ALMAS EN GUERRA (58) Ánimo renovador

—De acuerdo a lo que sentía, le pedí que conversara con mi jefe en Falange para que me “recolocase” dentro del partido. Y accedió a mi petición, aunque sin asegurarme nada. Pues bien, esa charla se realizó y según me contó, hubo una atmósfera distendida. No te lo vas a creer, Diego, pero como mi jefe dijo que ahora la situación estaba más controlada que al principio de estallar la guerra y que la ciudad de Sevilla vivía más tranquila, pues al final se produjo el acuerdo y le comentó a él que ya se encargaría de reubicarme en una tarea más bien administrativa. Los dos terminaron con las palabras típicas que se dan en ese tipo de encuentros: mi jefe le pidió a mi padre su colaboración para el futuro en caso necesario y él se mostró receptivo a sus demandas, es decir, lo normal en ese tipo de acuerdos en los que cada una de las partes debe irse con la sensación de haber ganado algo a cambio de alguna concesión.

—Entonces, parece que la cosa funcionó. Cómo me alegro por ti, Alfonso.

—Ya sé que no conoces al juez, pero aunque él sea serio e incluso distante, eso no le resta ningún poder de persuasión cuando se pone a charlar con la gente. Yo creo que eso fue lo que sucedió. Si algún día te encuentras con él y le observas atentamente, te darás cuenta de que representa la figura de la autoridad por excelencia, alguien recto, honrado, imposible de manipular. Sus principales argumentos se basan en las leyes y en la capacidad de analizar las cosas a través de la razón. En definitiva, mi padre es una persona a la que resulta difícil llevarle la contraria por la certeza de sus convicciones morales.

—Desde luego que un día me gustaría conocerle y mucho más, después de lo que me has comentado sobre su carácter. Debe ser un hombre interesante.

—Quién sabe, tú lo has dicho, tal vez el futuro guarde sorpresas ahora ocultas. De lo expuesto, lo fundamental es que aceptaron mi petición para cambiar de tarea. A partir de este momento, viviré más tranquilo y menos expuesto a la inquietud del trabajo represivo.

—Tengo muy claro, Alfonso, que has dado un buen paso en tus deseos por progresar. Te felicito.

—Espero que sea para bien, aunque ya se verá. En estos tiempos, en una hora pueden cambiar muchas cosas sin que uno lo advierta. Todo va a depender mucho del curso de la guerra y de que esta se prolongue o no. Ojalá todo esto acabase pronto, sería la opción ideal para nuestra nación. No te puedes imaginar lo bien que voy a vivir ahora con la nueva labor que me han encomendado. Y pensar que al principio estaba deseando colaborar con todas mis fuerzas en los objetivos que se habían trazado, en actuar con firmeza y rigor para terminar cuanto antes y alcanzar la victoria. Bueno, no te extrañes, tú mismo, con tus propios ojos, lo pudiste comprobar en cuanto nos conocimos…

—Desde luego que sí, amigo. Lo experimenté en mis propias carnes, de eso puedes estar seguro. Insisto, fue una coyuntura difícil, lo pasé muy mal, pero gracias a Dios, no conservo ningún rencor dentro de mí y la visión que tenía de todo este asunto mudó definitivamente la jornada en la que le salvaste la vida a mi familia. Aquello fue definitivo y despejó cualquier duda que pudiese tener sobre ti. Conviene pasar página a aquellas fechas del inicio y poner las miras más en lo que está por venir que en lo sucedido.

—Tienes razón, Diego, eso es lo que importa. A quien le contara esto, no lo creería. Han sido muchos cambios en tan poco tiempo que hasta yo mismo estoy sorprendido. Y ¿por qué no? A veces, acontecen cosas inexplicables que vienen precedidas por debates internos, por multitud de preguntas que uno se hace muy adentro. Ya no quiero darle tantas vueltas a mi cabeza sobre lo que pasó en julio, deseo tomar nuevos aires y dejar atrás lo ocurrido sin mortificarme.

—Siempre hay tiempo para reflexionar, pero tu futuro huele a optimismo. Mejor pensar en lo que está por llegar y no en hacerte daño a través de los reproches. Es bueno moverse por desafíos y en mi opinión, nuevos retos aparecerán delante de tus ojos. Todo esto te ayudará a reconciliarte con tu padre, sin duda. Pienso que el ambiente de convivencia en tu casa se arreglará. Eso es una gran noticia.

—Sí. También estrechará aún más mis lazos con mi madre. Ella siempre se mostró mucho más tolerante y comprensiva con los fallos de su único hijo. Es curioso, estaba pensando en lo que puede cambiar la vida de alguien cuando se encuentra con la persona adecuada. A mí me ha pasado contigo. Por eso acudo a tu tienda que es también tu casa, porque cuando me escuchas, me relajo y cuando recibo tus consejos, algo se despierta en mí que me calma y me da paz. Es como una agradable sensación que me anima a hacer cosas para renovarme, para llevar una existencia más digna.

—Genial. Si te parece bien y para completar este círculo virtuoso, llamaré a Rosa para que te salude. Seguro que no debe andar muy lejos.

—Por mí, encantado. ¡Dios, qué nervios…!

—¡Rosa, Rosa…! —exclamó el tendero llamando a su prima—. Ven aquí, que tenemos visita.

Al poco, apareció la joven que se quedó un poco cortada cuando comprobó la identidad del visitante.

—Ah, es el señor Alfonso. Buenos días, ¿cómo está usted?

—Pero… ¿qué son esos formalismos? —indicó con gesto de sorpresa el joven Revenga—. Ya nos han presentado, nos hemos visto más de una vez y tengo bastante confianza con el bueno de tu primo. Por favor, vamos a tutearnos a partir de ahora. Creo que será una excelente manera de tomar confianza. Solo soy un poco mayor que tú, ¿no te parece, Rosa?

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