ALMAS EN GUERRA (69) La sapiencia de Diego

—Pues… no sé, Rosa, esta noche parece que eres tú la que posee el don de la palabra. Déjame pensar… la mujer que yo quiera ha de ser bonita a mi vista, aunque ese criterio es tan amplio como diversidad de gustos hay, algo muy subjetivo. Por otro lado, ha de ser una buena compañera, es decir, que si estoy triste debe animarme y si me siento alegre, que comparta esa felicidad conmigo. También me gustaría que fuese culta, que supiera mantener una conversación que no sea solo de temas banales. Lo fundamental es que me quiera, claro, y que me sea fiel, que me apoye en las dificultades al igual que yo la apoyaré.

—Pues no está mal tu criterio —respondió Rosa—. Creo que tu idea en cuanto al amor es parecida a la mía. Me parece un esquema de lo más razonable.

—Pues me alegro mucho por nuestras coincidencias con respecto a los asuntos del corazón —expresó Revenga mientras asentía con los ojos bien abiertos.

—Yo sí que me siento satisfecho —comentó Diego—. Por el tono de esta charla, cualquiera diría que llevamos años conociéndonos. Con sinceridad, no me esperaba que esta cena fuese a desarrollarse por tan buen derrotero. Hay que disfrutar de estos momentos para llegada la ocasión, no olvidarlos.

—Comparto plenamente tu opinión, querido amigo. Por cierto, Antonia, ¿es cierto que desde pequeño tu hijo ya apuntaba maneras diferentes?

—¿Diferente? Todos los hijos son diferentes para una madre, aunque yo solo haya tenido a Diego.

—Ya, claro, pero yo me refería a otras cuestiones como una inteligencia fuera de lo común o su bondad infinita. Además, para su edad actual, le escucho hablar y me da la impresión de estar delante de un adulto mucho más curtido, con más experiencia de la vida. ¿Me he explicado?

—Sí, te comprendo. No me ciega el amor de madre, pero mi niño siempre ha sido especial. Siempre ha mostrado una madurez por encima de lo común y claro que es listo. Se da cuenta de las cosas mucho antes que otros. ¿Cómo hubiera funcionado la tienda si no hubiese sido por su gestión? Estoy convencida de que hasta la fecha ha resultado un negocio rentable gracias a su intervención. Su amabilidad, su habilidad para tratar a los clientes, para que sean fieles y vuelvan aquí a comprar y su increíble capacidad para escuchar, no solo a nosotras tres, con lo cual ya tendría ganado el cielo, sino a cualquiera que se acerque por aquí. Son muchas cosas y el remate lo consigue al dar consejos. Quien habla con él recibe una recomendación y si las personas vuelven a verle, evidentemente es porque lo que les ha dicho ha sido bueno o les ha ayudado. De otro modo, sería absurdo. Es como si se sacara de una chistera justo aquello que tú necesitas oír en un momento dado. Insisto: resulta difícil ser objetiva cuando se está hablando de la misma sangre, pero esto que te he dicho yo, se lo he observado desde que tiene uso de razón. Ya se sabe que las madres alabamos el carácter de nuestros hijos e ignoramos sus defectos.

—Bueno, Antonia, no me sorprenden tus palabras porque yo ya lo he comprobado por mí mismo. Desde que le conocí, encontré algo especial en él, como si fuese alguien en quien puedes confiar con seguridad. Y usted, Carmen, perdón, y tú, Carmen, aunque seas su tía, ¿has percibido el talento que parece desprender este joven que tengo sentado a mi izquierda?

—Veamos, esto parece un complot —intervino Diego mientras levantaba sus brazos—. ¿Es que no hay otros asuntos de los que tratar? Me estáis haciendo sentir incómodo…

—Tranquilo, sobrino, que seré breve. Déjame contestar a tu amigo. Para mí, él es como un hijo. No creo que haya habido diferencias entre la educación y el trato que les he dado a Rosa y a Diego. Son muchos años en los que hemos convivido, en los que hemos pasado por todo tipo de circunstancias y eso crea unos vínculos indestructibles entre las personas. Los miro y para mí es como si fueran hermanos. De niño era muy adelantado y esa virtud la mantiene en el presente. Yo despejaré las dudas de mi hermana: este negocio sigue adelante porque él lo lleva todo con mano firme y por su trato con el público. Cualquier lugar de este tipo necesita de una clientela fiel; ese ha sido su principal logro en este trabajo. La gente escucha sus comentarios, se desahogan con él y se van contentos. ¿Qué más se puede pedir? A veces, he llegado a pensar que con la excusa de comprar algo, muchos venían simplemente a plantearle un problema y a escuchar su respuesta. Sé de algunos que han aparecido por aquí a primera o a última hora para estar con Diego en mayor intimidad. ¿No es cierto, hermana?

—Completamente, Carmen. Más que alimentos, el «niño» parece que vende consejos. Sea por lo que sea, es difícil que un cliente venga una vez y no repita su visita.

—Dios mío, era justo lo que imaginaba. No andaba yo muy desencaminado cuando busqué tu amistad. Sabía que no me equivocaba y que al encontrarte se me iba a aparecer una luz que podía guiarme en el camino de la existencia.

—Oye, Alfonso, ¿no estás exagerando un poco con tu apreciación? —argumentó el tendero—. Tampoco creo que sea para tanto…

—En absoluto. Esta noche me hallo pletórico. Y la causa está clara: me siento en un entorno de confianza y estoy siendo tratado como un miembro más de vuestra maravillosa familia. Me noto emocionado, no es para menos, porque es difícil sentirse tan aceptado como aquí, donde uno puede desahogarse sin disimulos. Por eso os voy a confesar un secreto que me retuerce el alma y que solo Diego conoce. Él sabe de lo que os voy a hablar.

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (69) La sapiencia de Diego”

  1. Que trabalho maravilhoso o da Espiritualidade! Alfonso teve em Diego suporte para sua mudança de vida.

    1. Sim, mas estas coisas não acontecem tão rápidas. Convém esperar para ver uma boa consolidação da melhora. Ótimo fim de semana, Cidinha.

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