ALMAS EN GUERRA (56) Petición de un hijo

—Pues pensaba que me ibas a decir que te irías al frente, a las trincheras, ahora que le va mejor a los nacionales y que una vez que se han apoderado de Extremadura, parece que ese tal Yagüe avanza hacia Madrid de forma incontenible. A este paso, quién sabe si en otoño no estarán a las puertas de la capital. Eso significaría el fin de esta maldita guerra, siempre y cuando capturasen Madrid, que está por ver.

—Curioso tu razonamiento, padre. Sin embargo, ya ves que te has confundido por completo. Por nada se me ocurriría abandonar Sevilla, con lo que me gusta a mí esta ciudad, donde he pasado mi infancia y juventud.

—Vale, resumiendo y según tú, debo hablar con el todopoderoso jefe de la Falange hispalense para que te reasignen a un puesto digamos que más “tranquilo”.

—Sí, eso es; no sabes cuánto te lo agradecería.

—Bien, te diré algo. Haré eso que me has pedido, pero no porque seas mi hijo, sino porque observo en ti un cambio de actitud que creo que puede ser positivo, aunque habrá que confirmarlo. Alfonso, yo no sé si te has parado a pensarlo alguna vez, pero ¿sabes lo que es para un padre y para un juez tener en su propia casa a alguien de su propia sangre que ha matado a otras personas? No, no me cuentes historias porque desde el primer momento, he sido consciente de lo que sucedía y de lo que tú, en particular, hacías. Voy para viejo, mas no soy imbécil. He tragado mucha saliva desde julio para aguantar todo esto. En cualquier caso, voy a ayudarte. No tengo confianza con ese hombre, por lo que no puedo darte garantías de nada. Espero que lo entiendas.

—Estoy tan agotado que ni siquiera voy a entrar en discusión contigo por lo que has comentado. Tranquilo, padre, seguro que se aviene a escucharte. Puede que te pida algún favor a cambio y tú le harás promesas vagas que ya se verá si se cumplen o no. Hoy en día todo funciona así. La gente da algo a cambio de otras cosas. Será la mejor forma de que acepte tu propuesta.

—Ya, te noto muy convencido. Vamos a ver lo que ocurre. Espero que a lo largo de los próximos días pueda mantener dicha conversación.

—Muchas gracias, no sabes lo tranquilo que me dejas. Con tu permiso, me voy a mi habitación.

Fue así como Alfonso se dirigió hacia la puerta a fin de abandonar el despacho de don Constancio. De repente, la voz del juez se dejó oír con gravedad…

—Un momento, hijo.

—¿Sí?

—Antes de que te vayas, he de hacerte una pregunta. Te conozco porque soy tu padre, es obvio. Toda esta charla no deja de parecerme un fenómeno extraño. ¿Ha ocurrido algo recientemente en tu vida que resulte significativo? Contesta.

—Que yo sepa, no. Y digo esto porque mis actividades dentro del partido parece que las conoces muy bien.

—¿Estás seguro de eso?

—Claro. Solo estoy cansado de lo que venía haciendo —respondió el joven mientras evitaba mirar directamente a los ojos de su progenitor.

—Sabes que si me estás engañando, tarde o temprano lo descubriré.

—Te entiendo, pero no hay nada que ocultar. Te prometo que esto será para bien. No tengas dudas. Cualquier ser humano tiene derecho a cambiar ¿no crees?

—Sí, siempre y cuando sea para mejorar. Lo contrario, prefiero ni planteármelo. Ya estoy harto de ver gente a mi alrededor que ha “evolucionado” a peor desde que se ha iniciado este conflicto.

—Es posible. Bueno, me marcho, solo quiero que me hagas ese favor. Ya me contarás. Con permiso…

Unas jornadas más tarde, alguien conocido se acercaba a una tienda de ultramarinos del centro de Sevilla…

—¿Eh? ¡No puedo creerlo! ¡Benditos los ojos que te ven! —exclamó Diego con signos de euforia—. Te doy mi más cordial bienvenida.

—Ah, qué bien —añadió Alfonso—. Estoy contento porque traigo buenas noticias con respecto a lo que comentamos el otro día en la sede de Falange. Ahora me encuentro en una mejor coyuntura y simplemente quería mostrarte ese sentimiento. Ojalá que esta alegría pueda ser también compartida por alguien que tú bien conoces.

—Claro, amigo. Se te nota en la expresión de la cara que ha habido un cambio positivo. Qué satisfacción, ya bastantes lágrimas se están derramando como para no poder reír en esta casa.

El joven Rivera hizo pasar al falangista hasta que ambos se acomodaron en la mesa que había allí y que se usaba para que algún cliente esperase sentado o simplemente para mantener una conversación.

—Entonces, Alfonso, ¿cuáles son esas novedades que te hacen sentir más animado?

…continuará…

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