ALMAS EN GUERRA (62) Pasión o razón

—Ah, mantén la calma. A pesar de sus innumerables compromisos, siempre encuentra tiempo para el bien. Por eso, logré hablar con él. Comprende las dificultades de nuestra empresa, nos da su amparo y nos invita a perseverar en la misma. Sentí una gran alegría por su apoyo, lo que nos debe servir de estímulo. Mi buen amigo, no tendremos todo el tiempo del mundo. Tampoco podremos perder las oportunidades que surjan para reconducir a Alfonso y a la vez, respetar su libre albedrío. No obstante, ya te digo que él está cambiando, aunque su velocidad pueda desesperar a más de uno, pero se trata de un encargo delicado y de una mochila repleta de piedras de las que tendrá que desprenderse conforme mute su egoísmo por la caridad, su orgullo por una mayor humildad. Ya sabes que el amor juega un papel fundamental en esta tarea. Se está enfrentando a sus propios fantasmas internos, esos que fueron creados bajo el dominio del odio y del dolor causado. Sin embargo, está llamado como todos a encauzar sus pasos y a ser guiado hacia el bien. Nuestro “empujón” le vendrá bien. Tan solo espero que él ponga de su parte. Esa será nuestra dicha, nuestra mayor recompensa.

—Sin duda, Santiago. Cuando viene a esta casa con ese ánimo de desahogarse, pero también con la actitud de escuchar, yo ya experimento ese gozo que me sacude por dentro. ¡Qué reconfortante es practicar el bien!

—Por supuesto, hermano. Dios nos sopla en la conciencia cada vez que lo hacemos para que nos demos cuenta. Ese es su reconocimiento.

—Que Él te oiga.

—Muy bien. Seguiremos en contacto.

—Gracias y hasta pronto, Santiago.

Aquella noche en torno a la mesa, se suponía que habría una cena en la que no faltarían los reproches o las acusaciones.

—La verdad es que por más vueltas que le doy, no lo entiendo, hijo —comentó Antonia con un ademán de seriedad en su rostro—. Esa obstinación en invitar a ese hombre, una decisión que además has tomado por tu cuenta, puede costarnos cara. Nos expones innecesariamente. Esto de jugar con tanto fuego ya sabes cómo termina: quemándote.

—Mamá, creo que los cuatro aquí presentes hemos sido educados en valores de caridad y de solidaridad. Invité a ese hombre aquí porque sentí algo especial en mi interior, porque tuve un presentimiento de que sería lo mejor para todos. A mí tampoco me gusta correr riesgos absurdos. No he perdido la razón, pero te pregunto: ¿tú nunca has notado una corazonada muy fuerte en tu pecho? Pues bien, te digo que lo que noté me invitó a actuar con generosidad. De ahí esa invitación a cenar. No existe nada turbio en este asunto, tan solo la fuerza de un afecto que precisa ser demostrado.

—Yo también creo que te pasaste, sobrino —intervino Carmen—. Estoy de acuerdo con la postura de tu madre. Perdona que me exprese con franqueza, pero me temo que no conoces a ese señor lo suficiente. Este tipo de cosas, a menudo, no suele salir bien. Veamos: ¿quién te dice que durante la cena ese falangista no pueda cambiar de opinión bruscamente y termine por llevarnos detenidas? Tal vez pueda reaccionar así porque alguien de nosotras le lleve la contra, o más sencillo aún, porque no estemos de acuerdo con sus opiniones políticas o con su moral de pacotilla cuyo valor máximo es la imposición por la fuerza, es decir, mandar y que los demás obedezcamos sin rechistar. No me fío absolutamente nada; poniéndome en lo peor, incluso podría acudir aquí con un arma y rematarnos. Estos son tiempos de salvajismo, donde muchos han sacado fuera lo más ruin que llevaban dentro. No lo olvides, Diego. Se está produciendo una barbarie donde se disculpa ajusticiar sin piedad a quien piense diferente de ti.

—Ay, mi buena, mi querida tía. Siempre te he respetado y no sabes lo agradecido que me siento por todo lo que has hecho por mí desde que vine al mundo. Jamás podré compensarte por ese esfuerzo en educarme, por formarme como persona y hombre de bien, por hacer hasta de padre conmigo. Sin embargo, quiero que pensemos todos: ¿de verdad tenemos algo por lo que temer? No nos dejemos arrastrar por los impulsos emocionales que nos salen del vientre y nos anulan la razón. Como dato objetivo, ya sabemos que hemos sido investigados y que gracias a la influencia de Revenga en su partido y a que su padre es magistrado y una persona muy respetada, vamos a gozar de su protección en el futuro.

—Ya —expresó la maestra—. Yo estaba delante cuando él realizó esa argumentación que tan bien suena y que le hace quedar muy bien frente a los demás. Pero, ¿quién nos puede asegurar que no cambie de parecer? ¿Acaso te ha firmado un documento de su puño y letra donde se recoja ese compromiso hacia todos nosotros? Puede que las palabras de un hombre me convenciesen si me resultara de confianza, mas ¿de quién estamos hablando? Tú querrás ser razonable, Diego, pero yo he sido clara y sobre todo, realista.

—Seguridad absoluta nunca vamos a tener, tía, pero no ahora porque estemos en guerra o porque vivamos circunstancias excepcionales, sino simplemente porque no existe, porque para morir solo hace falta un requisito: estar vivo. Volvamos a la lógica, por favor. Alguien que tuviera un plan malicioso para atacarnos aquí reunidos y a traición ¿por qué se iba a exponer a salvaros la vida aquel día poniendo en peligro su integridad y la de sus compañeros? ¿Por qué habría de enfrentarse a un inspector de policía y a su ayudante si no significásemos nada para él? ¿Quién haría eso? ¿Un loco o un estúpido? ¡Arriesgar su carrera y su pellejo por dos personas que le resultan indiferentes…! Ya os digo yo que eso no encaja en un discurso razonable. Vosotras fuisteis testigos de esa tensa situación, no me estoy inventando nada, solo me baso en vuestro propio testimonio. Madre, ese hombre del que tanto parecéis desconfiar, nos libró de un sufrimiento seguro, sin ningún género de dudas.

…continuará…

4 Replies to “ALMAS EN GUERRA (62) Pasión o razón”

  1. Que belo, a Espiritualidade trabalhando na recuperação de Alfonso! Mas ele fará sua parte através do amor que sente pela belíssima Rosa.

  2. Elas tem medo de convidar Alfonso para jantar, mas ele redimiu-se do seu comportamento inicial, ao salvar Rosa e Carmen de serem presas.

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