ALMAS EN GUERRA (64) La cena

—Tienes razón, madre. Rosa, yo ya te adelanto que no me voy a meter en ese asunto. Es tu voluntad la que decide al respecto. Y por supuesto que no voy a recabar ninguna información o dato de Alfonso. En cuanto a la invitación para este viernes, os pido disculpas por no haberos consultado antes. Sabéis que soy el único hombre de la familia, pero que casi siempre os pregunto por todo. No obstante y tratándose de una excepción, os ruego encarecidamente un voto de confianza aunque solo sea por esta vez.

—Hijo, no están ahora las circunstancias como para hablar de votaciones… no me fastidies…

—Lo sé, madre, pero insisto: algo me dice que esa cita resultará beneficiosa para todos. Para él, porque comprobará directamente el buen ambiente y el amor que reina en esta familia. Para nosotros, porque estaremos ayudando a un ser necesitado de cariño y de ejemplo. Por último y siendo prácticos, hoy en día nos conviene tener contactos hasta en el infierno.

—¿Y cómo sabes tú que ese hombre se halla tan necesitado? —preguntó Carmen.

—Tía, he tenido más de una conversación con él profundizando en temas muy personales. Alfonso se me ha abierto y me ha confesado cosas que no creo que le haya contado a otros. Por eso y sin pretender caer en la arrogancia, digo que le conozco, que sé cuáles pueden ser sus deficiencias y que él también se encuentra en proceso de cambio, de mejora. Ese ha sido un trabajo común que hemos emprendido durante estas últimas fechas. Eso me hace pensar en que de este encuentro solo puede salir algo positivo para todos. Ningún cambio se produce de la noche a la mañana, hay que darle tiempo a cada aspecto, pero estamos ahora en pleno proceso. Por eso os pido que confiéis en mí, os lo digo con el corazón abierto. Esa es la única garantía que ahora os puedo ofrecer.

—Vale, Diego —afirmó Antonia—. Te has expresado con tanto brillo en tus ojos que hasta me has hecho llorar. Como madre, me siento orgullosa de ti. Venga, confiemos en Dios y que Él nos proteja de todo mal.

—Pues claro que sí, madre. Recuerda que a largo plazo, la bondad siempre gana.

—Caramba, sobrino, servirías para político aunque aquí estemos discutiendo de otra cosa. Mira que hoy yo no me siento tan sentimental como tu madre. Tan solo estaba pensando en la desolación de esas familias que han perdido a algunos de sus miembros en esta ciudad. Me temo que por mucho que ellos recen y confíen no van a conseguir que les devuelvan a sus seres queridos.

—Es cierto, Carmen. No tengo respuesta para esa brutalidad y eso me entristece. Solo sé que tarde o temprano pagarán por sus crímenes, porque soy de los que creen que al igual que los buenos actos producen recompensas, también las malas acciones provocan un sufrimiento en quien las comete. Solo Dios posee la perfecta explicación para eso y se trata de un misterio al que no podemos acceder. Sin embargo, Él tiene en su mano la justicia y jamás se equivoca. Por eso da a cada uno la cosecha según lo sembrado.

Aquel viernes, casi anocheciendo, un joven impecablemente vestido se presentaba en aquella tienda de ultramarinos. Allí le esperaba Diego Rivera.

—Caramba, Alfonso, qué elegante —saludó el tendero con amabilidad—. Has elegido un atuendo para cenar en el más bello de los palacios y ya ves que esta casa es un lugar sencillo. Sin embargo, nos honras con tu aspecto y esto te lo digo porque te vas a sentir como si estuvieras en el mejor de los escenarios.

—Claro, amigo. Confío en ti y en tu familia. Por eso he venido hasta aquí. Seguro que pasamos un rato inolvidable.

—Muy bien, pues entonces, adelante. La mesa ya está preparada. Y además, beberemos un buen vino para animar la conversación. Ya sabes que ser dueño de un establecimiento como este tenía que aportarnos alguna ventaja…

—Perfecto, ya veo que piensas en todo.

—Nos debemos a nuestros invitados. Te trataremos como tal y lo haremos lo mejor que podamos. Venga, hombre, no seas tímido.

Tras recorrer los metros que distaban desde la puerta de entrada hasta el salón…

—Bueno, querida familia, creo que no hacen falta las presentaciones porque ya hemos coincidido antes. Les he dicho que te pueden tutear al igual que tú a nosotros. Así nos sentiremos más cómodos.

—Claro, estoy de acuerdo. Mis saludos más cordiales y gracias por la invitación, señoras.

Tras el típico ademán de aprobación por parte de aquellas tres mujeres, los cinco se sentaron en la mesa.

—Mira, Alfonso, te explico —comentó Diego—. Nosotros solemos almorzar y cenar en la cocina. Es un sitio más pequeño, pero nos viene muy bien a los cuatro en el día a día. Sin embargo, cuando acude alguna visita, pues usamos este salón que es más grande y acogedor.

—Pues más motivos para sentirme complacido con vosotros. Sois muy amables y no sé si merezco tanta atención.

—Por cierto, Alfonso —intervino por sorpresa la más joven de las mujeres allí presentes—, ¿qué tal te va con tu nuevo destino? ¿Estás contento?

—Pero… ¡niña! —dijo la maestra con prontitud—. ¿Qué formas son esas? ¿Cómo le hablas a este señor con ese atrevimiento?

…continuará…

4 Replies to “ALMAS EN GUERRA (64) La cena”

  1. Alfonso foi bem acolhido pela família de Diego. É como se dissessem » sinta-se bem entre nós» .

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