ALMAS EN GUERRA (70) El testimonio de Alfonso

—Y ¿qué secreto es ese? —dijo Rosa—. Dios mío, espero que no escondas nada que sea incurable.

—Ay, mi buena Rosa. No tengo claro lo que se puede compensar de lo que ya, por su pesada carga, es absolutamente irrecuperable.

—No hables así, amigo —expresó Diego—. Todo en esta vida es susceptible de cambio si existe voluntad y si tienes fe en que puedes transformarte.

Mientras que el invitado apuraba su copa de vino, las lágrimas acudieron a su rostro y aunque intentó disimular su desgarro interior, no pudo. Sin embargo y tomando fuerzas, se atrevió a confesar.

—Mirad, porque no puedo ser más sincero ante almas tan buenas como vosotras, mi secreto es que he infligido mucho daño y un terrible sufrimiento a otras personas. Admito que ingresé en Falange porque tenía que llenar un tremendo vacío interior, por esa sensación de frustración vital que ocupaba mi mente a todas horas. Había fracasado en los estudios y la mujer a la que quería me había dado la espalda. Mi realidad se estaba volviendo una locura, estaba perdido entre mi soledad y el desaliento. No sé ni cómo ni por qué vino esa idea a mi cabeza, pero un día llegó a mi pensamiento un propósito: si me metía en un partido político, el desastre en que me había convertido tal vez desapareciera.

—Ahora que estamos en el momento propicio y que te has animado a desvelar tus confidencias—comentó Antonia con arrojo—, he de recordarte que nosotras fuimos testigos directas de esa furia que habitaba en tu corazón. Gracias a Dios, todo quedó en gran susto y mira por dónde se conduce el destino, que has venido a nuestra casa a admitirlo. Yo también tengo un secreto: al principio pensé que mientras no acabases con esta familia, no te quedarías tranquilo. Y claro, había que empezar con mi hijo…

—Cuánto lo siento, señora. De veras. Era tanto el hastío que me invadía, la desesperación que me atormentaba, que aquel día sentí una profunda rabia por encontrar a alguien tan especial como Diego. Era como si la suma de sus virtudes pusiese aún más de relieve mis graves defectos. En el fondo, creo que solo se trataba de la más pura envidia, porque al observarle con atención, él constituía el más bello ejemplo de la excelencia moral, es decir, se encontraba en el otro extremo de lo que yo representaba. Él se mostraba como la más resplandeciente luz y yo, como la sombra más oscura. ¡Qué gran punzada noté en mi interior al contemplarle tan dichoso en sus palabras, en sus expresiones! Fue como percibir el azote más intenso en la espalda de mi alma y andaba tan descarriado que de pronto, se me ocurrió la idea de darle un escarmiento. Cometí un craso error, porque cuando la claridad lucha contra la oscuridad, esta siempre sale derrotada. Hasta llegué a aprenderme de memoria la primera declaración fundacional de Falange porque así distraía la incómoda voz de mi conciencia que me hablaba cuando podía. Ella me decía que estaba confundido, que no me engañase más a mí mismo, que no siguiera por más tiempo por ese camino de depravación. ¿En qué me había convertido yo en esas fechas posteriores al levantamiento militar? ¿Acaso creía que era Dios para disponer de la vida de los demás?

—De veras, Alfonso —interrumpió Rosa el gemido del joven—, no podía imaginar bajo ninguna circunstancia esa lucha tan devastadora en tu interior.

—Jamás tuve la intención de matar a tu primo, a este buen hombre que con su mejor intención me invitó a cenar a vuestra casa. Os lo juro por lo más sagrado. Por desgracia, aquello fue un acto de “venganza” contra alguien a quien admiraba desde el momento en el que nos cruzamos las primeras palabras. Es como el imbécil que desea herir al inteligente para no sentirse más idiota. No espero vuestra compasión, porque lo que hice es imperdonable, solo deseaba aligerar ese peso que tanto me agobiaba. Resultaba todo tan absurdo… y sin embargo, sucedió algo que me cambió la percepción de mi realidad.

—Fue una jornada imposible de olvidar —afirmó Carmen—. ¿Y se puede saber qué fue eso que te cambió?

—Pues esa misma noche ocurrió algo muy singular que nunca dejaré de recordar.

—¿El qué? —preguntó Rosa con la boca abierta.

—No sé si creéis o no en el poder de los sueños, pero durante esa madrugada, se me apareció un señor con pinta de sabio que se puso a hablar conmigo y a darme una serie de consejos. Me comentó lo que me estaba sucediendo, describiéndolo a la perfección y con todo detalle, como si él hubiese sido un testigo privilegiado de cómo yo estaba conduciendo mi existencia. A continuación, tras desarmarme con su agudo relato, me indicó con inteligencia que debía cambiar mi camino o que yo mismo me destruiría. Lo más increíble no fue ese diálogo que mantuvimos en la madrugada sino que cuando me desperté por la mañana, tenía guardado en la memoria todo eso de lo que habíamos conversado. Tenía la impresión de que no había sido un sueño sino una charla real como la que estamos teniendo esta noche. Fue así como regresé a la tienda, a vuestra casa, en busca de una aclaración a lo sucedido. Parecerá una locura, pero me había acordado del hombre al que había puesto en peligro porque me podía ayudar a reconducir mi marcha. Cuando aparecí de nuevo por la tienda, solo quería disculparme con él. No esperaba nada y estaba dispuesto a aceptar su rechazo, su desprecio. Hubiera sido la respuesta más natural. Y sin embargo, su reacción me pareció tan inconcebible y a la vez tan compasiva, que lloré por dentro. ¿Quién me iba a decir a mí que poco después de cometer una barbaridad me iba a sentir tan liberado al confesar mi culpa? Fue así, tan real como lo estoy contando, y en cuanto le revelé a Diego el contenido de mi sueño, para mí fue como liberarme de una pesada piedra que cargaba a mis espaldas. Él me cambió y él me está cambiando. Esta es la frase que para mi dicha, todo lo resume.

…continuará…

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