ALMAS EN GUERRA (66) Palabras conciliadoras

—Es curioso —prosiguió Antonia—, pero no tenía tantas ganas de hablar con un extraño desde hacía mucho tiempo. Como te decía, no hay ningún misterio. La clave reside en que nos hemos juntado como una piña, en que somos cuatro personas que nos apoyamos los unos a los otros y en todo momento. Eso significa que nos consideramos respaldados y que cualquier decisión se consensúa de modo que cada uno se sienta útil y perteneciente a esta familia. Eso nos ha dado el valor necesario para avanzar a pesar de las graves dificultades. Como la mayor que soy, mi opinión es que todo este esfuerzo, todo este sacrificio ha merecido la pena y por eso estamos aquí. Mañana, si Dios quiere, volveremos a abrir la tienda al público. Ignoro cuántos vendrán a comprar, pero nosotros continuaremos con nuestra labor. Es lo que hay y lo hacemos con gusto.

—Caramba, señora, qué reflexión más hermosa y qué buen sentido común en todas tus palabras —convino Alfonso con gesto de aprobación—. Conforme estabas hablando, se me venía al pensamiento una idea. Si todas las empresas o los negocios siguieran vuestra línea de actuación, España escalaría puestos de forma vertiginosa hasta situarse entre las primeras potencias del mundo. Desde luego que sois un ejemplo para el resto de ciudadanos y para cualquier gobernante.

De repente, se sucedieron unos segundos de silencio, unos instantes en los que a pesar del alarmismo inicial de Antonia y Carmen, la cena parecía discurrir por derroteros de serenidad y conciliación. Esa atmósfera de mutismo se interrumpió por la intervención de Rosa:

—Con permiso de mi madre y de mi tía, ¿puedo hacerte una pregunta, Alfonso?

—Por favor, niña —dijo rápidamente la maestra con los ojos abiertos de par en par—, no pongas al invitado en un compromiso.

—Tranquila, Carmen, ya te he dicho que no me importuna ninguna curiosidad que pueda tener tu hija. Yo le contestaré, si puedo, claro, ja, ja, ja…

Todos rieron a modo de relajación, pues lo que parecía que iba a ser un encuentro tenso o sin temas de conversación se estaba transformando en una oportunidad para mantener un ambiente distendido y en una ocasión única para profundizar en la relación humana con el visitante. Entre la alegría provocada por la buena comida y el magnífico vino, así como por las miradas de complicidad de los asistentes, la jovencita insistió.

—Alfonso, lo que te quiero decir es muy simple así como la respuesta que me vayas a dar. ¿Tú tienes novia?

—¡Pero por Dios, sobrina! —expresó Antonia llevándose sus manos a la cabeza—. ¿Qué cuestión es esa? Eso afecta a la intimidad de este caballero y no tiene ni siquiera por qué responderte.

—Haya paz entre los presentes —comentó Revenga con una ligera sonrisa—. En efecto, se trata de un tema de mi esfera privada, pero me siento tan cómodo en vuestra presencia que os daré una explicación. Diego ya conoce de ese asunto porque estuvimos hablando de ello y lo mismo que se lo conté a él ¿por qué no iba a hacerlo con vosotras? Además, me habéis dado mucha información sincera de vuestro pasado y os merecéis conocerme con mayor profundidad. Solo así haremos crecer nuestros lazos de amistad y dado el éxito del encuentro, será más probable que me invitéis en el futuro. Bueno, no me enredo más, Rosa. No tengo novia, es cierto, aunque la tuve durante años, pero eso se terminó hace ya tiempo.

Sin posibilidad de respiro, la joven continuó con su particular interrogatorio…

—¿Y qué sucedió, Alfonso? ¿Fuiste tú el que decidió romper o fue ella la que te abandonó?

—Sinceramente, creo que el final de ese noviazgo estaba cantado. No puedo establecer quién de los dos fue más responsable de esa decisión porque si el amor desaparece en una relación ¿qué objeto tendría prolongar ese noviazgo? Siendo más riguroso, fue ella la que dio el primer paso para romper, no me importa admitirlo porque así ocurrió. Era la época de la universidad y lamentablemente, mi novia me dejó por un compañero que estaba estudiando en la misma facultad, pero ya he tenido tiempo para meditar sobre ese hecho y ahora mismo no podría reprocharle nada. Su decisión de acercarse a otro hombre resultó inevitable y fíjate en lo que voy a decirte, incluso lógica. Lo digo porque últimamente esa pasión que había entre nosotros había declinado. Es cierto que al principio me molestó bastante, me sentía como traicionado e incluso hubo algún momento de rencor hacia su figura. Sin embargo, pasado un tiempo prudencial, las aguas de la emoción se calmaron y tuve fuerzas para analizar el desarrollo y el final de esa relación que fue bonita mientras duró.

—Entiendo, pero ¿hubo algún desencadenante que motivara esa ruptura?

—Claro. Beatriz Delgado, que era como se llamaba, tenía otro punto de vista sobre lo que constituía nuestro vínculo. En esos años de estudio en la universidad hubo un momento en que me fui quedando atrás, yo no progresaba lo suficiente y cuando Beatriz se dio cuenta de mi estancamiento, se fue alejando poco a poco de mí.

—Pero, Alfonso, eso es ingratitud —continuó Rosa con su argumentación—; si se quiere a alguien de verdad, no se renuncia a ese amor porque a la otra persona le vaya mal, porque aparezcan las primeras dificultades…

…continuará…

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