda y a sus hijos huérfanos. ¿Os imagináis con qué cara le iba a decir él a su hermana y a sus sobrinos que sus propios camaradas habían asesinado a ese hombre? Dios mío, qué desconcierto se produjo en mi cabeza. En mi opinión, debió sentir tanta angustia que antes de verse frente a su hermana comunicándole la terrible noticia, decidió quitarse la vida para ahorrarse el terrible sufrimiento que le hubieran provocado las lágrimas de los suyos. ¿Cómo le iba a ser posible vivir el resto de su existencia con esa carga de culpa a sus espaldas? ¡Ah, todo esto es una maldita locura…!

—Venga, Alfonso. Tú y yo ya lo hemos hablado. No cabe atormentarse más por ese asunto. No conozco a nadie que haya podido cambiar ni la más mínima fracción de su pasado, pero sí a personas que han construido un nuevo futuro. Te digo desde el corazón que me gustaría que tú fueses de esta última clase de hombres. Toma, coge este pañuelo y enjuga tus lágrimas. El desahogo sincero es la primera señal que nos habla del arrepentimiento y sobre todo, de una voluntad para transformarse. Estoy seguro de que ya te hallas en esa etapa. Si no, ¿cómo es posible que hayas solicitado un cambio de destino que ya te han concedido y que hayas luchado por reconciliarte con tu padre?

—Gracias, amigo, gracias a todos. No sabéis lo que me estáis ayudando en esta noche —concluyó Revenga entre palabras entrecortadas.

—Tranquilo, Alfonso —expresó Rosa—. Jamás me hubiera imaginado que llevases por dentro toda esa pesadilla que son los remordimientos. Soy joven, pero me doy cuenta de ciertas cosas porque mi primo me lo ha enseñado a fuerza de hablar y hablar con él: cuando uno quiere cambiar, no hay fuerza en el mundo que pueda detenerle. En ese sentido, solo puedo decirte que adelante. Llegó esa oportunidad que aparecía en tu sueño. Ahora está en tus manos y yo te animo a que lo hagas, por supuesto.

A nadie de los presentes le pasó inadvertido el cariñoso gesto que Rosa le dedicó a Alfonso: se levantó suavemente de su silla, se acercó al joven y le dio un beso en su mejilla derecha.

—Os ruego que me disculpéis: sé que a mi edad ya debería controlar más mis sentimientos, pero la historia que he escuchado me ha atravesado por dentro. Ahora ya sé que lloraré en mi cuarto, pero no puedo ni quiero evitarlo. Quedaos vosotros el tiempo que queráis, pero por favor, permitid que me retire…

—Claro, hija, no te preocupes —afirmó Carmen—. Ya nos encargamos nosotras de atender a nuestro invitado y de recoger todo esto luego.

—Gracias. Entonces, hasta mañana a todos —se despidió Rosa mientras que se retiraba con rapidez a su habitación.

—Uf, qué horror —manifestó Alfonso—. Mis recuerdos han debido asustar a esta muchacha. Estoy desolado. Lo que me faltaba…

—En absoluto —expresó Diego—. Estate tranquilo. Simplemente mi prima es una mujer muy sensible y la viveza de tu relato ha podido con ella. Se habrá quedado pensativa. Seguro que ahora tendrá mucho más claro quién eres y lo que buscas en tu vida. ¿Entiendes que era lo mejor? Ya sabe por sí misma con quién ha compartido mesa esta noche.

—Sí, es cierto. Gracias a vosotros por haberme escuchado. No es fácil encontrar gente de vuestro talante. Os lo digo desde el corazón. Contad para siempre con mi amistad, porque jamás olvidaré lo acontecido en esta casa. Y es que me habéis demostrado que sois unas personas dispuestas a ayudar al prójimo. La paz que me llevo de aquí va a ser muy grande.

—Mira una cosa importante, Alfonso Revenga —habló Antonia—. Soy la mujer más vieja de esta casa y con el apoyo de mi hijo, porque así me lo ha manifestado, te digo con total sinceridad que puedes venir por aquí cuando quieras o cuando lo necesites. Tú nos ayudaste una vez y ese es el recuerdo positivo que guardamos, por eso te estamos agradecidos. Esta es tu casa y cuando aparezcas, serás bien recibido. Tu historia me ha conmovido y si has hecho algún mal, que Dios te lo perdone. No soy quién para juzgarte, eso le corresponde al Creador, que sabe ver en el corazón de los hombres.

—Ay, Dios, creo que voy a seguir llorando como un niño. Vaya noche y vaya lugar que he elegido para mostrar mis intimidades. Muchas gracias, señora.

…continuará…

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