ALMAS EN GUERRA (68) Preguntas de afecto

—Perdona, Diego, pero me estás atribuyendo a mí el mérito de una idea que salió de tu cabeza. No seas tan modesto, hombre. Anda, dile a estas mujeres que tú fuiste el que me empujó a hablar con mi padre.

—Vale, está bien. Yo solo le sugerí que si quería cambiar su vida a mejor, lo más adecuado era hacer las paces, reconciliarse con su progenitor. Para mí queda claro que si no tienes la tranquilidad en tu propia casa difícilmente la vas a obtener fuera.

—La verdad es que fue un valioso consejo —razonó Alfonso—. ¿No os lo parece a vosotras? Lo cierto es que tenéis a un verdadero filósofo en el hogar. ¡Qué suerte! La mujer que se enamore de ti habrá de considerarse afortunada…

—Gracias amigo, pero por ahora ese tema no está entre mis prioridades. Tengo tanta labor aquí que ya me dirás cómo puedo encontrar tiempo para pensar en una relación cuando mi familia me necesita tanto.

—Y Antonia —intervino Revenga—, ¿qué opinas de lo que acaba de explicar Diego? Yo creo que a toda madre le gustaría ver a su único hijo bien casado.

—Desde luego, joven. Pero también es cierto, aunque suene muy egoísta por mi parte, que ahora mismo no podríamos prescindir del único hombre que tenemos en casa. De todas formas, yo sí espero que cuando todo esto vuelva a la normalidad, él pueda casarse con una buena esposa y darme muchos nietos. Es ley de vida.

—Ya veo que la prioridad aquí es mantener firme el vínculo familiar. Alabo el buen criterio de los cuatro. Eso os ha servido sin duda para salir adelante.

—Tú dirás lo que quieras, primo —intervino con prontitud Rosa—. Has logrado salir airoso de la pregunta que te han hecho, pero a tu edad, otros ya están casados e incluso con descendencia.

—Ah, Rosa, no te preocupes por mí que ya has oído a mi querida madre. Hay que priorizar las cosas a las que nos enfrentamos en la existencia. Ella me necesita aquí y yo no pretendo ser un hijo desagradecido. Por tanto, no hay ningún problema.

—Claro, primo, te entiendo, pero es que tú nunca te has enamorado.

—Eh, Rosa, tranquila —respondió el joven invitado—. A veces, incluso en las situaciones más inesperadas, puede surgir esa llama del amor que tanto ilusiona a los seres humanos.

—Sí, Alfonso, en eso te doy la razón —contestó la chica—. Cuando una menos se lo espera, surge la sorpresa que lo cambia todo. Yo nunca he sentido esa pasión que dicen que te absorbe el pensamiento, salvo aquella que haya podido imaginar a través de la lectura de algunas novelas. Solo tengo dieciocho años y casi podría suscribir lo mismo que ha afirmado mi primo, es decir, que con este trabajo tan absorbente, se me hace difícil conocer a alguien que conquiste mi corazón. ¡Quién sabe! A lo mejor un día de estos entra por la puerta un apuesto caballero y me cautiva con su mirada.

—Ja, ja…muy ocurrente —comentó Alfonso entre risas—. Cómo se nota que tu madre se ha esmerado contigo en la educación. Utilizas unas palabras y unas formas para describir tu mundo interior que ya quisieran otras chicas de tu edad en Sevilla. Bueno, si el resto de los presentes no tiene inconveniente, a mí me gustaría plantearle una cuestión a nuestra joven.

Ante la aquiescencia del resto de comensales, Revenga se dispuso a efectuar su pregunta…

—Como decía y dada la confianza que noto en el ambiente, yo te preguntaría por el tipo de hombre que te gusta.

—Pues si te digo la verdad, no podría manifestarlo con exactitud, pero sí estoy segura de una cosa: en cuanto me cruzara con él, sabría reconocerle.

—Claro, pero eso es decir todo y no decir nada, o sea, que no has destacado ningún aspecto concreto.

—Cierto. Intentaré explicarme un poco mejor. Hum… me gustaría que tuviese una buena presencia, culto, que supiera expresarse bien, detallista, guapo para mis ojos y sobre todo, atento y cariñoso conmigo. En fin, más o menos, esos serían mis requisitos.

—Ja, ja, me temo que mi prima ha planteado un alto nivel de exigencia, aunque no creo que se diferencie mucho de lo que piden el resto de mujeres. ¿Qué opinas tú, Alfonso?

—Bueno, no sé si habrá muchos hombres que estén a la altura de sus pretensiones. Más que una realidad, parece un sueño, aunque ya se sabe que los sueños de amor son muy apetecibles. En cualquier caso, se trata de una aspiración que respeto. Cada cual tiene derecho a fantasear con esa imagen idealizada que tiene acerca de la persona con la que le gustaría compartir su vida.

—Alfonso, yo he satisfecho tu curiosidad, pero ahora es mi turno. ¿Y cuál es tu ideal de mujer?

—Uf, me pones en dificultades, y más delante de tu familia.

—No, eso sería jugar con ventaja —dijo Rosa—. Venga, haz un esfuerzo. Seguro que están deseando escucharte.

…continuará…

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