ALMAS EN GUERRA (67) Confesiones de un joven

—Ya, lo entiendo, Rosa, pero prefiero no darle más vueltas. Eso ya se acabó y además, ella vive lejos de aquí. No le guardo ningún rencor y he conseguido distanciarme de su recuerdo. Si ha de ser feliz con otro hombre, que lo sea. Es su vida, al igual que yo espero algún día ser feliz con otra mujer. ¿No sería eso maravilloso? ¿No lo piensan así, señoras?

—La verdad es que todo eso que has expuesto tiene mucho mérito —respondió Carmen—. Ha sido la confesión en toda regla de un episodio de tu pasado, asumiendo la parte de responsabilidad que te correspondiera en esa historia. Mira, joven, no es nada fácil tener una opinión más o menos racional cuando hablamos de asuntos afectivos. Muchas veces nos dejamos invadir por las emociones más intensas y eso desvirtúa cualquier análisis que hagamos. Con frecuencia, pensamos que hemos sido traicionados o que la otra persona se ha comportado de forma deshonesta con nosotros. Por eso y así lo reconozco, alabo todo eso que has contado delante de gente que no te conoce bien. Tu mensaje demuestra que posees capacidad para examinar lo que ha ocurrido y sobre todo, para aceptarlo, condición necesaria para superar un recuerdo incómodo o un hecho que te haya provocado sufrimiento. He visto a gente que se quedó estancada por una relación que no pudo ser y que permaneció durante mucho tiempo albergando sentimientos de dolor y odio en su interior. Se amargaron a sí mismos y a cuantos les rodeaban. Eso, para mí, no es sano y te aleja de la verdadera felicidad.

—Tía —expuso Diego—, no puedo estar más de acuerdo contigo. A menudo no sabemos ni cómo son las personas, especialmente cuando no le damos la oportunidad de expresarse con sinceridad y en un ambiente relajado. En mi opinión, Alfonso, todo lo que dijiste de tu fallida relación afectiva te deja en muy buen lugar. No podemos enjuiciar a los demás y mucho menos condenarles solo por sus apariencias. Es positivo profundizar en el corazón de las criaturas para saber cómo han llegado a donde están. Y nos quejamos de falta de tiempo para dar ese paso, cuando en verdad solo se trata de una muestra más de ese egoísmo que nos consume por dentro.

—Sí, mi buen amigo. Los juicios precipitados no son recomendables. Yo he caído mucho en ese defecto y por ese motivo, soy más consciente de mis fallos. Te lo digo por experiencia, la probabilidad de errar es muy elevada.

—Y entonces, ¿estuviste en la facultad estudiando? —preguntó Rosa—. ¡Qué gran privilegio debió suponer el acceso a la enseñanza superior!

—Sí, estuve unos años en la universidad. Como mi padre es juez, era hasta cierto punto normal que él quisiera que yo continuase con su carrera. Al principio, tomé un buen impulso, me hacía ilusión y hasta me imaginaba presentándome a esa complicada prueba que es realizar las oposiciones a judicatura. Sin embargo, ya veis, luego perdí el interés y me demostré a mí mismo que no estaba hecho para eso. Tal fue la decepción que me llevé que surgió en mí la necesidad por cambiar de forma drástica de escenario. Después de consultarlo varias noches con la almohada, al final me decidí por alistarme en Falange, lo que me trajo otro tipo de problemas.

—¿Qué tipo de problemas? —dijo la joven.

—Pues el más importante resultó la oposición de mi padre. Abandonar mis estudios ya le supuso un duro golpe y ahora resultaba que en plena batalla política, su propio hijo se afiliaba a un partido. Uf, debéis perdonarme, porque creo que el vino me ha soltado la lengua. Sin embargo, tenía tantas ganas de desahogarme con alguien, de compartir mis vivencias con buenas personas, que no sé si os estoy molestando con mis memorias…

—En absoluto, Alfonso —afirmó Antonia con seguridad—. Ya ves que es mi sobrina la que te está realizando la “entrevista”, pero creo que todos estábamos expectantes porque nos detallases algo de tu pasado. Has elegido bien el escenario, porque conviviendo los cuatro tantas horas al día, estamos entrenados en escuchar y es bueno que vayas soltando poco a poco ese lastre que a lo mejor te estaba agobiando. Nosotros hacemos lo mismo a diario. Aprovechamos las comidas y las cenas para repasar nuestras vidas y preparar la jornada siguiente. En otras palabras, que no hay molestia alguna porque te explayes…

—Pues es un alivio saber eso, Antonia. Os lo agradezco y me parece una excelente idea eso que hacéis. No es fácil hoy en día hallar consuelo en el prójimo. Hay tanta desconfianza que entre que unos no quieren hablar y otros no desean escuchar, pues el mundo está como está.

—Bueno, entonces ¿qué planes tienes para el futuro? —expresó Rosa mientras miraba fijamente a Alfonso.

—Oye, hija —interrumpió la maestra—. Dame ese vaso. Ya es lo último que bebes esta noche. Hacía tiempo que no te veía tan lanzada y eso podría interpretarse como una falta de educación. Piensa un poco porque ¿qué impresión se va a llevar de ti este caballero? Por Dios, suelta el vaso ya.

—Ay, mamá, por favor, discúlpame. Solo estoy intentando ser amable con él. Es nuestro invitado. ¿Lo has olvidado?

—Tranquilizaos, madre e hija —comentó el joven tratando de apaciguar el ambiente—. Mirad, planes no tengo. No hace mucho, he cambiado de labor dentro del partido porque la verdad, ya estaba cansado del trabajo que me habían asignado. Por otro lado, estoy abierto al enamoramiento. Con mi edad, otra actitud sería una locura. Soy joven y a pesar de lo sucedido con Beatriz, me considero libre para amar a otra mujer y en su caso, formar una familia.

—Respecto a lo que comentaste antes, tengo que deciros que Alfonso ya hizo las paces con su padre. A pesar del distanciamiento inicial, el otro día mantuvo una cordial conversación con él en la que se produjo una aproximación padre-hijo más que satisfactoria. ¿Me equivoco, amigo?

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (67) Confesiones de un joven”

  1. Quantos benefícios a Espiritualidade está proporcionando a Alfonso, com atitudes equilibradas.
    Rosa foi perfeita em seus objetivos, sempre focando seu interesse por Alfonso.

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