ALMAS EN GUERRA (61) Diálogo entre espíritus

Los dos hombres se levantaron de las sillas y se abrazaron de forma efusiva mientras Rosa asistía a aquella escena enternecedora que al mismo tiempo, le producía miedo. Ella no había olvidado que hacía unas fechas aquel hombre ahora tan alegre e incluso agradecido, había estado a punto de matar a su primo en los primeros compases de la sublevación militar en Sevilla. Tampoco podía dejar de recordar que ese mismo hombre, más recientemente, le había salvado de ir a prisión o incluso de ser fusilada tanto a ella como a su madre. ¡Qué gran contradicción, Dios mío! —se decía a sí misma mientras callaba y observaba la secuencia del abrazo entre Alfonso y Diego.

—Bueno, ya no os molesto más —dijo el falangista—. Y muchas gracias por haber venido a saludarme, Rosa. No sabes la alegría que me he llevado al verte en otra circunstancia más feliz que la de la última vez.

A continuación, Revenga le extendió con amabilidad su mano a la chica, la cual le correspondió mientras le sonreía ligeramente. Todo aquello representaba un decorado afortunado en medio de los lamentos que invadían la ciudad. El eco de los muertos no podía apagarse en el recuerdo de los vivos. Tal vez ya había pasado lo peor, pero aún restaban ejecuciones pendientes, la de aquellos que debían ser sacrificados en ese procedimiento de “limpieza” al que se había referido Alfonso en sus declaraciones. El llanto por los caídos y el rechinar de dientes entre sus familiares y amigos aún proseguiría durante un tiempo.

Ya por la tarde, en la intimidad de su habitación, Diego contactó con su mentor Santiago:

—Saludos de nuevo, mi buen guía. Desconocía lo que hiciste la otra noche con el hermano Alfonso. Creo que fue una gran idea, al igual que sucedió con la primera visita que recibió de tu parte. Sin pretender pecar de optimismo, percibo que las cosas van mejorando paso a paso con nuestro amigo.

—Iba a decirte lo de mi encuentro con él antes de que se pasara a saludarte por la tienda, pero pensé que lo deducirías rápidamente nada más contemplarle. De hecho, ha sido Alfonso quien te ha confesado su propia experiencia nocturna. Eso significa que va tomando cada vez más confianza en nosotros y en nuestro trabajo, incluso con los mensajes que le vienen desde la dimensión espiritual. Intuye, de algún modo, que esos avisos le pueden empujar hacia una situación mejor. Gracias a Dios, está mucho más receptivo a nuestra influencia que hace tan solo unas fechas.

—Desde luego que sí, Santiago. Al respecto de este tema y para consolidar esa labor, me gustaría contar contigo para un favor que ya conoces.

—Ya sabes que te leo el pensamiento, Diego, pues desde aquí, al no soportar el peso de la carne, todo resulta más fácil y transparente. He querido visitaros hoy durante el almuerzo para comprobar la reacción de tu familia ante tu noble ofrecimiento de invitar a cenar a nuestro hermano. En mi opinión, no deberías preocuparte en exceso por su reacción. Veamos: ellas no tienen tu misión, por lo que no ven tan claro ese objetivo nuestro que es el de redimir a este espíritu que tanto se ha desviado del progreso con sus últimas actuaciones. A nadie le puede sorprender que desconfíen de él. Estos son tiempos revueltos que sirven para alimentar con facilidad los sentimientos de suspicacia y de miedo. Ponte en su lugar: cualquiera que entre ahora mismo en vuestro establecimiento puede ser sospechoso, un vecino con ánimos de denuncia, alguien jamás visto que puede llegar para recabar información, un miembro de la autoridad que os confunde con su discurso para luego arrestaros. La imaginación es libre y la paranoia vive en el interior de las personas que no saben si seguirán vivas al día siguiente. Ese es el verdadero problema que surge en este tipo de coyunturas. Es lógico que las mujeres que comparten tu existencia se hallen preocupadas, a la defensiva, porque perciben que el peligro acecha en cada esquina. Por eso, te adelanto que en las próximas jornadas voy a trabajar con sus pensamientos, de modo que el viernes exista un menor clima de sospecha y un ambiente de cordialidad entre todos.

—No sabes lo que agradezco tu ayuda, estás en todo, hermano. Durante la comida, mis argumentos no parecieron demasiado convincentes. Les ha podido más la ansiedad que la esperanza.

—Tranquilo, Diego. A menudo, el miedo es la antesala de futuras conquistas. La misma inseguridad hace que las criaturas se afanen por su propia mejora. Se trata de un trabajo interior que se debe acometer. Quien se instala en el escepticismo pierde la oportunidad de abrir su corazón. Es también la perfecta excusa para permanecer pasivo y justificar así, ante la conciencia, la falta de labor en aras de la evolución. Solo se equivoca quien toma decisiones. El indiferente, actúa contra el progreso. Ten fe, como siempre. Esta noche, presenta de nuevo tus argumentos. Será un buen momento, porque antes de acostaros es cuando realizáis el análisis de lo sucedido durante la jornada. Sé natural, no distraigas la angustia, pero defiende la idea de que el afecto al prójimo es el valor supremo que ha de guiar los actos humanos. Nosotros sabemos de eso por nuestras circunstancias y nuestro pasado. Tu familia precisa aceptar ese planteamiento y tú se lo mostrarás con amabilidad y sutileza. Ellas poseen libertad de pensamiento, pero tu emoción básica bañada en las aguas del amor será contagiosa a través de tu mirada y de tus palabras.

—Me complace tu discurso y agradezco tu colaboración. Con tu ayuda, todo es posible. Me esforzaré al máximo. El bien no posee límites y hay que mantener encendida la llama que constituye la esperanza por avanzar. Por cierto, ¿has podido contactar con el maestro Bernard? ¿Cuál es su opinión acerca de cómo se va desarrollando nuestra misión?

…continuará…

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