ALMAS EN GUERRA (63) Secretos al descubierto

—En ese aspecto, mi primo tiene razón —intervino Rosa—. Prefiero no imaginar lo que habría ocurrido si ese hombre no hubiera aparecido de repente. Dios mío, me cuesta trabajo aceptarlo, pero era tanta la tensión ese día, tanto lo que nos jugábamos, que parece que el cielo lo envió en el momento más propicio.

—No sé, no sé —dijo Antonia con gesto de desconfianza.

—Oye, primo ¿puedo hacerte una pregunta con relación a esto?

—Lo que quieras Rosa, aunque no sé si tendré la respuesta.

—Espera, tonto, no seas tan presuntuoso, que ni siquiera sabes por lo que te voy a preguntar.

—Es verdad, pues venga, adelante.

—¿Tú crees que ese hombre puede tener algún interés en mí? Y no me mientas, que te conozco. Mi intuición no me engaña y estoy convencida de que habéis tenido sobrado tiempo para hablar de eso en vuestras conversaciones. Es cierto que solo tengo dieciocho años, que carezco de la necesaria experiencia, pero estoy empezando a interpretar sus miradas, esos ojos tan brillantes que se le encienden cada vez que me cruzo con él o que me dirige la palabra. Después de todo, no deja de ser un hombre y además, joven. ¡Ay, Dios mío! ¿Habrá perdido su cabeza por mí? ¿Será que no se atreve a confesar sus sentimientos? ¿Y si es que en el fondo le vence la timidez? Lo que pensé el primer día se me confirma hoy. Tendría que ser muy ingenua como para no darme cuenta de ciertas cosas. No obstante, como soy joven e inexperta y tú eres el único varón en esta reunión, es por eso por lo que te lo pregunto, Diego. Y no me vengas con evasivas que nos conocemos desde críos.

—Pero, chiquilla, ¿eres consciente de lo que nos estás contando? ¿Acaso sabes de las consecuencias que eso supondría? —expresó con sorpresa Carmen.

—Verás, querida prima, tu pregunta es más que interesante, pero me temo que serás tú la que tendrás que hallar la respuesta. En efecto, jamás te he considerado tonta y creo que posees la suficiente maña como para darte cuenta de si un hombre tiene o no algún interés afectivo en ti. En cuanto a lo de ser novata en estos asuntos, no pienso que eso te afecte. Lo digo porque desde que te conozco he visto en ti un don para desnudar el corazón de los demás, una excelente capacidad para leer en las intenciones ajenas.

—Vaya, ya respondió el listo —replicó Rosa con una mueca de disgusto—. Tú lo has dicho todo pero no has confirmado nada, es decir, has pronunciado unas palabras que se lleva el viento y que no confirman ni desmienten nada. En fin, que no me ayudas a aclararme.

—Ya me fastidiaría que fuese mi única sobrina quien se viese cortejada por alguien que intentó matar a mi propio hijo.

—Lo mismo digo yo, hija. No solo sería ridículo sino además, peligroso. Reflexiona un poco antes de seguir soñando, que me conozco de memoria ese aspaviento en tu cara.

—Pero, mamá ¿qué estás diciendo?

—Céntrate, chiquilla. Ese hombre pertenece a una buena familia de Sevilla, solo hay que observar que su padre es magistrado. Por otro lado, él está enrolado en la Falange, que junto a los militares, ya sabemos que detentan el poder en esta situación catastrófica de guerra entre hermanos. ¿Qué iba a pretender ese Alfonso agasajando a una chica como tú, hija de una maestra y que trabaja en una tienda de ultramarinos? A ver si te enteras, Rosa, porque suponiendo todo eso que tú comentas y que está por demostrar, aquí habría gato encerrado. Yo tendría un buen número de motivos para desconfiar.

—Mira, nena, a ver si despiertas. Apoyo las palabras de mi hermana. Todo este asunto me resulta de lo más extraño.

—Un momento —replicó con fuerza la jovencita—. Respeto vuestras opiniones, pero me da la impresión de que estáis hablando con mucha ligereza de un asunto en el que yo sería la principal implicada, ¿no es cierto?

—Eso, eso, Rosa. Dile a estas dos incrédulas lo que me dijiste al principio de conocerle.

—¿Al principio? No te entiendo, Diego.

—Bueno, tampoco hay mucho que explicar porque fuiste tú misma la que me lo confesaste.

—Ah, ya lo recuerdo. Fue la primera vez que vino por aquí, antes de que él intentase matarte. ¡Uf, cómo le hubiera estrangulado con mis manos por hacerte eso! Sin embargo, es cierto que el primer día te dije que me parecía un hombre atractivo, por su cara y por su aspecto. De todas formas, Diego, no olvides que también añadí que me pareció rudo en sus formas y pésimo en sus modales.

—¿De veras que comentaste eso, hija?

—Tía, nuestra Rosa se halla en plena juventud y es linda e inteligente. ¿Por qué no iba a hacer ese comentario?

—Escuchad, creo que estamos perdiendo un poco los papeles —manifestó Antonia con enfado.

…continuará…

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