ALMAS EN GUERRA (57) El poder de los sueños

—¿Recuerdas aquella jornada tan aciaga cuando mi camarada se suicidó en el archivo? Ese hecho me dejó muy tocado y estuve pensando durante un buen rato. Tenía muchas dudas y conforme fueron pasando las horas, me fui convenciendo cada vez más de que había llegado el momento de cambiar de frente dentro de mi trabajo. Luego, tratando de ser coherente y siguiendo tus sabios consejos, hablé con mi padre. ¡Qué confundido estaba el hombre! Al contemplarme tan serio delante de él llegó a pensar que me iba a alistar en el Ejército a pegar tiros o que iba a combatir con otras unidades de Falange en las mismísimas trincheras…

—Bueno, amigo —interrumpió el tendero—, el hecho de dirigirte a tu padre ya constituye en mi opinión una gran noticia.

—Sí, sí, pero espera, vayamos por orden. ¿Te acuerdas de ese importante sueño que te conté y que tuve hace ya un tiempo? Si conservas la memoria, se trataba de ese señor con aspecto de sabio que me dio varios consejos sobre cómo orientar mi comportamiento.

—Claro que lo recuerdo. Llegaste a explicármelo con detalle porque fue un sueño revelador, de esos que suceden cada mucho tiempo pero que resultan muy clarificadores.

—Sí, eso fue lo que yo pensé también. Curiosamente y he aquí la noticia, ha vuelto a suceder. Fue esa noche en la que previamente te acercaste por la sede de Falange a saber de mí. Ese día, al acostarme, volví a soñar con ese señor.

—¿De veras? No me lo puedo creer. Eres un hombre con suerte…

—Justamente. En esta ocasión, la experiencia no fue tan larga o sorpresiva como cuando ocurrió la primera vez, pero no por ello resultó menos importante. Ese caballero usó de nuevo su gran poder de convicción y como si fuese una continuación de tus mensajes, de tus propias palabras, me instó a ponerme en contacto con mi padre argumentándome que eso podría cambiar las cosas a mi favor. Cualquiera diría que se expresaba igual que tú, que lo único que os diferenciaba era que tú eres joven y él mucho mayor. Me indicó que era fundamental hablar con mi progenitor y que él, como buen consejero, me apoyaría en ese empeño y que haría todo lo posible para que yo estuviese mejor.

—Pues qué buenas recomendaciones de ese señor a través de los sueños. ¡Ojalá yo tuviera la suerte de conocer a alguien así! Ja, ja… a todos nos vendría de maravilla un asesoramiento de ese tipo en las circunstancias más difíciles. Está claro que le debes caer muy bien a ese sabio.

—No digo que no, pero quizá ese tipo de sueños solo los tengan los que verdaderamente precisan de ese tipo de ayuda, bien sea por la dificultad de los problemas a los que se enfrentan o más sencillo aún, porque se hallan confundidos y no hallan cómo orientarse en la vida. En fin, igual soy un privilegiado, como tú afirmas, porque además de los sueños, te tengo a ti para las cuestiones más cotidianas. La verdad es que no me puedo quejar. ¿No te parece?

—Claro que sí, lo entiendo a la perfección. Has estado brillante con tu discurso. Tu historia me recuerda a la de los ángeles guardianes que según dicen, se les aparecen a sus protegidos cuando más agobiados se encuentran para darles sus recomendaciones. Por los sueños que tienes, creo que eres un afortunado y en este caso, aunque solo fuera por agradecimiento al Creador, lo mejor sería aprovecharse de esa ventaja que posees. Bueno, pasemos a los detalles de lo ocurrido, Alfonso.

—Sí, pasemos a lo más concreto. Al despertarme esa mañana, recordaba lo fundamental del sueño, por lo que al regresar a casa ya por la tarde, decidí poner en práctica lo que me había sido sugerido. No era cuestión de permanecer quieto, por lo que recordé bien la esencia de su anterior mensaje y concluí en que no debía malgastar la oportunidad recibida.

—Hiciste bien con tu planteamiento.

—Por la tarde, me armé de valor y decidí “usar” a mi madre como intermediaria o portavoz de su propio hijo. Mi padre, aunque no sea una persona que se identifique por sus muestras de afecto en público, sí que ama a su esposa a su modo. La respeta y la admira, e incluso le pide consejo cuando la situación lo requiere, si bien nunca reconocería este aspecto ante nadie. Yo ya sabía que él estaba enfadado conmigo desde hacía tiempo, especialmente desde lo acontecido el dieciocho de julio. Todo lo que ocurrió desde la sublevación del Ejército sirvió para aumentar su descontento con respecto a mi actitud y a mi comportamiento. Entonces, mi madre, que es muy lista y tiene el don de la oportunidad, aprovechó que mi padre se hallaba en su despacho en casa, para acercársele y de modo sutil, sugerirle que tuviese una charla conmigo. Conociendo la maña que doña Inés, mi progenitora, se da para estos casos, yo estaba convencido de que él accedería. Y así fue. Las directrices que el sabio me proporcionó en sueños se iban cumpliendo, lo que incrementó mis esperanzas de obtener algo positivo de aquella conversación. Y eso que tan solo unas horas antes ya habíamos tenido un encontronazo en la sede de Falange, cuando ocurrió el suicidio de mi camarada y me dirigió en público unas palabras que en mi opinión, fueron poco afortunadas.

—Caramba, qué interesante. ¿Y cómo fue ese diálogo entre padre e hijo?

—Confieso que al principio me sentía muy incómodo, sobre todo porque no estoy habituado a pedir favores. Él también se mostraba receloso de mis intenciones. Sin embargo, conforme transcurrieron esos momentos iniciales, nos fuimos relajando y las frases empezaron a ser cada vez más razonables y afectuosas.

—Uf, estupendo…

…continuará…

4 Replies to “ALMAS EN GUERRA (57) El poder de los sueños”

  1. Muchas gracias por regalarnos estas maravillosas historias que nos atrapan, entretienen, educan y enseñan, que nos hacen pensar en lo visible y lo invisible y su relación inseparable… Y un diez por las fotografías e imágenes con que las acompañas

    1. Muy agradecido, Luis. Un fuerte abrazo y espero que continúes con la lectura de esta novela en la quizá muchos de nosotros nos vimos envueltos.

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